El deterioro de la barrera intestinal no solo facilita la entrada de toxinas, sino que también activa el sistema inmunitario de forma crónica
El alcohol es la sustancia psicoactiva más utilizada en España, según la Encuesta sobre alcohol y drogas en España (EDADES 2024), realizada a individuos entre 15 y 64 años. Su consumo se considera el cuarto factor de riesgo que afecta la salud, ocupando el segundo puesto entre las mujeres y el quinto entre los hombres. Las enfermedades vinculadas al consumo de alcohol incluyen trastornos psiquiátricos, neurológicos, infecciosos como la tuberculosis, diversos tipos de cáncer, afecciones cardiovasculares (ictus hemorrágico, insuficiencia cardiaca, arritmias, miocardiopatía, entre otros), así como problemas digestivos, de acuerdo con el informe “Límites de consumo de bajo riesgo de alcohol. Parte 2. Revisión de la evidencia científica”.
Recientemente, un estudio experimental realizado en modelo animal ha analizado los impactos inmediatos del consumo excesivo de alcohol en la inflamación gastrointestinal. Este trabajo afirma que una única intoxicación etílica puede dañar el revestimiento intestinal, reduciendo su capacidad para cumplir una función crítica: impedir que bacterias y toxinas lleguen al torrente sanguíneo. Este fenómeno se denomina «intestino permeable».
Los investigadores observaron cómo episodios breves de ingesta abusiva de alcohol afectaban distintas secciones del intestino, desencadenando la activación de células que habitualmente están destinadas a defender la mucosa intestinal contra agentes patógenos. “La alteración en la permeabilidad favorece el traspaso de bacterias y toxinas hacia el hígado y la circulación sistémica, lo que incrementa la producción de moléculas proinflamatorias y el reclutamiento de células inflamatorias. Todo ello contribuye al desarrollo de patologías en el intestino y en el hígado, como inflamación o cáncer, entre otros”, señala el doctor Ángel Ponferrada Díaz, jefe del Servicio de Aparato Digestivo del Hospital Universitario Infanta Leonor.
El informe destaca que el consumo de alcohol perjudica principalmente los segmentos más proximales del intestino, donde se encuentra en mayor concentración, “provocando la movilización y activación de glóbulos blancos (neutrófilos), la producción de secuestradores extracelulares de neutrófilos (elemento clave en la defensa del sistema inmune innato frente a patógenos) y un aumento de endotoxinas bacterianas en el plasma”, explica el doctor Ponferrada Díaz. No obstante, añade, “este daño agudo parece no estar mediado por la formación de radicales libres derivados del metabolismo del alcohol ni por la producción de citoquinas proinflamatorias (estas últimas son más relevantes en el daño crónico asociado al consumo reiterado excesivo)”.
La degradación de la barrera intestinal no solo facilita la entrada de toxinas, sino que también activa el sistema inmunitario de forma continua, “contribuyendo a la inflamación sistémica. A largo plazo, estos procesos pueden originar o agravar diversas enfermedades autoinmunes, hepáticas y metabólicas”, indica el doctor Pedro Mora Sanz, jefe de gastroenterología del Centro Médico-quirúrgico de Enfermedades Digestivas (CMED). Cuando el daño no tiene carácter crónico, “la permeabilidad perdida puede recuperarse, dado que el intestino posee una alta capacidad de regeneración. Las células se renuevan cada 3-5 días, por lo cual al cesar el consumo de alcohol se disminuye la inflamación, se restauran las uniones celulares y mejora la microbiota”, sostiene el doctor Mora Sanz. La recuperación depende de la cantidad, frecuencia y duración del consumo, aunque en casos graves y prolongados puede ser parcial y más lenta. “Este proceso puede observarse en semanas o meses y se favorece con una dieta balanceada, rica en fibra y probióticos. La abstinencia prolongada es el factor más importante para restaurar la función barrera intestinal”, añade.
El estudio señala que el exceso de alcohol ocasiona una atrofia de las vellosidades en el intestino delgado, lo que favorece una mala absorción de nutrientes esenciales como vitaminas B y hierro, generando anemia, fatiga, pérdida de peso y deficiencias nutricionales. “Al incrementar el paso de toxinas a la sangre, se produce inflamación sistémica, sobrecarga hepática, mayor riesgo de infecciones y malestar general. Además, se manifiestan síntomas digestivos tales como diarrea, hinchazón y dolor abdominal”, enumera el doctor Mora Sanz. Esta inflamación persistente puede influir en el desarrollo a largo plazo de enfermedades autoinmunes y metabólicas. “El sistema inmunitario, al mantenerse activado permanentemente por estas toxinas, puede volverse menos eficaz frente a otras amenazas”, añade.
Aunque la investigación se enfocó en el impacto del consumo de alcohol sobre el debilitamiento del sistema inmunitario intestinal y la permeabilización del intestino, esta última condición no se restringe exclusivamente a personas consumidoras de estas sustancias. No obstante, es habitual que individuos con consumo habitual de alcohol presenten este tipo de síntomas digestivos. “Es frecuente que los bebedores experimenten alteraciones en el tránsito intestinal, con una sintomatología muy variada”, señala el doctor Yago González, jefe de gastroenterología del Hospital 12 de Octubre. Sin embargo, este especialista comenta que “esta señal también forma parte del conjunto de síntomas que presentan algunas personas con síndrome de intestino irritable, en quienes la permeabilidad intestinal está comprometida”.
“Desde hace tiempo existe una línea de investigación enfocada en restaurar la impermeabilidad intestinal con el fin de mejorar la calidad de vida de quienes padecen intestino irritable”, explica el doctor González. No obstante, en su opinión, “aunque se ha hablado de algunos probióticos que podrían mejorar esta condición, la investigación en humanos es compleja. Actualmente, no existen evidencias concluyentes de tratamientos efectivos que puedan aliviar esta dolencia”, concluye el especialista.

