El joven tenista madrileño, que ha causado sensación en la Caja Mágica, mantiene fuera de las canchas un perfil muy sencillo junto a su entorno familiar.
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Para conocer a Rafa Jódar más allá del tenis, es necesario alejarse del bullicio de los torneos y regresar a Arroyo Culebro, un barrio tranquilo de Leganés donde se crió este joven madrileño de 19 años.
En ese entorno, entre parques y bloques residenciales, comenzó a formarse una rutina poco habitual para una estrella en ascenso: más tiempo en casa y con la familia que expuesto bajo los reflectores o en alfombras rojas.
Un protagonista constante en esta historia es su padre. Ambos comparten nombre, pasión por el tenis y ahora también un proyecto profesional conjunto.
Jódar lo expresa con claridad: «Él es mi entrenador desde pequeño, además de mi representante. Somos un equipo. Me gusta mucho pasar tiempo con él… llevamos años viajando y compitiendo juntos».
Su padre programa las sesiones, lo acompaña a las competiciones y toman en conjunto las decisiones sobre su carrera, todo ello mientras sigue trabajando como profesor de Educación Física en un instituto.
Esta conexión se refleja en cada partido. Mientras otros jugadores cuentan con agentes, fisioterapeutas y amigos en su equipo, en el palco de Jódar solo hay una persona. Su padre ocupa toda una fila, rodeado de butacas vacías, como si todo lo demás quedara aparte.
El propio Rafa detalla: «Esa rutina nos funciona… él siempre ha estado solo y seguirá así. Siempre miro hacia el palco y lo único que veo es a él, y así resulta todo mucho más sencillo».
Rafa Jódar, en el Mutua Madrid Open EFE
Esa imagen, casi minimalista, se ha convertido en uno de los retratos más característicos del circuito.
La familia representa algo más que un soporte logístico. «Mis padres me han inculcado valores… que me guían dentro y fuera de la pista», subraya el tenista, quien destaca que son ellos quienes le mantienen con los pies en la tierra.
Al no tener hermanos, su entorno cercano gira prácticamente en torno a ese núcleo familiar y a un reducido grupo de amigos de siempre.
No se le atribuye pareja y él mismo reconoce que utiliza las redes sociales «solo para comunicarse con mis padres y amigos», distante del protagonismo mediático que ha generado su aparición.
Fuera del tenis, Jódar es un joven con intereses muy específicos. Le fascina el ajedrez, que emplea para entrenar su mente y aplicar esa capacidad analítica en los partidos.
También es un aficionado declarado del universo Harry Potter, de las películas de Piratas del Caribe y del actor Johnny Depp, a quien menciona como su favorito.
En cuanto a series, prefiere Outer Banks y en música, Coldplay, que es su grupo predilecto para relajarse tras los entrenamientos.
En privado, se describe como un chico común, con virtudes y algunos «defectos» muy cotidianos. Su «placer prohibido», confiesa con una sonrisa, son las largas siestas, siempre que su agenda se lo permite.
Rafa Jódar posa con su título del ATP 250 de Marrakech ATP
La cocina es otra materia pendiente para él; se considera un desastre entre fogones y prefiere delegar, aunque confiesa su pasión por la gastronomía española.
Incluso después de abandonar la Universidad de Virginia para dar el salto definitivo al profesionalismo, repite que esa elección no modificará su esencia. «Pase lo que pase, jamás cambiaré», ha afirmado.
Finalmente, la imagen que queda de Rafa Jódar fuera de las pistas es la de un joven que, a pesar de haber irrumpido con fuerza en el circuito, continúa viviendo como el chico de barrio que comenzó a jugar «porque era un deporte donde podía compartir con mi padre y disfrutar juntos».
Entre la figura solitaria que lo observa desde la grada, un tablero de ajedrez y las historias de Hogwarts, el futuro del tenis español aún cabe en una vida sencilla.

