Despedida a Tejero con 21 sacerdotes, homenaje al «padre» más allá de la «Iglesia meretriz» y el himno nacional previo a la comunión

Durante la consagración, el himno de España comenzó a escucharse. No fue un susurro discreto, sino una irrupción sonora. Y, por encima de la melodía, se alzó un grito: «¡Viva España!»

Funeral por el ex teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero en Madrid.

La Iglesia de Santa Bárbara estaba abarrotada, sin espacio para un alfiler, y probablemente sin lugar para muchas dudas. Al final de la tarde, el templo se transformó en un escenario donde más de 250 personas y 21 sacerdotes congregaron para despedir no tanto un cuerpo, que ya había sido enterrado el 26 de febrero en Alzira (Valencia), sino una idea persistente de sí mismos representada en el ‘golpista’ y teniente coronel Antonio Tejero. En los bancos, la casta se hacía visible y, al mismo tiempo, cuidadosamente exhibida, con figuras como el presidente de la Fundación Francisco Franco, Juan Chicharro, el nieto de Francisco Franco Jaime MartínezBordiu, y el líder de Falange, Manuel Andrino. También estaban el secretario general de Revuelta, Pablo González Gasca; el abogado de Hazte Oír, Javier María Pérez Roldan, y el periodista y falangista Eduardo García Serrano. «¡Hola, carlista! ¿Cómo no iba a venir por un hombre de la patria?», comentó un hombre con pantalones de camuflaje, chanclas con calcetines y gorra con la Cruz de Borgoña.

Se veía la España de los domingos formales: trajes ajustados, corbatas con la rojigualda repetida hasta el agotamiento, cardados que desafiaban la gravedad y, para algunos, el buen gusto… En todos, una seguridad inflamable, reflejada en sus opuestos: cabezas rapadas en ellos y peinados Chelsea en ellas, botas robustas y polos de Fred Perry. «Nos enseñó con su porte lo que significa ser español, cristiano y un hombre de honor», declaró su hijo y sacerdote, Ramón Tejero, durante la homilía. La familia eligió esta iglesia para el funeral tras la negativa del Arzobispo General Castrense de celebrarlo en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas debido a «el riesgo, no deseado por la familia de don Antonio, de asignar a una Misa por su eterno descanso celebrada en la Catedral Castrense connotaciones ajenas al sentido estrictamente religioso de la ceremonia».

En torno a la eucaristía, oficiada por su hijo, los nostálgicos y seguidores asistían a una misa cuyo rito parecía en todo momento un relato familiar con la certeza de un dogma. La ceremonia giró con disciplina en torno a una figura y una reinterpretación de lo sagrado. Cristo, en esta versión, quedaba desplazado por una triada más íntima. «Dios, Patria y familia, esa era la Santísima Trinidad de mi padre», explicó Ramón. “La patria no es solo una realidad palpable e histórica, sino una realidad trascendente que nos permite descubrir el mandato divino de ‘amarás a tu Padre y a tu Madre’”.

La fe dejó de ser un argumento para transformarse en una herramienta. En esa selección particular de lo sagrado, algo no terminaba de encajar. Porque aquel mismo Cristo que se invoca —el que estuvo con leprosos, huérfanos y marginados, el que no pidió condiciones para amar ni exigió documentos para perdonar— parecía no tener lugar en todas las Iglesias que allí se defendían. «En Valencia, iba a misa con mis padres y el párroco insultaba a España, a las Fuerzas Armadas, a la Guardia Civil y a mi padre: esa es la Iglesia meretriz, la Iglesia prostituta», expresó.

Esta tarde en el templo, el evangelio parecía tener variaciones. Y entonces llegó el momento que, en cualquier misa, marca el límite entre lo humano y lo divino: la consagración. Cuando el pan y el vino se transforman —según el dogma— en el cuerpo y la sangre de Cristo, y cuando todo debería envolver un silencio casi absoluto, ocurrió otra cosa: comenzó a sonar el himno de España. No fue un susurro débil, sino una irrupción sonora. Y, por encima de la música, resonó un grito: «¡Viva España!». Así, la liturgia, desplazada una vez más, quedó supeditada a otra devoción más urgente, más terrenal.

Antes de concluir, Cristo volvió a quedar reducido a un trámite, a una justificación. Porque antes de partir en paz, era necesario lanzar más de un «¡Viva!» a la Guardia Civil, que si reunía a tanta gente era por ese hombre de «honor», Antonio Tejero, y lo demás no tenía importancia.

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