Las claves
La historia ficticia de Julián, un diputado del PSOE inventado, funciona como reflejo de las contradicciones y tensiones internas existentes en el partido.
El relato aborda el desarrollo del PSOE, la coexistencia con antiguos rivales, y el desgaste ético de sus protagonistas ante la corrupción y las alianzas políticas.
Julián medita sobre el poder, la fidelidad al partido, el anonimato y la presión familiar que conlleva la vida política en medio de diversos escándalos.
El texto utiliza la autoficción para analizar la frustración, la carencia de convicciones propias y la dificultad para romper con la disciplina interna del partido.
La realidad ha ocupado el espacio de la ficción durante estos días con las ramificaciones más absurdas de la trama.
Corrigiendo: en esta columna, por un rato, la ficción tomará el lugar de la realidad con la historia de Julián, un diputado del PSOE inexistente, aunque podría simbolizar a todos los diputados del PSOE.
Me llamo Julián. Tengo 55 años, un gato y soy militante del Partido Socialista. Nací en Pamplona, cerca del Parque de la Taconera, y me afilié en la sede situada a veinte metros de la casa de mis padres, en el Paseo Sarasate.
Mi padre me decía “Julián, baja ya, hostia, está aquí al lado; baja y afíliate como tu padre y como tu abuelo». Hoy, mi padre me pide: “Pero, Julián, por favor, rompe ya el carné, qué pensará tus hijos».
Mis hijos no dicen nada, pero ellos reciben todo tipo de injurias. Les llaman “hijo de puta». Un joven muy listo, que debería ser político, les dice que soy un pesebrero. Lo del “pesebre» me trae buenos recuerdos; me evoca la Navidad. En el Belén de casa, cuando éramos niños, el caganer era Gil-Robles y había un cuarto rey, Pablo Iglesias el bueno.
No sé bien por qué me afilié ni por qué continúo afiliado. Quise ser médico, pero no alcanzaba la nota. Quise ser matemático, pero no tenía la cabeza para ello. Quise ser tantas cosas, aunque nunca deseé ser político.
Escribo porque es lo único que sé hacer y hablo porque es lo que me da de comer. Estas páginas me sirven porque siento que aquí realmente digo algo. Hablar sin decir nada constantemente es muy agotador. Escondo estas notas entre la enorme documentación que nos envía Patxi López cada mañana.
Con Patxi viví momentos muy duros en los años difíciles. Allí sentí por primera vez, de forma clara, la vocación: éramos quienes arriesgábamos la vida por defender una idea. Podían matarnos por llevar el carné en el bolsillo.
Hoy, en las calles del Casco Viejo, quienes apoyaban nuestros asesinatos son ahora nuestros aliados y eso, lo admito, ha sido lo más complicado para mí. “Aúpa», me saludan cuando nos cruzamos. Y a mí me brota la respuesta “aúpa tu puta madre», pero la lengua se me traba al calcular mentalmente la suma de nuestros escaños con los suyos.
El partido ha cambiado mucho. Yo era de los de Alfonso, de los que escribían ideas. Un guerrista me metió en la sede del Paseo Sarasate para proponerle ideas a un alcalde de la Ribera: “No me pongas el ‘cago en la hostia’, que eso ya lo digo yo».
Acompañando al alcalde a su pueblo, mitin tras mitin, un día ocurrió el Milagro. Le llamo así por el día de Todos los Santos, porque todos eran como él, como nuestro Santi.
Santi no hablaba mucho, pero era quien gobernaba en su pueblo. Yo, que hablaba demasiado, no mandaba nada. Eso sucede a veces en política. Comenzamos a compartir algunos “cacharros». No es que trasnocháramos, pero, claro, yo tenía que volver de Milagro a Pamplona y a veces eran las dos o tres de la madrugada.
Mi novia, ahora mi esposa, me decía que tuviera cuidado y que no dijera “cacharros», pues yo nunca lo había dicho. Y tenía razón. Pero sin esos cacharros, no estaría escribiendo este diario desde un ático con vistas a la calle Estafeta.
Fue así como conocí al presidente Sánchez. Lo recibí en el balcón de mi casa un 7 de julio a las siete y media de la mañana. Vino a ver el Encierro. No sé si le gustó. El presidente habla casi menos que Santi. Pero algo debió aprender porque lleva corriendo encierros que parecen sumarios y sumarios que son encierros desde hace bastante tiempo.
Qué paradojas tiene la política, ¿no? Santi tenía razón. “Vas a ser diputado gracias al Encierro. Amortizarás la hipoteca porque los astros se alinearon un día en tu vida». Yo le decía “te equivocas, Santi, yo seré diputado porque ese día se alinearon los Santos».
Santi reía como pocas veces. Creo que eso le agradaba de mí. Era de los pocos que lograba hacerlo sonreír. Koldo tenía otros asuntos. Sus bromas no le caían bien a Santi, pero ahí estaba, presente en cada evento importante, como el día en que el presidente, que aún no era presidente, vino a la Fiesta de la Rosa y quisieron que viera a Koldo partir troncos.
Sánchez dijo esa noche, antes de subirse al tren: “Es un ser mitológico». Todos asentimos como si hubiéramos escuchado a Heráclito. No es una burla hacia mis compañeros, es el poder. Yo también asentí como si Sánchez fuera Heráclito.
Después, la mayoría nos fuimos a casa. A Koldo, me contaron diputados de la derecha, lo conocían por haber sido guardaespaldas de ambos bandos, izquierda y derecha.
Se decía que estaba condenado por haber enfrentado a un joven que llevaba una camiseta con el lema “Independentzia». Koldo es pura transversalidad. De repente, esos jóvenes se convirtieron en los hijos de sus socios.
¿Qué nos ocurrió? ¿Qué coño nos ocurrió? El otro día leí en un ensayo de neonazis corrientes que uno de ellos, al plantearse la misma pregunta sobre su transformación, decía: “¿Eres capaz de ver crecer el trigo? Qué va, nadie lo es».
Pues con el partido, aunque parezca increíble, pasó algo parecido. Hoy ni siquiera la madre que nos parió nos reconoce, pero los cambios se dieron poco a poco.
El día de la moción de censura pude saludar a Sánchez en el pasillo, justo antes de entrar al Congreso. Me guiñó el ojo. Ábalos, que estaba cerca, me susurró: “Sabe que eres el del balcón en Estafeta, no te preocupes».
Habíamos pactado, no sé muy bien qué, con Batasuna, Esquerra, el PNV y toda la cuadrilla. Pero la justificación era clara: desalojar a un gobierno acusado de corrupción para convocar elecciones.
No tuve grandes dificultades para entrar en las listas de las generales. Era, o soy, no lo sé, amigo de Santi y en las primarias anteriores, durante aquella guerra civil interna, no apoyé a Sánchez, a Susana, a Madina ni a ningún otro.
Nos instalamos en el piso cuando supe que íbamos a durar. Había, y hay, algo en la mirada del presidente. Lo miras, tienes miedo y sabes que esto durará. Un día Santi llamó muy contento. Escuché abrir una botella. Me dijo: “Dile a tu mujer que revise el correo». La habían nombrado asesora de un consejero autonómico con un sueldo casi superior al mío.
Menudo grito soltó don Inda cuando lo celebramos. Don Inda es el gato, apodo de Prieto, que expresaba lo que dicen hoy quienes llamamos “fachas», pero eso no importa ahora.
La palabra “poder» desapareció de nuestro vocabulario. Ya no la usábamos como pregunta: “¿Podemos ir de vacaciones a Canarias? ¿Podemos comer en Europa? ¿Podemos enviar a los hijos a estudiar un máster en Estados Unidos?».
Ya no podíamos; solo decidíamos. Eso era el poder. El poder como sustantivo. Y lo mejor de todo: el poder anónimo. Ni a mi mujer ni a mí nos conocen en Pamplona. Ahora nos conocen un poco más por los enredos de Santi. Ha salido alguna que otra vez en prensa. Qué suerte tuvimos. Santi nunca nos propuso nada extraño.
Lo leí una vez a Manolo Vicent en El País. Nuestros periódicos han sido siempre El País y el Diario de Navarra, aunque suelo llevar por la calle el Diario de Noticias por si me cruzo con algún votante.
Vicent escribió que una vez Cela cruzó la Gran Vía con Baroja y nadie reconoció a don Pío. Esa es la mejor fama: tener mesa en un restaurante, tener mecánico los fines de semana, siempre tener entrada para el partido… y que nadie te reconozca.
Mi Sonia y yo somos Baroja desde hace ocho años.
En política, con solo algo de experiencia desde joven, nada sorprende, pero debo admitir, en estas notas que nadie leerá, que lo de Koldo sí me sorprendió. Siempre ha habido personas poco trabajadoras, con escaso talento, como yo, en cualquier partido.
Pero lo de Koldo… joder, cómo es posible. Eso pensé la primera vez: “Joder, ¿ese no es el del Rosalex?».
Cerca del estadio El Sadar había un puticlub, el Rosalex. Yo pasaba por ahí los días de partido porque cogía la villavesa justo al lado. Me fijaba en aquel hombre, que como todos han visto, es inolvidable.
Incluso pensé, se lo dije a Sonia, en escribir un relato inspirado en él. Eso fue cuando supe más de su historia. El del Rosalex era guardaespaldas frente a ETA, confidente de la Guardia Civil, chico para recados en el Partido, y hombre de confianza de Santi.
Solemos ir a tomar algo al Franky. Cuando van al Burladero o al Savoy, me invitan, pero si van al Franky, no me dicen nada. Mejor así, porque una vez escuché la palabra “Acciona» y me asusté. Vaya valor. Sé que somos el partido feminista, pero vaya huevos. El Franky está frente al Palacio de Justicia.
Santi es más astuto de lo que parece. Era, o es, no sé, mi amigo. Lo conozco bien. Lo subestiman por ser de pueblo y haber trabajado como técnico en una fábrica cualquiera.
Es sorprendente que un técnico de planta termine decidiendo la soberanía nacional en Waterloo con un prófugo de la Justicia. A veces Santi me llamaba y me pedía que le preparara algún documento inspirado en la Constitución. “Para justificar, algo que justifique».
Entonces me levantaba, me servía un poco de pacharán y, mirando a la Estafeta, retorcía algún artículo de la Constitución como si le torciera el cuello a Aznar.
Santi hizo la jugada de su vida. La jugada de todos nosotros, deberíamos admitir cada diputado, ya que su permanencia en el poder implicaba la nuestra. Yo, como osasunista, siempre tengo como objetivo la permanencia.
Santi sabía de las andanzas nocturnas de Koldo y, en cuanto escuchó algo similar de Ábalos, lo nombró asesor. A José Luis inicialmente le sorprendió. Santi me contó eso cuando le pregunté.
José Luis, mediterráneo, no comprendía: “¿Cómo va a ser este mi asesor, Santos, te has vuelto loco?». Y Santi mencionó la palabra clave, “presidente»: “Este tipo protegió con su cuerpo los avales del presidente en las primarias. Este tipo te saca de cualquier problema. Le puedes confiar la vida. Ha luchado contra ETA».
Ahí perdí un poco la pista de todos ellos… afortunadamente para mí. Santi, en Madrid, pasó a ser Santos y no tenía tiempo ni para tomar una caña. “Un cacharro, Santi, ¿te acuerdas?». No había manera.
Santi dominaba Ferraz y Koldo, a quien siempre miré por encima del hombro, ¡el del Rosalex!, era consejero de Renfe. Habíamos conquistado el país. Era como si Osasuna, tras una noche de resaca, ganara La Liga y jugara la Champions.
Pasaron muchas cosas durante el camino. Fue un desafío dialéctico. Primero dijimos que era Rebelión. Primero nos opusimos a los indultos. Primero rechazamos la reducción de la malversación. Primero estuvimos en contra de la amnistía.
Sonia y yo nos divertíamos con un juego: cada vez que Sánchez se posicionaba en contra de algo fuerte, nos tomábamos un gintonic y escribíamos documentos defendiendo la opinión contraria.
En una reunión, a Sonia se le escapó y tuvimos que enviar esos papeles a Madrid más de una vez. El presidente lo sabía. El presidente sabe todo. Porque un día en el Congreso me volvió a guiñar el ojo.
Fue la primera vez que no fui a buscarlo yo. Santi, desde la esquina del pasillo, lo notó y asintió.
Hay que ser flexible para estar en esto, pero tengo la ventaja de ser el Baroja que mencionaba Vicent. El tiempo pasa y en diez años nadie recuerda a un ministro. ¿Quién recordará a un diputado por Navarra?
Este aspecto se les escapa a los analistas de derecha que nos instan a “golpear al presidente votando todo en contra en el Congreso». No tenemos incentivos para eso y sí muchos para mantenernos firmes.
La hipoteca, los hijos, los padres, nosotros mismos. ¿Quién no se adapta en su trabajo si eso puede asegurar su futuro? Las posiciones que defendemos, aunque no sean propias, son tan constitucionales como las contrarias. ¿Cuántos periodistas trabajan en medios con líneas editoriales opuestas a sus ideas?
¡Incluso en los últimos días del Arriba todos sus redactores eran rojos!
Además, algunos hemos arriesgado la vida frente a ETA y eso se debe reconocer. Todas esas mañanas revisando bajo el coche. ¿Y el funeral de Isaías? ¿Quién se acuerda? Había que estar presente.
Lo de Bildu… aúpa tu puta madre. Sí, es duro. Pero, a veces, también pienso que los nietos de ETA irán al colegio con mis nietos. Algo habrá que hacer.
Porque lo que tenemos enfrente… los locos de Vox y el PP, que harán lo mismo o peor. Lo que más me duele es lo de la corrupción. Eso ya… Además, me está causando problemas.
Los implicados mintieron a sus hijos con “no todos somos iguales» y Sonia y yo hemos tenido que utilizar la misma frase para calmar a los nuestros. Ni siquiera nos creen nuestros hijos.
Tuvimos que cerrar las ventanas del maldito balcón por todo lo que gritaban. Menudo arañazo me hizo don Inda. Que si vamos a acabar igual, que si saldremos en los papeles, que nuestro apellido quedará manchado para siempre, que perdemos amistades… “¡Papá, no queremos ser las hijas de Zapatero!”.
Les juramos a ambos que no sabemos nada, que Santi no nos prestó atención desde que llegó a Madrid y que con Antxon, a pesar de las “cacharros» en el Burladero y las tostadas en el Savoy, nunca congeniamos mucho.
Nunca había escrito un diario y lo hago ahora por culpa de esa noche, por culpa de esos gritos. No puedo dormir, no tengo hielo para prepararme una copa. Sonia está de viaje en no sé dónde con su consejero.
Y luego está mi padre, que sufrió un ictus pocos días después de que se publicara el último sumario. Está postrado, sin poder hablar, pero es como si me lo dijera todo el tiempo con la mirada: “Por favor, ¿cómo no rompes el carné? Hazlo por tus hijos».
Mi madre, antes de salir de casa, indicó con la barbilla la basura: estaba la figurita del Belén de Pablo Iglesias.
Falta menos de un mes para San Fermín. ¿Con quién iré a la plaza? Me han dicho que no tenemos mesa para el almuerzo. No me han llamado con entradas para ver a Roca Rey.
En el fondo, escribo todo esto aquí, en estos papeles que nadie lee y que por eso son sinceros… En el fondo, todo esto me da igual. Y esa indiferencia me genera ansiedad. Porque esa indiferencia hacia lo ajeno solo tiene una explicación: algo está pasando cerca de mi conciencia.
Lo de Koldo no puedo decir que me sorprendiera, pero lo limité a un solo ministerio. Lo de Santos es terrible. Y ahora la cloaca. Sin mencionar a Zapatero, el único que me emocionaba con sus discursos.
¿Qué diremos a la gente? Porque quienes nos votaban creían en este proyecto, en la nación de naciones, en desinflamar los independentismos, en subir el salario mínimo, en el muro contra la ultraderecha…
Los responsables de todos esos mantras, según la UCO, se estaban beneficiando a lo grande. Si el presidente sabía que yo enviaba documentos desde mi balcón en Estafeta, ¿cómo no va a saber nada de ninguna trama?
La política, así la he entendido siempre, es un juego. Una suerte de juego dialéctico. Lo que no puedo aceptar es el robo. Sonia y yo nos hemos buscado la vida en política como otros en otra área, pero lo hemos conseguido con nuestro trabajo.
Vamos a destruirlo todo. No quedará nada y nadie nos recordará, pero ¿lo hará nuestra conciencia? ¿Seré capaz de disfrutar del próximo encierro? ¿De todos los encierros de mi vida?
Simplifico el problema. No hago más que escribir tonterías. Estoy borracho. Para distraerme, escribo documentos como si fueran para el presidente. No me sale nada. ¿Hay salida? ¿Existe alguna salida?
Tengo una oportunidad injusta para salvarme. A pesar del camino recorrido, si inicio ahora la revuelta, si anuncio mi voto en contra del partido siempre que sea necesario, el futuro me salvará.
Me salvará la derecha, la prensa crítica y quizá hasta el líder que suceda a Sánchez. Pero no sé si puedo. De verdad, no sé si puedo. Soy un escritor de documentos, un diputado desconocido. Siempre he temido lo que sucede dentro del partido, todas esas cosas que los escritores de papeles no vemos.
Me salvó no tener ambición más que la de llevar una vida cómoda durante todas las guerras internas. Pero querer derrocar al presidente es tener ambición. Irán a por mí. Me perseguirán hasta quienes también quieren acabar con el presidente.
¿Qué es mejor? ¿Esperar hasta morir por elecciones generales y la puñalada de mi conciencia? ¿O dar un paso y morir apuñalado por los míos?
Hay que dejar de escribir cuando se hace con grandilocuencia.
Continuará… o no.

