El niño sufre una enfermedad poco común y protagonizó uno de los momentos más emotivos durante la visita del Papa, quien compartió una fotografía con él en sus redes sociales. Su padre se emociona al recordarlo: «Se me llenan los ojos de lágrimas».

Si se le pregunta a Jorge, en 2024 el Gordo de Navidad se retrasó dos días respecto a la fecha habitual. Era 24 de diciembre, y tanto él como su esposa, Miki, recibieron la noticia de los médicos del Hospital Universitario La Paz de que podían sacar de la UCI a su tercer hijo, Juan.
Con apenas cinco días de vida, el bebé fue sometido a distintas pruebas, análisis genéticos y exploraciones médicas que finalmente permitieron determinar la causa de las anomalías detectadas durante la gestación. Juan tiene una traslocación no balanceada de los cromosomas seis y diez, una condición infrecuente que genera un desequilibrio genético parecido al síndrome de Down, pero sin seguir patrones claros ni contar con referencias previas. Esta situación da lugar a un retraso cognitivo y motor que sus padres, médicos y terapeutas deben ir investigando diariamente.
Desde su nacimiento, Juan ha sido un niño excepcional. Gracias a esa singularidad, protagonizó uno de los momentos más conmovedores con el Papa León XIV, quien lo bendijo el martes pasado en IFEMA durante un acto con voluntarios en Madrid.
«Mientras esperábamos, le comenté a una monja: ‘Madre, tiene que conseguir que lo bendiga‘, y ella lo llevó a los coordinadores del evento para ubicarme en un lugar mejor. ¡Y finalmente lo logramos!», relata Jorge con alegría.
Un agente de seguridad del Santo Padre tomó en brazos al niño para que Prevost le hiciera la señal de la cruz en la frente. En medio del ruido y la confusión, Juan extendió un brazo hacia adelante, tratando de comprender lo que sucedía ante sus ojos. En ese momento, el Pontífice sostuvo con delicadeza su manita y la posó sobre su propio rostro, mientras miraba con ternura a los ojos entrecerrados del niño, que al volver a los brazos de su padre se abrazó a él con fuerza.
«Juan es la alegría de mi hogar, incluso para mis vecinos. Cuando bajo al área común, mis vecinos se lo llevan», bromea Jorge tiempo después de mostrar el video que captura el encuentro: «Cada vez que lo veo, se me encharcan los ojos».
La pareja se conmueve porque la humanidad y calidez con que el Papa León XIV trató a su hijo les ha dado fuerzas para invitar a todos a «valorar ese regalo de Dios, que es la vida, y a no temer lo desconocido».
Porque ciertamente hubo nervios durante el embarazo. Claro que los hubo.
En la semana 12, la primera ecografía importante, les informaron que el corazón del bebé estaba en una ubicación poco habitual. Así comenzaron las fases de investigación, los derivaron al área de embarazos de riesgo y ocho semanas después confirmaron que las estructuras cerebrales del bebé no cumplían con los patrones habituales de desarrollo. Era imposible no estar nerviosos, pues los médicos, auténticos ángeles de la guarda, desconocían cómo reaccionaría Juan al nacer e incluso contemplaban que el bebé viviera sólo unas horas.
«Teníamos miedo y estábamos inquietos ante lo desconocido, nos preguntábamos cómo sería, si podríamos cuidarlo bien… Pero desde que recibimos la noticia, lo asumimos con un salto de fe: confiamos en Dios y sabemos que es benigno. Los padres deben ser valientes«.
Poco a poco, Miki y Jorge fueron confirmando que Juan podía respirar, tragar, ver y oír, entre otras funciones biológicas que han monitoreado continuamente. Aunque los primeros seis meses fueron difíciles, pues los problemas del niño generaban algunos sustos a sus padres, la pareja se mantiene con la esperanza de llevar a sus hijos al cielo.
«Y para mí, como padre, es una gran alegría porque ya tengo un niño que es un pedazo de cielo en la tierra. Por supuesto soy humano y, cuando tienes un hijo con dificultades, hay momentos en que te sientes desbordado, pero Juan nos enseña a mirar el mundo con ternura y a comprender el amor de Dios, viviendo más cerca del cielo. Él sólo comprende el lenguaje del amor y vive para recibirlo y darlo», reflexiona Jorge.
Para ellos, como padres, el mensaje principal que transmite la reunión del Papa con su hijo es que «Dios es Padre y mira con ternura a sus hijos»: «Nos enredamos con cosas superficiales, valoramos a las personas por su productividad, Juan nos ha ayudado a cambiar nuestra perspectiva, a vivir con entusiasmo y confianza lo que Dios nos envía. Nosotros tenemos a nuestro hijo y vamos con todo, porque llega un punto en la vida en que debes avanzar y eso hacemos».
Quizás fue esa valentía la que motivó a Jorge a encargarse de su hijo aquel martes. De hecho, esa madrugada la pareja había descartado llevar al niño. «Sería muy duro y difícil que el Papa llegara a verlo». El cansancio comenzaba a pesar en Miki y Jorge, quienes habían participado en el trío de actividades del viaje apostólico: la vigilia del sábado en la Plaza de Lima, la misa del domingo con sus dos hijas mayores, Catalina (4 años) e Isabel (2), y el lunes colaboraban como voluntarios en la catedral de la Almudena.
«Sobre las seis de la mañana lo decidí, que venga con nosotros, yo me ocupo. El lunes terminé exhausto, me sentía como si me hubiese atropellado un camión, pero al final lo llevamos», confiesa Jorge por teléfono.
En el recinto, el obispo auxiliar de Madrid, Vicente Martín Muñoz, ayudó a Jorge a posicionarse, mientras Miki estaba en el escenario junto a otros voluntarios. «Me dijo: ‘Por aquí pasará el Papa’. Entonces extendí los brazos y tuve suerte«, relata. Aunque la verdadera suerte tocó a su puerta hace año y medio. Esa suerte se llama Juan.

