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- Autor, Wyre Davies
- Título del autor, Corresponsal en Oriente Medio
- Informa desde, Jerusalén
- Fecha de publicación 39 minutos
- Tiempo de lectura: 6 min
“Toda la tierra de Israel fue prometida a los hijos de Dios… y en este lugar construiremos un nuevo Templo para que toda la humanidad pueda venir a orar unida”.
Así se expresaba Moshe Feiglin, un político nacionalista israelí de derecha, en una conversación conmigo mientras descendía del recinto de la mezquita Al Aqsa en Jerusalén, donde había estado orando y entonando cantos religiosos junto a un grupo de unas 20 personas judías devotas.
Feiglin se manifestó con franqueza y sin titubeos, como si su propuesta no provocara polémica ni fuera motivo de debate alguno.
Sin embargo, sus palabras y acciones violan totalmente un delicado pacto destinado a preservar la paz en uno de los sitios sagrados más sensibles y emblemáticos del mundo.
Para Moshe Feiglin y otros con sus mismas ideas, la cuestión es clara: desean erigir un templo judío nuevo y monumental justo en el lugar que, durante más de 1.400 años, ha sido uno de los espacios más sagrados del islam: Al Aqsa.
Este recinto, llamado al-Haram al-Sharif (el Noble Santuario) por los musulmanes y Monte del Templo por los judíos, es uno de los lugares más destacados y reconocidos de Oriente Medio.
La Cúpula de la Roca, revestida en oro, domina las 35 hectáreas del área y es visible a kilómetros de distancia. Al Aqsa aparece en el Corán, donde los musulmanes creen que el profeta Mahoma ascendió al cielo desde allí. Además, es un lugar exclusivo para la oración musulmana… pero, ¿podría esto cambiar próximamente?

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Este sitio es también el punto más significativo del judaísmo. Bajo el recinto, junto al Muro Occidental que lo sostiene, los judíos rezan y lamentan la destrucción sufrida hace 2.000 años, cuando los romanos derribaron el Templo que existía sobre la plataforma superior.
Según el acuerdo conocido como el «Statu Quo», vigente desde hace varias décadas, la custodia del recinto de Al Aqsa recae sobre una entidad islámica administrada por Jordania: el Waqf.
Los no musulmanes tienen permitido visitar Al Aqsa, pero no se les autoriza rezar ni realizar ceremonias religiosas en ese espacio. Además, el Gran Rabinato de Israel y la mayoría de los rabinos ultraortodoxos prohíben la oración judía en el lugar por razones halájicas, vinculadas a la ley judía.
Son estas normas y acuerdos los que Moshe Feiglin y sus seguidores están abiertamente desafiando en la actualidad.

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“Un centro multiconfesional”
Recientes informaciones y declaraciones sugieren que autoridades israelíes y estadounidenses estarían colaborando para modificar el statu quo, lo que ha provocado gran preocupación.
El medio Middle East Eye informó, citando diversas fuentes, que un nuevo organismo gubernamental israelí anunciaría que el recinto de Al Aqsa será declarado un “centro multiconfesional”.
Al ser cuestionado recientemente al respecto durante una audiencia en el Congreso, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, comentó que “no estaba al tanto” de estas informaciones, aunque el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, cercano al presidente Donald Trump, ha hablado frecuentemente sobre los vínculos judíos con los sitios sagrados en Jerusalén y Cisjordania ocupada.
Otros reportes apuntan a que se permitiría la oración judía a gran escala en ese lugar, mientras Israel asumiría gradualmente todos los aspectos de su administración.
Israel capturó Jerusalén Este, incluida la Ciudad Vieja y sus lugares santos, junto con el resto de Cisjordania, de Jordania en la guerra de Medio Oriente de 1967, para luego anexarla, en una acción que la mayoría de países no reconoce.
La oficina del primer ministro israelí ha afirmado en varias ocasiones que no se ha producido ninguna alteración en el Statu Quo.

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“No sucederá”, advierte el doctor Mustafa Abu Sway, subdirector del Consejo del Waqf.
Desde un punto alto en la Ciudad Vieja, reconoce que el control sobre Al Aqsa es un tema delicado en el que los actores israelíes sienten mayor confianza actualmente.
Asimismo, teme que cualquier cambio explícito en el statu quo podría desencadenar rápidamente una nueva ola de tensiones entre judíos y musulmanes.
“No dejar tranquila la mezquita de Al Aqsa es abrir literalmente la caja de Pandora. Esto pone en riesgo la paz regional y enfrenta a todos contra todos”, afirma Abu Sway, reconocido experto palestino en estudios islámicos e historia local.

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Preocupación internacional
Jordania, países del Golfo y Egipto han manifestado inquietud y alarma ante la reciente disminución de la autoridad islámica en Al Aqsa. El gobierno británico también ha declarado que “es indispensable respetar los acuerdos históricos que mantienen el Statu Quo en los lugares sagrados de Jerusalén”.
No obstante, algunos nacionalistas israelíes que ya no ocultan sus posturas creen que ahora es su oportunidad.
“¡El Monte del Templo es nuestro! ¡Está en nuestras manos!”, exclamó el ministro de Seguridad Nacional de Israel, el ultraderechista Itamar Ben-Gvir, en un video ampliamente difundido durante la marcha del Día de Jerusalén el mes pasado.
Ben-Gvir encabezó la marcha de un grupo de nacionalistas israelíes que ondeaban banderas mientras recorrían Jerusalén Este, incluyendo el barrio musulmán de la Ciudad Vieja, hasta llegar al recinto de Al Aqsa.

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Este controvertido miembro del gabinete de coalición liderado por el primer ministro Benjamin Netanyahu es un visitante frecuente de Al Aqsa.
En las imágenes, entona cantos y exhibe una bandera israelí, en clara violación del statu quo.
Pero para Ben-Gvir, quien ha empleado su cargo ministerial para facilitar la oración y el canto judíos en ciertas partes del recinto, esto representa solo el inicio de un mayor dominio judío e israelí sobre el lugar.
Hace más de 25 años, en septiembre de 2000, Ariel Sharon, un político israelí nacionalista de derecha, realizó una acción que en ese momento parecía impensable. Acompañado por cientos de policías armados israelíes, el líder del partido opositor Likud recorrió la Ciudad Vieja y subió al recinto de Al Aqsa.
Este gesto fue visto por muchos como una provocación deliberada y un acto incendiario, que se considera uno de los desencadenantes de la segunda intifada palestina, también conocida como la intifada de Al Aqsa. En los cinco años posteriores, más de 4.000 personas perdieron la vida en episodios violentos registrados en Israel y en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza.
Al Aqsa representa el terreno con mayor carga política en el mundo, y tanto los precedentes históricos como las tensiones actuales alimentan el temor de que pueda ocurrir un desenlace igualmente trágico.

