La atención no es un punto fijo, sino que fluctúa en una serie de intervalos rítmicos que nos hacen susceptibles a notificaciones, reels… y al agotamiento mental (aunque también es posible entrenarla)
Existe la creencia de que la atención funciona como una linterna: se enfoca en un libro, una pantalla o una conversación y permanece firme y constante mientras uno desee, pero la neurociencia plantea un escenario mucho más complejo.
La atención parpadea. Esto no ocurre por pereza o incapacidad, sino porque el cerebro cambia naturalmente entre periodos de concentración y breves desviaciones internas. Los especialistas han estimado que el cerebro puede distraerse entre 7 y 10 veces por segundo.
En una investigación liderada por Ian Fiebelkorn, del Centro Médico de la Universidad de Rochester (URMC), un grupo de voluntarios mantenía la vista fija en un cuadrado tenue en el centro de la pantalla mientras que, en la periferia, aparecían puntos brillantes que funcionaban como distractores. Los científicos registraron la actividad cerebral mediante EEG (electroencefalograma) para identificar cuándo la atención se desplazaba hacia la periferia.
Durante el experimento, se detectó que dos rangos de ondas cerebrales estaban vinculados a los sucesos observados:
- Theta: un ritmo lento, relacionado con el muestreo y la detección del objetivo principal.
- Alpha: un ritmo más acelerado, asociado con la filtración de información irrelevante; cuando había distractores, anticipaba si el estímulo periférico tomaba protagonismo.
Este hallazgo es el núcleo del descubrimiento: las distracciones no eran aleatorias. Seguían un patrón repetitivo. Además, dado que la señal se manifestaba antes que el estímulo distractor, todo indica que la vulnerabilidad a la distracción se origina en el cerebro, no en el estímulo externo.
Ventanas de distracción
Estas ventanas de distracción suceden entre 7 y 10 veces por segundo. La cifra varía según el método de medición del ciclo de atención y las condiciones del estudio, pero el mensaje permanece: la atención humana es rítmica. Esto coincide con la idea de que el cerebro alterna temporalmente entre fases de ‘muestreo’ (procesar información relevante en el momento) y fases de ‘reorientación’ (prepararse para cambiar el foco). Evolutivamente, esta dinámica tiene sentido, ya que un cerebro ancestral debía enfocarse sin perder de vista posibles amenazas o depredadores en el entorno para sobrevivir.
El problema radica en que el siglo XXI está lleno de ‘depredadores’ representados por publicidades, alertas, vibraciones y pantallas intermitentes que niegan descanso. Esto explica por qué el móvil parece ‘adivinar’ el peor instante para sonar o notificar. Se suele interpretar que las notificaciones aparecen justo cuando alguien está por concentrarse, como si fuera mala suerte o acecho tecnológico, pero al fluctuar la atención varias veces por segundo, las probabilidades de que un estímulo coincida con una fase vulnerable son altas. En consecuencia, las notificaciones pueden irrumpir durante esas ventanas, robando prioridad aunque la tarea en curso sea más importante. Así, el consumo frecuente de vídeos cortos (Reels, Shorts) no solo explota las debilidades atencionales, sino que puede entrenar al cerebro a adoptar un patrón contrario al pensamiento profundo.
En el centro de la alerta está la corteza prefrontal, que actúa como director ejecutivo del cerebro. Es responsable de la atención sostenida, el control de impulsos, la memoria operativa y la autorregulación. Según los expertos, a mayor dependencia compulsiva, se registra una señal frontal más débil cuando se requiere concentración. Aunque algunos estudios no establecen causalidad directa, el mismo patrón se repite en diversos métodos (EEG, fMRI, pruebas conductuales…), acumulando cada vez más evidencia. En otras palabras, el ‘scroll’ infinito crea un entorno ideal para aprovechar la fragilidad cerebral.
¿Se manifiesta esto en el cuerpo? Sí: en el tiempo de reacción. La buena noticia es que es posible entrenar esta capacidad (a lo largo de décadas). Un entrenamiento cognitivo específico orientado a mejorar la velocidad de procesamiento podría disminuir el riesgo de demencia a largo plazo: tareas visuales rápidas con estímulos centrales y periféricos (por ejemplo, identificar un vehículo en el centro y recordar la ubicación de una señal periférica), aumentando la dificultad y añadiendo elementos distractores conforme se progresa. Es una manera de enseñarle al cerebro a decidir con mayor rapidez qué información merece atención.

