El extenista narró que la Federación le comunicó que no poseía talento antes de transformarse en uno de los primeros campeones destacados del país.
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Emilio Sánchez Vicario formó parte de la generación de deportistas que abrió camino antes de que España se estableciera como una potencia deportiva.
Entre los años 80 y a inicios de los 90, el apellido Sánchez Vicario se convirtió en una referencia fundamental del tenis español, en una época en la que alcanzar los cuartos de final de un Grand Slam era suficiente para erigirse como ídolo nacional.
El madrileño integró una generación pionera junto a figuras como Butragueño, Perico Delgado, Ángel Nieto y Fernando Martín. «Éramos íconos, pero en ese entonces era mucho más sencillo serlo», recordó.
En esos años, con apenas dos canales televisivos y una gran atención mediática sobre las competencias deportivas, los atletas gozaban de una fama que hoy resulta difícil de imaginar.
El desarrollo del deporte coincidió con la transformación social de España, y la escasez de modelos aumentaba la repercusión de cada triunfo. Por ello, resultados que hoy serían modestos eran acogidos con entusiasmo por el público. «Llegar a cuartos en el US Open te convertía en héroe», resumió.
Emilio Sánchez Vicario, en una fotografía de archivo
La relación de los Sánchez Vicario con el tenis surgió casi por azar. Su padre, ingeniero de profesión, se trasladaba con frecuencia por motivos laborales.
Uno de esos cambios llevó a la familia a Barcelona, donde se hicieron socios de un club deportivo que, pese a anunciar distintas actividades, solo tenía pistas para tenis. «Jugábamos al tenis o al tenis», recordó en 2020 durante una entrevista en El Mundo.
Durante años, Emilio y sus tres hermanos mantuvieron un régimen estricto de entrenamiento. Sus padres tuvieron un rol clave, acompañándolos a diario y asegurándose de que no faltasen a ninguna sesión.
No obstante, cuando Emilio tenía solo 15 años, la Federación Española de Tenis decidió excluirlo de su programa de formación, alegando que no poseía el talento necesario para destacar en el circuito profesional. «Era pequeño y rechoncho, me apodaban Bolita, y me dijeron que no llegaría a nada», rememoró.
Esa resolución casi puso fin a su carrera deportiva. Sin embargo, el Club de Tenis Barcelona le permitió continuar entrenando y, meses después, empezó a superar a jugadores que antes le estaban por delante.
El desarrollo físico y un mayor nivel de confianza supusieron un giro decisivo. A los 18 años ya se había profesionalizado y, poco tiempo después, competía entre los mejores tenistas globales.
El exjugador reconoce que fue su hermana menor, Arantxa Sánchez Vicario, quien llevó el apellido familiar a un nivel histórico tras ganar Roland Garros con solo 17 años.
«Ella rompió muchas barreras», afirmó. En una época dominada mayormente por figuras masculinas, su éxito impulsó el tenis femenino español y demostró que las mujeres también podían alcanzar la élite internacional.
Al retirarse de la competición, Emilio encontró un nuevo propósito en la formación de jóvenes deportistas. En 1998, junto a Sergio Casal, fundó la Academia Sánchez-Casal, un proyecto diseñado para combinar educación con alto rendimiento deportivo.
Desde entonces, por sus instalaciones han pasado deportistas internacionales como Andy Murray, Grigor Dimitrov, Ana Ivanovic y Svetlana Kuznetsova. Para Sánchez Vicario, el deporte debe priorizar la formación de personas antes que la creación de campeones.
Tras más de cuarenta años ligado al tenis, mantiene intacto un objetivo: ayudar a los jóvenes a convertirse en «la mejor versión posible» mediante los valores del esfuerzo, la disciplina y la superación personal.

