Las claves
Félix Sanz Roldán, exdirector del CNI, declara que mantuvo dos encuentros con Corinna Larsen durante una misión que, según su versión, evitó un inconveniente para España.
Durante su gestión, Sanz Roldán sostiene que no autorizó operaciones de otros servicios en territorio español sin su consentimiento y niega cualquier actividad ilegal o espionaje hacia Corinna en Mónaco.
El exjefe del CNI rechaza cualquier conexión profesional con el comisario Villarejo y descarta haber trabajado para el Centro Nacional de Inteligencia.
Sanz Roldán comparte detalles cruciales de su periodo al mando del CNI, abordando desafíos como el terrorismo yihadista y la participación rusa en la desestabilización del ‘procés’ catalán.
3 de junio de 2026. Son las 10:40 de la mañana y el general Félix Sanz Roldán (Uclés, 1945) se encuentra en el prestigioso Hotel Intercontinental de Madrid, situado en el 49 del Paseo de la Castellana.
Acaba de intervenir en un evento en el que también estuvo presente el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page. La figura de Sanz Roldán aparece entre un grupo de periodistas en el vestíbulo del hotel.
El exdirector de los espías españoles entre 2009 y 2019 otorga a EL ESPAÑOL la «primera, y quizás última» entrevista sobre su tiempo al frente del Centro Nacional de Inteligencia. Sanz Roldán lideró el CNI en años particularmente críticos para la seguridad estatal.
En su mandato, se enfrentó a la amenaza del terrorismo yihadista tras la expansión del Estado Islámico y al desafío independentista catalán que culminó en el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017.
Su nombre también se asoció a varias controversias dentro de los servicios de inteligencia españoles, desde la exposición de las actividades del comisario José Manuel Villarejo hasta las denuncias de Corinna Larsen sobre posibles seguimientos vinculados al entorno del rey emérito Juan Carlos I.
Sanz Roldán ha tenido que comparecer ante tribunales y el Congreso en diversas ocasiones para defender las acciones del centro. Recientemente, testificó en la Audiencia Nacional por la operación Kitchen. Durante años mantuvo un perfil reservado, en línea con la cultura de discreción de los servicios secretos.
¿Cómo fue nombrado director del Centro Nacional de Inteligencia? Usted ya contaba con una extensa trayectoria militar.
Nunca tuve relación previa con la inteligencia y jamás pensé que la tendría. Era un completo desconocedor, no entraba en mis planes.
Al concluir mi etapa como jefe de Estado Mayor, sólo me quedaba retirarme, pero el presidente de aquel momento, José Luis Rodríguez Zapatero, me anunció una misión para mí.
Me pidió que permaneciera para diseñar la estrategia de la presidencia española de la Unión Europea en Defensa. Me pareció apropiado, y creo que esa fue la razón para luego ser director del CNI. Tenía cierta proximidad, un despacho en Moncloa y frecuentes encuentros con el presidente.
Me propuso la dirección del CNI y, naturalmente, como militar con una carrera de 47 años, no estamos entrenados para decir que no. Nuestra reacción habitual es aceptar. No podía haber respondido de otra manera.
¿Imaginó que permanecería diez años al frente del CNI?
No. Siempre pensé que con cada cambio de gobierno sería sustituido. Cuando llegó el gobierno de Mariano Rajoy, podían haber dicho: «Gracias por sus servicios, pero tenemos a alguien de confianza». Sin embargo, no sucedió ni en la primera ni en la segunda legislatura de Rajoy, ni con Pedro Sánchez.
También permanecí en la primera minilegislatura de Pedro Sánchez. Nunca sabré si habría un segundo o tercer mandato, aunque me alegro de no haberlo tenido, ya que cuando me comunicaron que debía marcharme, rondaba los 75 años. Dirigir el CNI hasta los 80 hubiera sido excesivo.
Al asumir la dirección del CNI, ¿tuvo alguna relación con Emilio Alonso Manglano, director del CESID entre 1981 y 1995?
Mantuvimos contacto durante muchos años. Cuando era capitán joven, Manglano era comandante y coordinaba los cursos de Geoestrategia en la Universidad de Verano de Santander, la Menéndez Pelayo.
Pero fue realmente cuando fue profesor mío en la Escuela de Estado Mayor cuando le aprecié profundamente.
Posteriormente, como director del CNI, mantuve relación personal con él, pues era un hombre bastante desamparado: su esposa e hijos residían fuera de España y provenían muy pocos días, él padecía enfermedad y requería apoyo.
Recuerdo haberle apoyado económicamente para costear la residencia en la que estaba, ya que le faltaban entre 150 y 200 euros mensuales. Lo visitaba con frecuencia.
Las escuchas ilegales de Manglano marcaron el principio del fin de su liderazgo en el CESID. ¿Qué opinión le merece?
En aquel entonces no existía una ley específica que regulase las escuchas. Por ello, no se consideraba ilegal. Tal vez podría haberlo sido bajo la ley general española, pero no por violar la ley de secretos oficiales o la norma de funcionamiento del CNI, que en ese momento no existía. No se contemplaba porque no existían los medios adecuados.
Esas escuchas tuvieron lugar al inicio de la era de los teléfonos y los escáneres portátiles que la gente llevaba en sus vehículos, incluso estudiantes, para anticipar la llegada policial a manifestaciones.
La regulación surgió cuando se adquirió la capacidad para realizarlas, implementándose en el CNI con estricta rigurosidad. Tras esos sucesos, cayeron el vicepresidente del Gobierno, el ministro de Defensa y el director del CESID.
Recientemente declaró como testigo en el juicio de la ‘operación Kitchen’ y calificó lo ocurrido como «ilegal». Sin embargo, Mariano Rajoy sostuvo que fue una operación policial «legal». ¿Qué ocurrió realmente?
Mantengo lo dicho. Ningún gobierno, de ningún signo, me solicitó realizar algo ilegal. Puedo añadir que, aunque no lo mencioné antes, de haberlo pedido, tampoco lo habría hecho. Pero eso es hipotético, pues no se dio ese caso, y por ello nunca me planteé tal situación.
Emplear recursos en favor de un partido o cometer un delito habría sido ilegal, y no participé en ello. Desconozco las decisiones del presidente, pero me consta que nunca recibí órdenes para hacer nada fuera de la ley.
En ese sentido, Alberto Saiz, su predecesor, afirmó que en el CNI faltaba gestión y sobraba política, mencionando falta de escrúpulos, traición y ambición, y vinculando el centro a decisiones políticas. ¿Qué piensa al respecto?
Sólo puedo decir que Alberto Saiz fue cesado, y como responsable, él debía evitar que esas situaciones ocurrieran.
¿Qué hay de su polémica con el comisario Villarejo?
No existe tal polémica. Para polemizar se requieren dos partes, y yo nunca he discutido con él ni he mantenido conversación alguna. Por lo tanto, es falso.
¿No lo conoce personalmente?
Decir que no lo conozco no sería exacto. He asistido a dos juicios en los que él estaba presente, así que lo he visto. Pero nunca hemos intercambiado palabra alguna. Considerando que él graba todo, si alguna vez me hubiera dirigido la palabra, ¿no habría salido en los telediarios? Es evidente: ha grabado a muchos, pero no a mí, casualmente.
¿Por qué le menciona con frecuencia?
Porque miente constantemente. Afirma que usé agentes encubiertos, lo cual es falso. Sólo yo puedo hablar con total certeza sobre eso, incluso en operaciones en Afganistán. Esta estrategia es claramente para desacreditar a quien podría contar la verdad. A mí no me importa; incluso me parece bien que Villarejo hable mal de mí. ¿Qué pensaría si dijera lo contrario?
¿Existió algún tipo de vínculo entre las informaciones sobre Villarejo y su relación con el rey Juan Carlos?
Villarejo no ha visto al rey Juan Carlos más que en el retrato del despacho de la comisaría o cuando pasaba por la oficina del ministro. Es mucho más difícil desmontar esto que mentiras más elaboradas. Él no lo ha visto jamás y no sabe nada. Todo es ficción, y según la ocasión, cambia su versión.
El mejor servicio a nuestra democracia sería ignorar estas afirmaciones. Cualquier ciudadano puede expresar lo que quiera, pero debe presentar pruebas. Yo nunca hablo con él.
Su intención, supongo, era hablar conmigo para generar una prueba. Su estrategia podría ser que, si un juez reconoce que trabajó para el CNI, podría guardar silencio en futuros procesos. Por eso siempre preguntan: «¿Villarejo trabajó para el CNI?». No, nunca lo hizo.
Si un juez dictamina lo contrario, podría invocar ese vínculo para callar en juicios venideros. Pero garantizo que en mis diez años al mando no pisó ni la puerta del CNI.
¿Se reunió con Corinna?
Es ampliamente conocido. Estuve cinco horas con ella en el Hotel Connaught de Londres. Ha sido repetido incontables veces en los medios, sin secreto alguno.
¿Quién solicitó esa reunión?
Me lo pidieron. Sin más.
¿Hubo alguna operación contra ella en Mónaco?
¿Se refiere a la supuesta contratación de mercenarios para vaciar un despacho en Mónaco o algo parecido?
Sí, la supuesta extorsión…
He leído varias veces la demanda que ella interpuso en Londres, y es completamente falsa: no hubo ningún mercenario. En operaciones en el extranjero, los servicios secretos siempre coordinan con los locales. En este mundo interconectado, todos colaboramos porque un presunto terrorista puede pasar de un país a otro.
Si debo actuar en Francia, primero hablo con el servicio francés para coordinar. Lo mismo sucede en España. Un servicio secreto sería negligente si permitiera operaciones ajenas sin su conocimiento. Durante mi gestión, no se permitió ninguna operación en España sin mi aprobación, y cuando detectamos operaciones sin permiso, las deteníamos.
¿Tuvo más encuentros con ella?
No, la vi solo dos veces.
Fernando Rueda, en su libro La Casa II, menciona dos reuniones específicas.
Fueron dos efectivamente: el primer encuentro en Madrid cuando la conocí, y luego en Londres, en una misión legítima que posiblemente evitó problemas para España.
¿Ella tenía intención de chantajearle?
No puedo entrar en detalles. La pregunta es válida, pero prefiero no responder.
Sobre la situación actual del gobierno español, siendo usted ya jubilado pero con una larga experiencia, ¿qué opinión tiene?
No veo razón para tanta polarización. No comprendo por qué ocurre. Mencionó la corrupción; tampoco esperaba vivir algo así, pero creo que es posible combatirla. Otros países cercanos la afrontan rápidamente.
La gran lección es que la corrupción existe y existirá, porque siempre habrá personas que se vendan o compren, pero debe terminarse. No podemos dejar un mundo a las futuras generaciones dominado por esto.
Debe ser una excepción, pero llevamos meses viendo solo eso en las noticias. Quienes tienen responsabilidad política deben actuar con dignidad, para eso se les paga, pero no para enriquecerse. Simple y claro.
En una conferencia, al mencionar la supuesta relación entre el servicio ruso y el ‘procés’ catalán, usted sonrió y comentó algo como «algo hay». ¿Lo confirma?
Eso también es de dominio público. La vicepresidenta del Gobierno tuvo que dar explicaciones en el Congreso. Rusia sigue empleando la desestabilización como principal arma, ahora con métodos más directos, aunque antes prefirió desacreditar Europa. Hay ejemplos evidentes.
¿Cuál era el problema entonces? El procés, que representaba un gran desafío nacional. Rusia buscaba desestabilizar, lo que es una agresión sin permiso. Por eso había que detectarlos e impedirlo.
No siempre se logra, ya que ningún servicio tiene éxito total, pero sí sabíamos de su intención. Rusia continúa afectando a Europa mediante noticias falsas, y España fue parte del impacto.
Refiriéndose a Rusia, al inicio de su mandato se hizo pública una presunta traición de un agente del CESID-CNI, acusado de vender información a los rusos. ¿Cómo manejó ese asunto?
Cuando llegué, eso ya estaba juzgado y, creo, condenado. Sin embargo, instauré una nueva sección llamada Sección de Protección del Deber de Reserva, pues el deber de reserva debe cumplirse siempre, aunque a veces se incumpla inconscientemente. Nosotros debemos actuar y guardar silencio.
Puede haber incidentes involuntarios, pero alguien debe encargarse de que no ocurran, ya sea por ingenuidad o por exhibicionismo. La división funcionó bien, y puedo afirmar que nadie vulneró el deber de reserva durante mi tiempo en el CNI.
Otro tema muy debatido fue el del imán de Ripoll, que se dijo colaboraba con el CNI durante su mandato. Ustedes indicaron que sólo se reunieron con él en prisión en alguna ocasión.
Lo declaré en el Congreso, durante la comisión del atentado en Las Ramblas. Está registrado. Explicamos que, como otros muchos, mantuvimos contacto con él porque una función del servicio secreto es conocer el entorno y quién es quién. Pero llegó un momento en que se detectó que no aportaba valor. Incluso había un informe técnico que calificaba la información recibida como «inservible».
Se llegó a afirmar que recibía 500 euros mensuales del servicio secreto. ¿Cuál fue la conclusión?
La conclusión es la que expuse ante el Congreso: hubo contacto hasta que se comprobó que era inútil, y ahí terminó. No hay más misterio. En inteligencia se evaluó que esa pista, como muchas otras, no aportaba mucho.
¿Recuerda alguna anécdota de su etapa en el CNI que no haya contado y pueda compartir?
Lo que siempre me impresionó fue la sangre fría de la gente. Enfrentan riesgos enormes y aparentan no sentirlo. Siempre me despedía personalmente de quienes emprendían misiones complejas en el extranjero, aunque me restara tiempo de despacho.
El equipo transmitía confianza. Hubo momentos muy difíciles, como en el intento de liberar a tres periodistas [Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre] en Alepo. Dos agentes del CNI negociaron durante horas con ocho hombres armados en un garaje.
Eran sólo dos, sin armas, con solo su inteligencia. Permanecieron cuatro horas dialogando con sujetos cuya ira podía transformar tres rehenes en cinco. Soportaron la tensión y lograron avances. Al salir, la aviación rusa bombardeó Alepo. Afortunadamente, todos regresaron sanos y salvos.
¿Algún momento en el que se emocionara como director del CNI?
Siempre me emocioné al ver a las familias de los fallecidos. Pero lo que más me conmovió fue cuando ETA anunció el cese de asesinatos. Reuní a quienes participaron, y uno me confesó que pasó ocho o diez años sin ver a sus hijos. Entonces valoras profundamente el servicio que presta esa gente.
Lo hacen con gran compromiso y proactividad; conocen sus riesgos y no esperan reconocimiento alguno.
¿Se arrepiente de algo durante su gestión?
No. No todo fue perfecto y seguramente cometí errores, pero siempre di lo mejor de mí para el centro. Puede parecer arrogante, pero hoy no hallo nada serio de lo que arrepentirme. Tal vez recriminé a alguien que no lo merecía. Me ocurría cuando era teniente, o tomaba decisiones equivocadas, pero no lo recuerdo con gravedad. Quizá quien recibió la reprimenda sí lo recuerde (risas).
¿Cuál fue el momento más difícil al frente del CNI?
Tuve mucha suerte. Al llegar al CNI, ocupé una mesa cuyo objetivo era evitar que ETA asesinara. En etapas previas, fueron cerca de 1.000 víctimas españolas. Por ejemplo, en 1980 hubo 100 muertos. En mis diez años, únicamente se registraron dos guardias civiles asesinados.
Yo soy hijo de guardia civil, así que sentí mucho dolor. Pero conforme pasaba el tiempo y el trabajo funcionaba, con detenciones sucesivas, pensaba que tuve mucha fortuna.
¿Alguna vez bajó a los sótanos por curiosidad? ¿Para investigar quién mató a Kennedy, por ejemplo?
Una vez, porque el ministro del Interior, tras una publicación, me pidió verificar su veracidad.
¿Recuerda cuál fue la historia?
Claro, pero no la voy a revelar. Contacté con la encargada del archivo, una mujer con mucha experiencia. Le pregunté por el tema, me indicó la ubicación y me dio detalles. Aproveché para apreciar su labor, que es un trabajo serio. Así que bajé a ver el archivo, que es parte de mis responsabilidades: asegurar la custodia adecuada. Bajé sólo una vez en diez años.
¿Cómo es el archivo? ¿Un lugar polvoriento con carpetas o todo digitalizado con modernos equipos?
Es un archivo excelente, bien mantenido y conservado, como debe ser. Cuenta con especialistas veteranos que conocen su trabajo.
Una visita guiada… imposible, ¿verdad? (risas)
Se podría permitir un recorrido general, pero no una visita guiada completa. Además, permitir el acceso sin mostrar contenido pierde sentido. Ir a la Biblioteca Nacional y solo pasar entre estanterías no aporta mucho. El verdadero problema serían las conclusiones que se pudieran extraer.

