La directora de la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer ha visitado España para exponer los resultados preliminares del ‘Estudio de los programas de cribado de cáncer colorrectal’, en colaboración con la AECC
Desde 2019, la epidemióloga brasileña Elisabete Weiderpass lidera la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC). Se trata del organismo intergubernamental predominante en investigación científica sobre el cáncer, que forma parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su cometido es identificar las causas del cáncer y guiar las políticas globales en materia de prevención.
Además, Weiderpass ha dedicado más de treinta años a investigar las razones por las que surge esta enfermedad y, sobre todo, cómo puede prevenirse. La especialista coordina proyectos internacionales para comprender con mayor profundidad esta enfermedad, fomentar registros de cáncer a nivel mundial y generar la evidencia científica necesaria para desarrollar estrategias de prevención efectivas.
La epidemióloga ha contribuido en numerosos estudios científicos y trabaja para transformar la investigación en herramientas y políticas de prevención capaces de salvar millones de vidas en todo el mundo.
Durante su estancia en España, con motivo de la presentación de los resultados preliminares del Estudio de los programas de cribado de cáncer colorrectal, en el que ha colaborado la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), concedió una entrevista a El Confidencial para abordar los avances, retos y riesgos del cáncer.
PREGUNTA. Usted sostiene que numerosas sustancias carcinógenas permanecen en el mercado por decisiones políticas y no científicas. ¿Dónde está la falla exactamente: en gobiernos, organismos reguladores o en la presión empresarial?
RESPUESTA. Todos esos factores tienen cierto grado de responsabilidad. Por ejemplo, la regulación para restringir o controlar una sustancia química en el mercado depende de múltiples factores y varios organismos a nivel nacional e internacional participan en el proceso.
Es fundamental entender bien los roles. La misión de IARC consiste en identificar los riesgos de cáncer basándose en evidencia científica imparcial. Las decisiones sobre la permanencia y condiciones de uso de dichas sustancias en el mercado corresponden a otras instancias.
Generalmente, el problema no es un fallo científico, sino la complejidad que adquiere la toma de decisiones cuando la ciencia entra en el ámbito político. Los gobiernos y organismos reguladores deben sopesar la evidencia sanitaria junto a factores económicos, sociales y legales.
Paralelamente, los actores del sector defienden, con razón, sus intereses, lo que puede agregar presión adicional al proceso. El desafío no radica en culpar a un solo actor, sino en garantizar que la evidencia científica rigurosa tenga el peso adecuado en la toma de decisiones. Desde el punto de vista de la salud pública, los retrasos o acuerdos en actuar conforme a pruebas claras pueden tener impactos reales sobre la salud de la población. Por ello, son indispensables sistemas regulatorios sólidos y transparentes que prioricen la protección sanitaria.
P. ¿En qué medida influyen los lobbies industriales en las políticas anticáncer en Europa?
R. Esta influencia es considerable en la legislación respecto a las sustancias que pueden afectar el desarrollo del cáncer. Así, su impacto es indirecto pero importante. En Europa, las políticas anticáncer se establecen a través de procesos complejos y regulados que involucran gobiernos, organismos científicos independientes y diversos actores clave. Los representantes del sector, como otros participantes, pueden expresar sus opiniones, pero no definen la política anticáncer.
La clave radica en cómo se configuran los sistemas decisorios. Cuando los marcos regulatorios son transparentes, amparados en ciencia independiente y protegidos de conflictos de interés, la salud pública resulta beneficiada. Por el contrario, si estas garantías son débiles, existe mayor riesgo de que intereses económicos o comerciales retrasen o diluyan la acción sustentada en la evidencia sanitaria.
P. Si tuviera que señalar al mayor factor prevenible actual de cáncer, ¿cuál sería?
R. Sin duda alguna, el tabaco. Tener una política global que ayude a las personas a dejar de fumar y evite que nuevas generaciones comiencen con este hábito tendría un impacto enorme. A nivel global y europeo, el tabaco continúa siendo la principal causa prevenible de cáncer. No obstante, es fundamental aclarar que no se trata solo de conducta individual, sino también de entornos moldeados por políticas, regulaciones y fuerzas comerciales.
Las personas no empiezan a fumar, beber o a desarrollar obesidad de forma aislada. Estos riesgos están profundamente influenciados por la comercialización de productos, su accesibilidad, la planificación urbana, la organización laboral y el nivel de protección frente a exposiciones ambientales y laborales nocivas.
Además del tabaco, el consumo perjudicial de alcohol, el sobrepeso, la contaminación atmosférica y la exposición a carcinógenos ambientales y laborales contribuyen significativamente a la carga cancerígena. Muchas de estas exposiciones son involuntarias: la población respira aire contaminado, se enfrenta a productos químicos en el trabajo o convive en entornos que dificultan opciones saludables. La buena noticia es que estas áreas son precisamente donde la acción política es más efectiva. La regulación estricta, ambientes saludables y políticas preventivas basadas en evidencia pueden evitar millones de casos de cáncer, sin depender únicamente de cambios individuales.
P. ¿Cree que el alcohol debería llevar advertencias sanitarias similares a las del tabaco?
R. La respuesta es sí, sin lugar a dudas. Las etiquetas en las botellas de alcohol deberían indicar claramente que esta sustancia es carcinógena, pues existe mucha confusión y muchas personas piensan erróneamente que el alcohol posee efectos beneficiosos para la salud, lo cual no está respaldado científicamente. Desde la perspectiva científica y sanitaria, las personas tienen derecho a conocer los riesgos de cáncer asociados al alcohol. Está clasificado como cancerígeno humano y la evidencia demuestra que el riesgo aumenta incluso con consumos bajos.
Las advertencias sanitarias son una forma de garantizar que esta información sea visible y accesible. No prohíben el consumo, pero corrigen la falta generalizada de conciencia sobre el vínculo entre alcohol y cáncer. Estrategias similares se utilizan para otros productos con riesgos para la salud, como el tabaco.
P. ¿Somos demasiado permisivos con los productos ultraprocesados?
R. Sí, aunque primero es necesario definir qué son. Se trata de productos sometidos a diversos procesos químicos y físicos durante su fabricación para prolongar su vida útil más allá de la de los alimentos naturales perecederos. Hay evidencia científica de que estos productos afectan negativamente la salud. Además, se considera que una de las causas probables del aumento de cáncer colorrectal en España y Europa es la alimentación ultraprocesada.
Esto no es simplemente una cuestión de decisión individual. Los productos ultraprocesados suelen ser más económicos, están muy promocionados, son ampliamente accesibles y están diseñados para fomentar un consumo excesivo. En ese sentido, forman parte de un entorno que favorece elecciones poco saludables frente a opciones saludables.
Herramientas de salud pública como Nutri-Score están dirigidas precisamente a enfrentar este desafío. Ofrecen una señal sencilla en la parte frontal del envase que permite a los consumidores comparar productos fácilmente y motiva a los fabricantes a reformular sus alimentos hacia perfiles más saludables. Cabe destacar que Nutri-Score se basa en evidencia científica sólida europea, incluyendo estudios que relacionan las peores calificaciones con mayores riesgos de cáncer y mortalidad prematura.
Por ende, la cuestión no es si prohibir estos productos, sino si las políticas son lo suficientemente robustas para moldear entornos alimentarios más saludables mediante información clara, marketing responsable e incentivos para reformulación. Desde la perspectiva preventiva del cáncer, reducir la exposición a alimentos ultraprocesados es parte de crear ambientes protectores, en lugar de cargar la responsabilidad solo en el individuo.
P. ¿Se están sobrevalorando ciertos riesgos (como los microplásticos) y subestimando otros?
R. Se están subestimando riesgos importantes, como ha sucedido con el tabaco durante los últimos 60 años. Por eso, aunque parezca repetitivo, es crucial seguir enfatizando este punto. En España, un 20% de la población sigue fumando, una cifra completamente inaceptable para un país desarrollado europeo.
La preocupación pública suele aumentar rápidamente ante exposiciones nuevas o visibles, como los microplásticos, especialmente cuando están presentes a gran escala y poco comprendidos. Científicamente, es vital distinguir entre peligros emergentes que requieren investigación y vigilancia, y riesgos consolidados con evidencia suficiente para justificar acción inmediata.
En cuanto a algunas exposiciones emergentes, incluyendo micro y nanoplásticos, la evidencia del riesgo de cáncer en humanos aún es incierta. Esto no significa que sean inofensivos, sino que la ciencia no ha alcanzado el punto para cuantificar su impacto con seguridad. Simultáneamente, existe el riesgo real de subestimar o normalizar riesgos respaldados por evidencia contundente: tabaco, alcohol, contaminación atmosférica, ciertos carcinógenos ocupacionales y ambientales como amianto y sílice cristalina, y ambientes alimentarios nocivos. Estas exposiciones provocan una gran parte de la carga de cáncer actual y en muchos países aún no están lo suficientemente controladas. El rol de organizaciones como IARC es precisamente ayudar a manejar esta complejidad: evaluar rigurosamente nuevos riesgos, evitar conclusiones prematuras y asegurar que la atención y recursos se asignen conforme a la evidencia más sólida y el mayor potencial preventivo.
P. ¿El cáncer se está convirtiendo en una enfermedad vinculada cada vez más a la pobreza?
R. El cáncer no es una enfermedad exclusiva de la pobreza, pero la pobreza influye considerablemente en quién está expuesto, quién recibe diagnóstico temprano y quién sobrevive. En Europa y a nivel global, las personas en condiciones socioeconómicas desfavorables tienen más probabilidades de enfrentarse a factores de riesgo como tabaco, exposiciones ambientales nocivas y condiciones laborales o de vivienda deficientes. También enfrentan más barreras para acceder a prevención, detección precoz y tratamientos oportunos y de calidad.
Por ello, los resultados oncológicos suelen mostrar un gradiente social: la carga de cánceres prevenibles y muertes prematuras es mayor en grupos más pobres y vulnerables. Estas desigualdades no son inevitables. Reflejan diferencias en políticas, entornos y acceso a servicios, por lo que pueden mitigarse mediante estrategias dirigidas a la equidad en prevención y control del cáncer.
P. ¿Qué país sirve como modelo en prevención del cáncer?
R. No existe un país «perfecto», aunque Australia se mencione frecuentemente como un claro ejemplo de prevención sostenida y basada en evidencia. Entre los países nórdicos, con los que tengo experiencia laboral, Suecia destaca por su iniciativa para eliminar el cáncer de cuello uterino mediante vacunación masiva, no solo en adolescentes sino también en mujeres hasta los 30 años.
A la par, realizan cribados con autotoma de muestras para Virus del Papiloma Humano (VPH), lo que ha aumentado la participación, incluso en mujeres con bajo nivel socioeconómico. Se espera que el próximo año Suecia logre eliminar este cáncer como problema de salud pública.
P. ¿Cuál es el mayor mito actual sobre el cáncer que desearía desmentir?
R. Uno de los mitos más extendidos es que el cáncer depende fundamentalmente de la mala suerte o la genética, y por tanto resulta en gran parte inevitable. La evidencia muestra otra realidad. Un porcentaje notable de cánceres —entre un tercio y la mitad, según el país— está ligado a factores de riesgo modificables. Esto incluye consumo de tabaco y alcohol, infecciones, contaminación, radón natural, ambientes alimentarios poco saludables, exposiciones laborales y otros factores ambientales.
Otro malentendido es que la prevención recae principalmente en el comportamiento individual. En verdad, la prevención está condicionada por políticas, entornos y acceso a servicios. Los riesgos de las personas están fuertemente determinados por el aire que respiran, las sustancias a las que están expuestas, el entorno alimentario y la accesibilidad a prevención y detección temprana. La prevención funciona, pero exige acción colectiva, compromiso político constante e inversión en entornos que faciliten decisiones saludables.
P. En Europa, todavía hay muchos hospitales que tratan de atender casi todas las áreas oncológicas, pero la UE ha impulsado redes de referencia transfronterizas para patologías complejas y raras, así como una red europea de centros oncológicos integrales. ¿Tiene sentido que no todos los hospitales intenten hacer todo y que los casos complejos se concentren en centros nacionales o europeos de referencia?
R. Hay consenso creciente en Europa de que ningún hospital puede o debe abordar todo en oncología, especialmente en cánceres complejos, raros o altamente especializados. Centralizar estos casos en centros de referencia bien conectados es lógico, pues la experiencia, la multidisciplinariedad y el acceso a tecnologías avanzadas son clave para calidad y resultados.
Esta idea subyace en las Redes de Referencia Europeas y la red emergente de Centros Integrales de Cáncer: no para suplantar la atención local, sino para asegurar que cada paciente reciba el nivel más alto de especialización sin importar dónde resida.
Cabe aclarar que esto no implica abandonar los hospitales locales. Al contrario, la mayoría de la atención oncológica —diagnóstico, seguimiento, cuidados de apoyo y muchos tratamientos— debe mantenerse cerca del hogar. El reto consiste en organizar la atención en redes, donde hospitales locales y centros de referencia colaboren, evitando la duplicación innecesaria de servicios complejos en todas partes.
En ciertas ocasiones, esto puede requerir reestructurar o redefinir roles en lugar de mantener la idea irreal de que todas las unidades pueden cubrir todo el ámbito oncológico. El objetivo no es cerrar servicios, sino maximizar el valor en cada parte del sistema para pacientes, profesionales y sistemas sanitarios.
P. ¿Estamos repitiendo con el cáncer el mismo error cometido con el cambio climático al actuar demasiado tarde?
R. Existen similitudes, pues tanto el cáncer como el cambio climático están impulsados por exposiciones prolongadas y sistemas complejos, y las consecuencias de la inacción se acumulan con el tiempo. En prevención del cáncer, a menudo se cuenta con evidencias claras sobre riesgos años o décadas antes de observar el efecto completo en la salud.
La diferencia crucial es que para muchos riesgos relacionados con cáncer ya sabemos qué medidas son efectivas. Control del tabaco, vacunación, reducción de exposiciones dañinas y promoción de ambientes saludables demostraron prevenir el cáncer. Cuando la acción se demora, el resultado no es duda, sino enfermedad prevenible.
Por tanto, la cuestión real no es si actuamos tarde, sino si lo hacemos lo suficientemente rápido con las pruebas disponibles. Desde la salud pública, una respuesta temprana y decidida salva vidas, reduce costos y evita trasladar la carga a futuras generaciones.
P. ¿En qué tipo de cáncer se anticipa el mayor incremento en los próximos 20 años?
R. Ya se observa un aumento en cáncer colorrectal, que representa un problema significativo en Europa, especialmente España. La sesión a la que asistí (presentación de los resultados preliminares del Estudio de los programas de cribado de cáncer colorrectal en España) es crucial para incrementar la participación en este cribado, lo que podría mitigar el crecimiento de estos casos.
P. ¿Existirá una generación con mayor incidencia de cáncer que la anterior por primera vez en décadas?
R. No se puede afirmar con certeza que una generación entera tenga más cáncer que la anterior, pero existen señales inquietantes que sugieren que podría ocurrir si persisten las tendencias actuales.
Es especialmente preocupante que en varios tipos de cáncer, incluido el colorrectal, la incidencia crece entre adultos jóvenes, a diferencia de la disminución observada en generaciones anteriores a edades similares. Esto indica que algunos riesgos cancerígenos pueden estar manifestándose más temprano, posiblemente desde la infancia o adolescencia.
Paralelamente, el envejecimiento poblacional eleva el número total de casos, incluso si los riesgos específicos por edad se mantienen estables. Si esta tendencia de inicio precoz se combina con mayor esperanza de vida y exposición constante a factores prevenibles, es plausible que futuras generaciones afronten una carga más elevada de cáncer durante su vida que sus antecesores.
Lo esencial es que esto no es inevitable. Muchos factores que impulsan estas tendencias—dieta, obesidad, sedentarismo, alcohol, exposiciones ambientales, infecciones—son modificables. La información que IARC proporciona es un aviso, no una predicción inamovible. Lo que suceda depende de las decisiones que adopten las sociedades hoy.
P. En una entrevista de 2018 mencionaba que el tema más relevante en investigación oncológica eran los biomarcadores para cáncer de pulmón. ¿Cuál es ahora?
R. En 2018, los biomarcadores para cáncer de pulmón —especialmente para mejorar la detección temprana y el cribado— fueron sin duda un tema destacado, y continúan siendo relevantes.
Lo que cambió es el alcance. El enfoque ha evolucionado de biomarcadores individuales hacia estrategias estratificadas y multicáncer, junto a un mayor énfasis en la detección precoz a lo largo de toda la vida.
Igualmente, el foco actual no está solo en el descubrimiento, sino en la implementación: cómo usar estas herramientas de forma segura, equitativa y eficaz en sistemas reales, asegurando que la detección temprana produzca mejores resultados y no sobrediagnósticos o desigualdades crecientes.
En síntesis, el campo pasó de «¿podemos encontrar biomarcadores?» a «¿cómo los aplicamos sabiamente, a gran escala y con impacto sanitario máximo?».
P. ¿Ha modificado sus hábitos (dieta o estilo de vida) debido a lo que sabe?
R. Sí, trabajar en prevención del cáncer influye inevitablemente en cómo se afrontan las decisiones diarias, pero quizá no de forma tan radical como se espera.
Para mí, ha reforzado la importancia de principios simples y bien fundamentados, en lugar de conductas extremas o modas. No fumar, mantenerse activo, limitar el alcohol, tener una dieta variada y priorizar la prevención están respaldados por evidencia sólida y recomendados en marcos como el Código Europeo contra el Cáncer.
A la vez, este trabajo me ha hecho consciente de que las decisiones individuales están influenciadas por los entornos: qué alimentos se ofrecen, cómo se diseñan las ciudades, las condiciones laborales y las normas sociales. Por eso no veo la prevención como cuestión de virtud personal, sino como creación de condiciones que faciliten opciones saludables para toda la población.
En resumen, mis hábitos son ahora más intencionados y realistas. El objetivo no es la perfección, sino reducir el riesgo a largo plazo y asegurar que la prevención sea un esfuerzo colectivo, no solo individual.
P. ¿Es optimista o pesimista respecto al futuro?
R. Ambas cosas. Soy optimista porque la ciencia avanza rápidamente y gracias a colaboraciones internacionales como la de la Asociación Española contra el Cáncer y la IARC se puede motivar a la población y sistemas sanitarios para mejorar. Además, se profundiza cada día en la comprensión de la carcinogénesis.
En el aspecto pesimista, hay que mencionar a los poderosos lobbies de la industria alimentaria, tabacalera y del alcohol, que ejercen gran influencia en la legislación europea. Es una batalla desigual, ya que ellos cuentan con amplios recursos y la liga contra el cáncer no puede enfrentarlos en igualdad de condiciones.

