La leyenda bética regresa cada año siempre que puede para reencontrarse con sus raíces.
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Existen ciudades que viven la Semana Santa como un espectáculo visual, mientras que otros pueblos la experimentan como algo privado, casi hereditario. El Puerto de Santa María, situado en la bahía de Cádiz, encaja en esta última categoría.
Allí, entre incienso y marchas procesionales, es donde Joaquín Sánchez —quien fuera el alma del Betis y de la selección española— regresa cada año cuando dispone de tiempo para reconectar con su tierra.
El exfutbolista nació en este municipio gaditano el 21 de julio de 1981, y pese a que su trayectoria lo llevó por varios países, el vínculo con El Puerto nunca se ha perdido.
La Semana Santa portuense tiene orígenes que se remontan al siglo XVI, cuando las primeras cofradías penitenciales comenzaron a organizarse bajo la influencia de las órdenes religiosas instaladas en la ciudad.
Desde entonces, esta costumbre ha resistido crisis, conflictos bélicos y cambios urbanos, para consolidarse hoy como una de las celebraciones más sobrias y sentidos de la provincia de Cádiz.
Diez cofradías de penitencia y una de gloria recorren las calles del centro histórico entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Resurrección, con procesiones que se extienden desde la tarde hasta altas horas de la madrugada.
El trayecto de estas procesiones transcurre por calles como Cielos, Misericordia y la Plaza de España, donde el casco antiguo funciona como un anfiteatro natural.
Joaquín Sánchez, en ‘El Hormiguero’ Gtres
Los costaleros que cargan los pasos —con tallas que reflejan una imaginería influenciada por los estilos sevillano y jerezano— protagonizan los momentos más emocionantes de la semana, sobre todo al levantar el trono al compás de las bandas.
Entre las cofradías más antiguas están la de La Soledad, instituida en 1566, la del Nazareno, la de La Flagelación y la de La Oración en el Huerto, cada una con su día distintivo y su propia identidad sonora y visual.
La Semana Santa 2026 presenta cambios mínimos respecto al año previo: la mayor novedad consiste en que la Hermandad del Nazareno deja de transitar por la zona de la Ribera, una modificación logística avalada por el Consejo Local de Hermandades para mejorar el desarrollo de las procesiones.
Más allá de esta adaptación, el espíritu permanece inalterado desde hace siglos: fervor popular, saetas desde balcones adornados y una unión vecinal que ningún otro evento festivo del calendario logra igualar.
Es en este marco donde crece alguien como Joaquín. Su devoción no es un acto puntual ni un gesto mediático: en la primavera de 2024, durante la tradicional ofrenda floral del Real Betis a la Hermandad de La Misión en Sevilla, el exinternacional guardó un silencio profundo frente al Cristo, apartado de la comitiva verdiblanca, observando la imagen con una intensidad que no pasó desapercibida.
Frente a los párrocos y al Hermano Mayor, expresó con humildad su emoción: «Qué bonito es, esto lleva un trabajo, tío… Madre mía…».
Una frase que, viniendo de alguien habituado a brillar delante de millones, revela más sobre su persona que cualquier estadística. La misma fe que aprendió en El Puerto, entre las imágenes que llevan siglos recorriendo las mismas calles.

