Las claves
Elena Valenciano reprueba la decisión del juez Peinado de retirar el pasaporte a Begoña Gómez, considerándola injustificada y una medida desmedida.
La exvicesecretaria general del PSOE examina la crisis interna del partido tras la abdicación de Juan Carlos I y la aparición de Podemos y Vox en el escenario político.
Valenciano subraya la importancia de recuperar el prestigio político y cuestiona la ausencia de debate interno en el PSOE, así como la gestión vertical de Pedro Sánchez.
Manifiesta su rechazo hacia la política migratoria de Vox y la reciente aprobación en la Eurocámara de centros de deportación en terceros países, calificándola como una «vergüenza europea».
Alejada del bullicio de la primera línea política, Elena Valenciano (Madrid, 1960) divide su tiempo entre la tranquilidad de las casas blancas de Altea y las sesiones formales del Consejo de Estado en Madrid.
Su cabello muestra canas que reflejan su experiencia, así como una larga trayectoria en el PSOE que pronto alcanzará los 50 años; se afilió cuando en la radio todavía sonaba Jarcha y la idea de un socialista en La Moncloa resultaba impensable.
Atiende a EL ESPAÑOL desde la orilla del Mediterráneo justo al cumplirse doce años de la abdicación de Juan Carlos I. En aquel turbulento 2014, Valenciano lideraba el partido como vicesecretaria general tras encabezar una lista en las europeas que lo trastocó todo.
Esa convocatoria supuso la irrupción de Podemos que, como un fuerte viento, amenazaba con transformar la política. También fue el primer intento —fallido en aquel momento— de un partido llamado Vox, que parecía destinado al fracaso.
Esos resultados desencadenaron un terremoto en el PSOE con la renuncia de Alfredo Pérez Rubalcaba, mentor cercano de Valenciano. Aquel adiós marcó el retiro de toda una generación.
Constituyó el punto de partida de una nueva etapa; la ocasión precisa en que un joven y desconocido Pedro Sánchez decidió dar un paso adelante para tomar el liderazgo en Ferraz.
¿Cuál es su opinión sobre la resolución del juez Peinado este sábado de enviar a juicio a Begoña Gómez, retirarle el pasaporte y prohibirle salir del país?
Considero que es una medida exagerada, casi desproporcionada. No hay ningún indicio que justifique la retirada del pasaporte ni la obligación de presentarse quincenalmente en el juzgado. Está claro que ella no va a fugarse; eso lo percibe todo el mundo salvo el juez Peinado.
Usted era una de las pocas personas informadas sobre la decisión del Rey de abdicar. Alfredo Pérez Rubalcaba se la comunicó para posponer el Congreso extraordinario del PSOE hasta julio. ¿Cómo vivió esos días?
Fueron jornadas muy tensas. Teníamos que gestionar lo principal, la abdicación, pero también había que considerar que el PSOE estaba atravesando una crisis intensa en ese momento.
Habíamos obtenido un mal resultado en las europeas —aunque con la perspectiva del tiempo, quizás no tan malo—.
Fue la primera vez que Podemos irrumpió en el Parlamento Europeo y el Partido Socialista sentía la presión de esta nueva izquierda emergente, que parecía la gran alternativa al socialismo tradicional.
Dentro del PSOE existía preocupación, pero también cierta atracción por las promesas de Podemos.
En ese contexto turbulento, con la salida anunciada de Alfredo, había que mantener la estabilidad para que la abdicación transcurriese sin sobresaltos, evitando las tensiones que ya empezaban a surgir en el grupo parlamentario.
¿Se refiere, por ejemplo, a Odón Elorza?
Sí, pero no solo a él. Alfredo y yo mantuvimos una extensa y complicada reunión con la dirección del grupo para explicar que la ley que se debatía era exclusivamente para la abdicación y no para abordar otros temas.
Algunas personas querían abrir un debate más amplio sobre la República. Aquellos días fueron difíciles y cargados de tensión, pero con Alfredo a la cabeza el trabajo fue más sencillo.
¿Le sorprendió cuando Rubalcaba le comunicó la abdicación y la necesidad de gestionar este proceso?
Para nada. De hecho, era algo que habíamos conversado en varias ocasiones.
Curiosamente, Rubalcaba, republicano declarado, cumplió su último servicio facilitando la abdicación de Juan Carlos I. Usted comenta que en esas elecciones, por primera vez, el bipartidismo no alcanzó el 50%. ¿Se podría haber llevado a cabo la abdicación tras la marcha de Rubalcaba?
En mi opinión, no se habría hecho correctamente ni con la misma eficacia.
El Rey y su entorno en la Casa Real valoraron que Alfredo estaba al frente del PSOE y era una figura de Estado fundamental.
Por eso creo que se tuvo en cuenta la salida de Alfredo para establecer ese calendario, porque desconocíamos cómo evolucionaría el partido después.
En esos momentos el PSOE estaba dividido. Surgía un diputado poco conocido, Pedro Sánchez, que competía con Eduardo Madina. Usted mantenía buena relación con Sánchez e incluso fue invitada a su boda con Begoña Gómez. ¿Cómo recuerda a aquel joven Sánchez?
Tenía una relación excelente. Pedro Sánchez formaba parte de nuestro equipo, era muy directo. Aunque para el gran público era un desconocido, para nosotros no; trabajaba diariamente a nuestro lado.
Era uno de los economistas del partido y participaba en todas las campañas electorales. Junto a María González Veracruz encabezó la defensa de una Conferencia Política dirigida por Ramón Jáuregui.
Era una persona de nuestro equipo y un buen amigo mío. Lo recuerdo como un diputado destacado, bien formado en economía, con buen manejo mediático y trato respetuoso.
Yo promoví activamente que defendiera la Conferencia Política porque me parecía un cuadro político brillante.
Antes de las primarias, ¿le pidió consejo para presentarse?
No, me lo comunicó directamente.
¿Le indicó que era prematuro presentarse?
Sí, le dije que lo veía algo temprano, porque esa era mi opinión. A los amigos hay que decirles sinceramente lo que se piensa. Me equivoqué y él tenía razón (risas).
Tras las primarias, y pese a esta opinión, terminó su carrera política. Pasó de vicesecretaria general y eurodiputada a quedar fuera de la ejecutiva y de las listas.
No sé si fue por eso o porque apoyé a Madina, no puedo afirmarlo.
Es cierto que pasé de tener cargos relevantes a quedarse sin ninguno. Eso fue así.
Tal vez Pedro quiso conformar equipos distintos. Cuando uno está allí dentro, debe saber que su cargo depende de la confianza de otros; en su caso, él no confiaba en mí.
Es raro que alguien que encabezó una lista en 2014 desaparezca completamente de la siguiente, pero es legítimo.
¿Por qué apoyó a Madina frente a Sánchez? Aunque fue discreta y no tuvo gran repercusión pública.
Estaba en la dirección y todo el mundo sabía que era amiga de Madina y pensaba que era el mejor candidato.
¿Por qué? Porque Madina tenía un perfil político distinto: moderno, vinculado a movimientos culturales y sociales, pero con fuerte arraigo en el Partido Socialista y preparado.
Competíamos contra Podemos y para mí ese era el principal reto: evitar el sorpasso.
Creía que Madina podría conectar con el electorado más a la izquierda del PSOE. Era muy coherente, con una historia notable desde su atentado, algo que nunca explotó pero se conocía.
No porque considerara malo a Sánchez. No participé activamente en la campaña de Madina ni hice declaraciones públicas, aunque él sabía que yo prefería a Eduardo, lo cual no debería ser un problema.
Siguió en el Comité Federal hasta 2017. Hace meses vimos las imágenes de la tensa asamblea de octubre de 2016. ¿Cómo la recuerda?
Fue terrible. Internamente y externamente fue horrible, un aspecto poco conocido. Al llegar al Comité Federal, la calle estaba tomada por personas que insultaban a quienes defendíamos una postura contraria a la dirección.
Entré justo detrás de Eduardo Madina, a quien llamaban «fascista» en la calle. No se podía transitar libremente.
Se había formado lo que en Argentina llaman «patota». Esa atmósfera me enferma porque nunca había ocurrido algo así en el PSOE.
Fue un momento en el que se perdió mucha credibilidad por todas partes, causando un gran daño al partido.
Tenía conciencia de ese daño y me dolía. Quedé impactada. Mi relación con el PSOE trasciende la política; es algo afectivo con esas siglas.
Está cerca de cumplir 50 años en la militancia. Se afilió a Juventudes Socialistas en 1977 y luego al Partido Socialista. ¿Cómo percibe el PSOE actual?
Cuando ingresé no imaginábamos gobernar España. Todo ha cambiado de manera profunda.
No podemos analizar con la perspectiva de hace 50 años; entonces el PSOE era un partido de izquierdas, casi revolucionario, en una España en construcción.
El PSOE actual no se parece en nada. Aunque siempre he estado en el partido, no tuve cargos orgánicos hasta 1999 cuando fui lista para el Parlamento Europeo.
Lo valioso para entender este cambio es que antes entramos en un movimiento por la democracia, libertad y justicia social, no en un aparato de poder político.
Hoy en día, el partido es un sistema de poder, y existe una diferencia entre quienes entraron entonces y los que ingresan ahora, no mejor ni peor, sino distinto.
También trabajó con José Luis Rodríguez Zapatero, fue secretaria en su Ejecutiva. ¿Le ha sorprendido su caso? ¿Qué opina de su declaración ante el juez Calama?
El caso me ha sorprendido mucho desde el inicio. Soy bastante escéptica. El Zapatero que conozco, a quien aprecio mucho, no coincide con la imagen que presenta el auto judicial ni lo que informan los medios.
Prefiero ser sumamente prudente porque no encajan con mi experiencia.
Conozco a un Zapatero austero, sin interés en el dinero, cabal y honesto.
Por eso, todo lo leído me parece inverosímil. Esperaré a que presente explicaciones convincentes sobre las acusaciones.
Es cierto que justicia y política tienen tiempos y ritmos muy distintos. Los medios, la opinión pública y la política desean rápida claridad, pero eso no ocurrirá de forma inmediata.
Tiene que centrarse en su defensa, por lo que coexistirán por largo tiempo la defensa judicial y su imagen pública. Estamos aún en una fase inicial.
En lo personal, me parece increíble; aún no lo creo. No sé si la realidad me desilusionará, pero de momento quiero seguir confiando en Zapatero.
Es llamativo que tras un mes aún no se haya aclarado, por ejemplo, el origen de las joyas árabes halladas en su caja fuerte.
Cuando tengamos las pruebas, podremos hablar. Es evidente que estas joyas no fueron declaradas; eso está claro. El origen y cómo llegaron a él será lo que debería justificar.
¿Podría haberlo aclarado antes? En términos legales, eso no suele ser recomendable y él debe velar por su defensa. Los demás tenemos que tener paciencia.
Ahora sucede algo sin precedentes en Europa: un presidente en activo con familiares directos —esposa, hermano— investigados, además del expresidente. ¿Cree que esta situación es políticamente sostenible?
Desde la política, es complicado. La presión mediática, opositora y política es muy fuerte. No es una coyuntura fácil de sostener.
Pienso que el presidente abrió la puerta al permitir hablar públicamente de elecciones anticipadas hace unos días.
El jueves pasado ya sugirió que podrían celebrarse pronto, en febrero o marzo.
Considero razonable lo que dijo: presentará presupuestos —algo que no sucedió en años anteriores, y eso estuvo mal—.
Si no logran aprobarse, adelantará elecciones. Esa ruta es lógica: cumplir con la obligación parlamentaria y, si no se consigue, convocar comicios.
Es un calendario sensato para salir del bloqueo político absoluto que vivimos.
Mientras esto pasa, siguen las investigaciones en casos como Santos Cerdán o Ábalos. Usted fue vicesecretaria general, ¿cómo explica la falla en la selección de dos secretarios de organización terminando implicados en estos escándalos?
Creo que tiene mucho que ver con que, tras la victoria de Pedro Sánchez en las primarias, se rodeó de un grupo muy particular. Ábalos ya tenía un pasado en la Comunidad Valenciana.
¿Era ese pasado conocido públicamente?
Era un secreto a voces que tenía un historial cuestionable y poco acorde a la conducta política esperada. Sobre Ábalos circulaban rumores desde hace años.
La selección fue un fallo. ¿Por qué se mantuvo? Porque la dirección de Sánchez fue muy vertical.
El poder está concentrado en pocas personas, hay escaso debate y poco espacio para la crítica.
Las voces discordantes suelen construir mejores soluciones, pero en la estructura actual del PSOE expresar libremente es complicado.
La próxima semana hay Comité Federal. ¿Qué se puede esperar?
Estoy completamente desconectada de la realidad orgánica. Solo sé lo que leo. ¿Qué ha cambiado? Lo mencionado antes.
Recuerdo comités que duraban dos días, con dirigentes provinciales durmiendo en Madrid.
Solo se pedía la palabra para criticar a la dirección, no para defenderla. Alguien criticaba y el secretario respondía.
Hemos pasado de debates intensos a un Comité Federal donde casi no hay voces de disenso.
O donde quienes intervienen, como Óscar Puente, lo hacen para atacar a discrepantes como García-Page.
Eso es contrario a la cultura del PSOE en la que me formé, donde los comités eran duros para la dirección.
Hoy, la discrepancia se interpreta como deslealtad.
Esto empobrece la política en todos los partidos, pues quienes no están alineados con la dirección son marginados. Esto ocurre en Vox, Podemos, PP y los grandes partidos.
Rubalcaba dijo en 2016 sobre las alianzas: «Gobernar España exige apoyos parlamentarios sólidos si se quiere buen Gobierno y no chapotear. Cabe sentarse con ellos y acabar siendo malos, y que no te hagan caso». ¿Qué piensa viendo la situación actual?
A la vista está: el socio clave en la investidura y apoyo parlamentario de Sánchez es Junts per Catalunya, que ahora pide elecciones anticipadas.
Pese a los esfuerzos del Gobierno por satisfacer sus demandas, sigue sin ser un socio fiable. Eso es a lo que aludía Alfredo.
La democracia española precisa acuerdos entre los grandes partidos; eso es un hecho.
Si no existe acuerdo alguno entre los dos principales partidos y solo hay insultos, el sistema se bloquea.
Actualmente, el Partido Popular está condicionado por la extrema derecha y el PSOE ha tenido que pactar asuntos que, en mi opinión, no representan su identidad.
Si no se logran acuerdos en asuntos esenciales, el país no funciona correctamente.
Este Gobierno ha hecho aportes positivos, pero la dinámica política es de bloqueo permanente.
Rubalcaba acuñó el término «Gobierno Frankenstein». ¿Qué cree que diría si participara en el próximo Comité Federal?
Creo que ni asistiría, estaría muy desanimado. Tenía ideas y planes de Estado sólidos.
Probablemente diría algo parecido a lo que digo yo, pero mejor expresado: es momento de decidir el futuro del país y si se seguirá con este bloqueo.
A la crisis política se suman los escándalos de corrupción en todos los bandos. Entiendo que se me pregunte por el PSOE, pero hay casos relevantes también en la oposición.
¿Cómo puede la población confiar en una clase política que solo se insulta y está plagada de corrupción?
Si la gente pierde fe en sus representantes, la democracia se deteriora.
Es esencial restaurar la reputación de la política, ya que la mayoría depende de las decisiones políticas para mejorar sus vidas. Alejar la política de la sociedad distorsiona el sistema democrático.
En los papeles de Leire Díez aparece una reunión de 2021 a la que dice que asistió.
Conocía a esa persona desde antes porque fue teniente de alcalde en un pueblo del Valle del Pas, Cantabria.
Había formado un grupo de mujeres y me conocía por temas de emprendimiento.
Me convocó a tomar una Coca-Cola en la Plaza de Olavide para contarme algo importante.
En ese momento no existían casos como el de Ábalos o Cerdán.
Lo que ella aportó —que me pareció humo— era supuesta información para defender los ERE. Como desconocía el expediente y los implicados, me pareció poco sólido. Eso fue todo.
¿Cómo explica que esa persona supuestamente tuviera acceso a la Fiscalía o tomara cafés con la Directora General de la Guardia Civil?
No lo sé, no tengo idea alguna. Supongo que se conocían por el partido, pero no puedo opinar.
Cambiando de tema, ¿cree que Feijóo ya es presidente o aún queda partido por jugar?
Siempre hay partido hasta el cierre de urnas. Es cierto que las encuestas muestran una tendencia favorable a PP y Vox, lo cual sería una gran pérdida para mí.
¿Qué opinión tiene de cómo el PP está manejando su relación con Vox?
Me parece bastante torpe. No terminan de definirse. No han desarrollado una estrategia clara ante Vox.
¿Qué piensa sobre la propuesta de la «prioridad nacional» en las ayudas planteada por Vox?
Muy lamentable. Primero, es ilegal. Segundo, abordar la inmigración con un enfoque xenófobo y nacionalista genera conflictos sociales y contraviene mis valores.
Acaba de publicar el libro Después del silencio junto a la exdiputada Soraya Rodríguez, que recoge testimonios de familias afectadas por el terrorismo machista. ¿Por qué sigue sin erradicarse esta problemática?
Es un problema profundo y global. Históricamente llevamos poco tiempo luchando contra la violencia machista. Cambiar leyes es más fácil que transformar la cultura social.
El libro destaca testimonios de hombres que también sufren esta violencia al perder a sus hijas o madres.
Quiso resaltar eso. Habitualmente, se piensa que las víctimas secundarias son solo mujeres, pero los hombres cercanos a la víctima también sufren una crisis profunda y destructiva.
Incluso algunos hombres que negaban la violencia de género se vuelven víctimas cuando pierden a una hija.
Quizá los medios y políticos han fallado al no dar esta visión.
Totalmente. Ha sido un error. Necesitamos que los hombres participen activamente, pues son víctimas y también verdugos que deben unirse a esta lucha.
Lo más impactante al hablar con un padre era que, como hombre, sentía no haber protegido a otro hombre, conforme a un mandato masculino, y que otro hombre era el asesino.
¿Qué piensa sobre la regularización extraordinaria de inmigrantes que se debate este mes, con cifras reales que podrían duplicar el medio millón previsto?
Creo que esa es la realidad del país: hay que afrontar los problemas con determinación y gobernar.
Existen miles de personas que realizan trabajos vitales en situación irregular.
Un Estado de Derecho debe ordenar esa situación. Si están aquí y trabajan aquí, lo mínimo es regularizar su estatus.
¿Qué opina sobre la preocupación opositora en relación con la «Ley de Nietos» y el temor de que modifique el censo electoral exterior?
No creo. Habrá que ver cuántos nacionalizados votan efectivamente; la política española está distante de sus vidas diarias.
Además, asumir que por ser latinoamericanos votarán a la izquierda es un error. En recientes elecciones en Chile, Argentina y Colombia, el voto exterior se inclinó hacia la derecha.
Esa acusación no tiene fundamento alguno.
Es una ley de reparación para familias que salieron en condiciones adversas, un derecho presente en varios países europeos y nada más. Lo demás es ruido.
Gran parte de su carrera ha sido en el Parlamento Europeo. Esta semana la Eurocámara aprobó proyectos como centros de deportación en terceros países (la llamada ‘Vía Meloni’). ¿Cómo ve esta dirección en Europa?
Me parece una auténtica vergüenza europea; la calificaría como «la ley de la vergüenza».
La Unión Europea navega en aguas turbulentas y parece haber perdido sus valores fundacionales.
Estamos obligados a la solidaridad y a proteger los derechos humanos, dentro y fuera de nuestras fronteras. Encerrar a familias en centros de detención en países subsaharianos sin control real sobre su trato es inadmisible y humillante.

