
Fuente de la imagen, Imagen de cortesía
Información del artículo
-
- Autor,
- Título del autor, BBC News Mundo
- 24 abril 2026
- Tiempo de lectura: 8 min
Durante ocho años, Jorge Cubillos luchó por establecer una vida nueva en Estados Unidos tras escapar de amenazas en Colombia.
Comenta que contaba con un permiso de trabajo, tenía un proceso de asilo activo y expectativas para permanecer en el país.
Sin embargo, fue deportado inesperadamente a África sin una explicación clara.
Desde una modesta habitación en un hotel en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, afirma en entrevista con BBC Mundo que está enfermo y desorientado, lejos de todo lo que conoce y separado de sus cuatro hijos y esposa, quienes permanecen en Florida.
«Jamás imaginé que terminaría en África. Creí que solo eran amenazas», declara.
Cubillos pertenece a un grupo de 15 latinoamericanos deportados recientemente desde Estados Unidos al Congo, como parte de un polémico acuerdo con terceros países firmado por la administración del presidente Donald Trump.
Los migrantes y solicitantes de asilo provienen de Colombia, Perú y Ecuador. Este es el primer contingente que arriba al Congo desde la firma del acuerdo.
El gobierno congoleño ha respaldado la decisión de recibir a estos migrantes procedentes de países terceros como un gesto de compromiso con la dignidad humana, protección de los derechos de los migrantes y solidaridad internacional.
Además, ha reiterado que la estadía de estas personas es temporal y que Estados Unidos financia la acogida, asistencia y atención.
No obstante, los migrantes y solicitantes entrevistados por BBC Mundo sostienen que las condiciones en el Congo distan mucho de ser adecuadas y que su salud empeora con rapidez.
Marta —quien prefirió ocultar su nombre real por temor a represalias— relata que su sufrimiento inició con la visita de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
Menciona que el 13 de febrero, tras una extensa batalla legal que incluyó 14 meses de detención y un habeas corpus concedido por un juez federal, quedó en libertad. Asegura que contaba con permiso de trabajo y seguía su proceso migratorio «de manera correcta».
«Nos han violado nuestros derechos humanos»
Sin embargo, el 2 de abril su situación cambió abruptamente.
Relata que ese día agentes del ICE tocaron la puerta de su casa en Texas y, a través del vidrio, le mostraron una orden de supervisión con la que previamente había sido liberada. Le dijeron que solo necesitaban confirmar su dirección.
«No vi ningún problema y abrí la puerta», recuerda.

Fuente de la imagen, Getty Images
Pocos minutos después, le solicitaron acompañarlos a una oficina para colocarle un monitor GPS. No sospechó nada hasta que la esposaron.
La llevaron al centro de detención Bluebonnet en Texas, donde pasó tres días. Luego fue trasladada a Prairieland en Alvarado.
Según su testimonio, allí permaneció incomunicada casi dos días.
«Me encerraron en un cuarto, sin darme comida ni agua. El frío era intenso», relata.
Durante ese periodo, sus familiares no lograron localizarla en los registros oficiales.
«No figuraba en el sistema porque nunca fui procesada», asegura.
Tras vacunarse contra la fiebre amarilla y ser trasladada a Luisiana, le comunicaron que tomaría un vuelo hacia el Congo al día siguiente.
«Les dije que temía por la inseguridad y no respondieron, y aquí estoy, en el Congo. ¿Cómo me siento? Siento que nos han violado nuestros derechos humanos», expresa.
«Existe mucha desinformación en redes sociales; nos tildan de criminales y creen que merecemos lo que nos pasa, y eso no es correcto. La falta de información y la incertidumbre afectan nuestro bienestar emocional y psicológico».
BBC Mundo solicitó comentarios al ICE sobre estas denuncias, pero hasta la publicación del artículo no recibió respuesta.
«Nos ha provocado fiebre, vómitos y diarrea»
Hubert Tshiswaka, director del Instituto de Investigación sobre Derechos Humanos (IRDH), critica el acuerdo Congo-EE.UU. y lo considera incompatible con compromisos internacionales sobre protección de refugiados.
«No hay base legal para traer a personas desde otros países al Congo, especialmente desde Estados Unidos», declaró a BBC Mundo el abogado y experto en derechos humanos.
«Además, estas personas no han cometido actos ilícitos aquí, por lo que carece de fundamento legal mantenerlas detenidas», añadió.

Fuente de la imagen, Getty Images
El IRDH señala violaciones al principio de no devolución, traslados forzados contrarios al derecho internacional y la externalización de las responsabilidades de Estados Unidos en materia de asilo.
También urge a la República Democrática del Congo a suspender el acuerdo con Washington.
En un comunicado, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) indicó que el gobierno congoleño les solicitó brindar asistencia humanitaria a los 15 migrantes deportados desde EE.UU. el 17 de abril.
«La OIM también puede facilitar el retorno voluntario asistido a quienes lo soliciten, conforme a su mandato y marcos legales vigentes», añadió.
El grupo de deportados señala que en ocasiones les han prohibido salir del hotel y denuncian condiciones difíciles, como carencia de agua potable y cortes eléctricos.
«Estamos enfermos. Tenemos fiebre, vómitos y diarrea. Nos dicen que es normal y que el cuerpo se está adaptando a África», comenta Jorge.
La OIM rechazó una solicitud de entrevista con BBC Mundo.
«Por las buenas o por las malas»
Carlos Rodelo llevaba tres años y medio en Estados Unidos cuando, el 4 de febrero de 2025, una jueza en Maryland le otorgó protección bajo la Convención contra la Tortura (CAT).
Según cuenta, la jueza determinó que podía permanecer en el país y no sería deportado, aunque tenía prohibido salir del territorio estadounidense.
Meses después recibió una citación para presentarse el 4 de agosto a una oficina migratoria para firmar documentos.

Fuente de la imagen, Imagen de cortesía
No era la primera vez que acudía a una oficina migratoria, por lo que no encontró nada extraño.
«Pero al entrar vi tres agentes de ICE escondidos esperándome. Me dijeron que me iban a detener y posiblemente deportar. No lo entendía, les dije que tenía asilo aprobado y protección bajo la CAT», comenta.
Ese mismo día fue trasladado a una oficina en Baltimore, donde quedó retenido antes de ser enviado a Luisiana, donde estuvo detenido durante ocho meses.
Durante ese periodo presentó solicitudes de protección adicionales, pero fue deportado antes de que un juez federal emitiera una resolución.
Su destino final lo supo solo horas antes del vuelo.
«Cuando me informaron que me enviarían al Congo, les dije que ni sabía qué era ni dónde quedaba», relata.
«Me respondieron que me llevarían por las buenas o por las malas».
«Más de 25 horas esposados»
Los migrantes califican el viaje como «inhumano».
«Fue terrible y agobiante; pasamos más de 25 horas esposados en cintura, manos y pies, con una bolsa de papel que contenía una manzana, papitas y agua», dice Jorge Cubillos.
Otra colombiana, que prefirió mantener el anonimato, señala que fue deportada luego de varias semanas en el centro de detención Eloy, en Arizona.
«Me citaron supuestamente para quitarme el GPS y al llegar me dijeron que quedaría detenida porque había conseguido un tercer país para mí», relata.
Ella manifiesta incertidumbre acerca de regresar a EE.UU.
«No sé si quisiera, porque tras todo lo sufrido, ¿quién asegura que esto no volverá a pasarme o que me enviarán a otro país?», añade.
Asegura que vivir en Estados Unidos actualmente «da miedo» y critica que el gobierno de Donald Trump actúe de forma inhumana.
«Siento que ese gobierno está compuesto por títeres controlados por una sola persona, que detienen sin motivo a gente inocente, solo porque pueden», asegura.
«Permanecer tanto tiempo detenido sin haber cometido delito es muy duro, y las condiciones en los centros no son las mejores».
Lejos de sus países, sin un rumbo claro y con poca información sobre su futuro, el grupo habla de una creciente sensación de abandono.
«Nos sentimos completamente perdidos. No sabemos qué será de nosotros», expresa Marta.
Jorge Cubillos comparte esa incertidumbre y teme tanto por su futuro como por el de sus compañeros.
«Los solicitantes de asilo enfrentamos riesgos en nuestros países», explica. «Si me obligaran a elegir entre el Congo y Barranquilla, Colombia, mi lugar de origen, escogería Barranquilla, porque aquí no puedo hacer nada».
«Pero regresar a Barranquilla pondría mi vida en peligro».
La incertidumbre, sumada a las condiciones en que se encuentran, ha ido afectando a este grupo. La sensación, cada vez más extendida, es la de estar atrapados en un limbo sin salida conocida.

