Las claves
Pedro Sánchez recibió ovaciones en el Congreso a pesar de los escándalos de corrupción que afectan a su gobierno y partido.
La respuesta de los diputados socialistas, que incluyó aplausos y selfies, se interpreta desde la perspectiva de la psicología de grupo y el interés particular.
Sánchez descartó la existencia de corrupción generalizada en el PSOE, aunque admitió la posibilidad de irregularidades cometidas por otros miembros.
Los aliados parlamentarios mantienen cierta distancia y Sánchez no cuenta con mayoría para aprobar presupuestos o leyes esenciales.
Cinco o seis minutos antes de la entrada de Pedro Sánchez al Congreso, con su maletín marrón cargado de explicaciones para lo inexplicable, un diputado del PSOE se tomaba un selfie con una colega.
El selfie suele ser algo inexplicable y absurdo, una enfermedad propia de nuestra época, pero aquel selfie de diputados socialistas resultaba necesario. Sería la evidencia con la que algún día se podrá afirmar que esto, todo esto, ocurrió realmente.
En el Congreso de los Diputados había 120 parlamentarios dispuestos a ovacionar a un presidente cuyo ministro está condenado a 24 años de prisión, a un líder de partido con dos secretarios de Organización en la cárcel, a un sacerdote con un patrimonio moral basado en 1,4 millones de euros en joyas no declaradas.
Un mesías emergido del vapor de las saunas de la prostitución, con una cloaca bajo sus pies.
El diputado del selfie tiene como fondo de pantalla la foto de su familia. Hay un niño. Ese niño, que en otros fondos podría estar acompañado por más niños, una pareja, padres ancianos o cualquiera que sea, quizás sea la única explicación racional para lo que ocurría en el Parlamento.
La inquietante psicología de la ovación. ¿Qué razones podrían justificar que un cerebro ordene a sus manos aplaudir ante semejante corrupción, y que ese mismo cerebro dé el voto favorable para que el presidente continúe al frente de todo ese entramado, ya sea por acción o por omisión?
¿Una hipoteca? ¿La educación de los hijos? ¿El futuro de los padres? Un estilo de vida cómodo y discreto que, en estos tiempos duros, como diría Vargas Llosa, aparece como la clase alta sin costo alguno.
Cela contaba que la mejor fama era la de Baroja, quien vendía muchos libros pero podía caminar por la Gran Vía sin ser reconocido. Eso es hoy el diputado del PSOE.
A pocos metros, Sánchez dejaba el teléfono sobre el escaño antes de subir a la tribuna y se podía entrever el fondo de pantalla de su móvil. Era un paisaje sorprendentemente terrestre, alejado de sótanos, cloacas y de la laguna Estigia donde quedan atrapados los sueños igualitarios del socialismo.
¿Dónde habrá tomado esa foto Sánchez? ¿En qué paisaje puede internarse un presidente sin estar protegido por una nube de escoltas que lo resguarden frente a la tormenta de descontento?
Sorprendidos por la intensidad de la ovación, regresamos a la psicología del aplauso. Es la mejor forma de interpretar lo ocurrido esta mañana en la comparecencia aforística del jefe del Ejecutivo.
En otros temas, se castigó al Amazonas con decenas y decenas de páginas malgastadas. Esta mañana, la más crucial para su gobierno, Sánchez habló apenas media hora.
Cuando el padre Feijóo pidió elecciones, él revisaba el móvil con el paisaje como fondo; lo dejó en el escaño y tenía algunos mensajes que leer. Seguramente mensajes patéticos, del tipo “presidente, qué grande has estado”.
“No debe existir espacio para la impunidad”, afirmó Sánchez, logrando su primera ovación coordinada.
Aparte de los aplausos, como en un capítulo de Friends, abundaban las risas ensayadas. Los diputados de la oposición estallaban en carcajadas cuanto más serio estaba Sánchez en la defensa de su inocencia.
Sánchez ha llevado la política española a un extremo penal. No importa la gestión gubernamental, ni la responsabilidad política, ni siquiera las condenas a ministros con plenos poderes. El único límite ahora es la condena del presidente.
Mientras eso no suceda, no habrá elecciones hasta que la Constitución lo exija.
Los medios y el fascismo intentan confundir a la gente impulsando la idea de una corrupción generalizada. Ese fue el mensaje. Resultaba irónico porque luego, para profundizar en los casos, hubo que mencionar precisamente esos episodios que hacen que la corrupción sea un fenómeno extendido.
Sánchez impartió una lección de anatomía que fue útil para los de Letras. Llamó a su asignatura «anatomía del fenómeno». Él es el fenómeno y, aunque estaba vestido, todos lo veíamos desnudo.
Borja Sémper lo observaba como quien reconoce a un adversario que la noche anterior ligó más: ¡es un maldito genio! Esa capacidad de resistencia, de estar toda una mañana en un sitio donde todos — salvo Bildu y Sumar — critican la corrupción y él puede estar sentado sin pestañear.
Y, al terminar, encerrarse en su despacho en Moncloa para grabar un video pidiendo a la gente que beba agua y use crema solar.
Otra ovación: cuando Sánchez afirmó que nunca supo ni toleró esas prácticas. También lo aplaudían socialistas que antes recorrieron medios con las grabaciones de Villarejo intentando derribar a Sánchez.
Y una frase memorable que no fue ovacionada, sino recibida con un extraño murmullo: “El PSOE no se ha financiado ilegalmente. Si ha ocurrido, han sido otros quienes se aprovecharon de esos recursos”.
¿El presidente reconociendo en el Parlamento que su partido pudo financiarse ilegalmente y echando la culpa para, si acaso, decir que no lo sabía ni se benefició? ¡Es la confianza de Topuria!
Otra ovación cercana al delirio: cuando Sánchez citó un informe de Transparencia para afirmar que su partido es el mejor en ese aspecto.
Otra ovación: al mencionar que Zapatero merece toda su confianza.
Detengámonos en la ministra de Ciencia, Diana Morant, que entró tarde, llegó corriendo a su escaño y, al ver que sus colegas aplaudían, comenzó a aplaudir sin siquiera saber qué se decía.
El repaso a los casos de su hermana y de su mujer: otro aplauso.
Y la apoteosis, cuando Sánchez preguntó desde la intersección entre ambición, soberbia y delirio: “La pregunta no es si vamos a continuar, sino cómo no vamos a continuar”.
Ahí se derrumbaron los protagonistas del selfie, Patxi y sus compañeros.
La réplica de Sánchez fue extraña: rastreó la corrupción del PP para acusar a Feijóo de delitos similares a los que se imputan a la dirección socialista, aunque no exista ninguna imputación cercana.
La sesión de esta mañana en el Congreso sirvió para escenificar un guion muy claro: España será un país fallido mientras no haya elecciones.
Los socios dejaron claro que no apoyan a Sánchez, quien no tiene mayoría para Presupuestos ni para leyes cruciales; y la moción de censura no es viable porque los nacionalistas nunca pactarán con Vox, ni siquiera de forma instrumental.
“¿Qué pensaríamos –preguntó Rufián– si las joyas se hubieran encontrado en casa de Aznar o Ayuso y no en la de Zapatero? Entonces no estaríamos debatiendo en el Parlamento, sino en la calle.”

