Cinco afectados dejaron las reuniones en el caserío debido a la supuesta proximidad del mediador con los etarras

Durante los paseos en pareja, se les instaba a «no hablar del pasado» ni a «entrar en discusiones».

El caserío 'Arretxe' en Alzo (Guipúzcoa), eje del programa.

El «programa de justicia restaurativa» que reúne en las cárceles vascas y en un caserío a presos de ETA junto con víctimas de la organización terrorista ha experimentado varios altibajos, según dos fuentes involucradas en estos «talleres» y «círculos» promovidos por el Gobierno autonómico. En total, el proyecto ha contado en distintos momentos con la participación de más de veinte reclusos y al menos 14 víctimas (entre heridos y familiares de asesinados). No obstante, no todos completaron el proceso: cinco decidieron abandonar molestas por la manera en que se llevaba a cabo la iniciativa.

Las fuentes mencionadas atribuyen ese descontento al mediador Julián Carlos Ríos Martín, a quien percibieron como «más próximo a los presos» que a las víctimas. También señalaron la desconfianza que les generó el hecho de que registrara por escrito todo lo que se discutía en las sesiones.

El programa impulsado por el Departamento de Justicia, bajo la gestión de la socialista María Jesús San José, tiene como objetivo declarado favorecer la convivencia. En la práctica, está facilitando la semilibertad de algunos condenados, como ha reconocido la Fiscalía al respaldar la concesión del artículo 100.2 a Garikoitz Aspiazu, ‘Txeroki’ por parte del Gobierno vasco. María Soledad Iparragirre, ‘Anboto’, otra líder histórica de ETA, también ha participado en estas sesiones y ayer inició su semilibertad: sale de lunes a viernes y regresa a dormir.

El proyecto, que se desarrolló en secreto hasta que EL MUNDO informó sobre él hace dos semanas, tiene como mediador principal al jurista y especialista en «justicia restaurativa» Julián Carlos Ríos. Según las fuentes consultadas, algunas víctimas han mostrado críticas hacia su actuación debido a episodios como este: el mediador organizaba parejas formadas por víctima y preso para que pasearan alrededor del caserío Arretxe en Alzo (Guipúzcoa) y los instaba a «no hablar del pasado», buscando que mantuvieran una «conversación sincera» predominando la escucha, «sin entrar en debates». Estas fuentes añaden que víctimas y etarras fueron situados en círculos con velas y se les pidió que se abrazaran.

Por otro lado, también surgieron resistencias entre los presos. En un momento determinado del proceso, algunos de ellos rechazaron encontrarse con las víctimas.

Según fuentes penitenciarias, el proyecto consta de tres fases. En la primera, presos y víctimas se reúnen por separado con los mediadores (los llamados «talleres») y redactan sus impresiones. Posteriormente, los mediadores entregan estos escritos al grupo contrario, como preparación para la segunda fase: los «círculos restaurativos», en los que víctimas y presos se enfrentan directamente. La tercera fase incluye actividades conjuntas fuera de prisión, como jornadas de alrededor de nueve horas en el caserío.

La primera salida documentada por este periódico tuvo lugar el 3 de julio y contó con la presencia de dos altos cargos del Departamento. Los psicólogos de Zaballa rechazaron participar y, junto a jefes de servicio y trabajadores sociales del centro, se opusieron a la asistencia de cuatro etarras debido a lo lejano de la fecha de cumplimiento de sus condenas y porque no habían accedido previamente a salidas programadas. Anboto fue una de las excluidas.

Las jornadas en el caserío han continuado desde entonces. Su ejecución está a cargo del Instituto de Reintegración Social de Euskadi (IRSE-EBI), una asociación sin ánimo de lucro con sede en Bilbao especializada en la reinserción social de delincuentes, que desde 2023 ha recibido del Gobierno vasco cuatro subvenciones nominativas por un total de 235.000 euros.

El programa no tiene como propósito explícito la obtención del arrepentimiento de los terroristas. Según fuentes penitenciarias, sus objetivos son seis: «Reconocimiento humano de las víctimas y de los presos, considerando los contextos familiares, culturales, sociales e ideológicos para identificar la identidad humana que fue negada o cosificada; dignificación, entendiendo al otro como ser humano; asumir la responsabilidad por las graves consecuencias derivadas del uso de la violencia; fomentar la explicación sin justificación; protagonismo personal y grupal, buscando que ambas partes se conviertan en agentes activos de su evolución personal, grupal, social y política, y pacificación transgeneracional».

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