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- Autor, Equipo de Periodismo Global, Servicio Mundial de la BBC
- 3 marzo 2026
- Tiempo de lectura: 6 min
Rusia y China mantienen vínculos sólidos en ámbitos diplomáticos, comerciales y militares con Irán. Sin embargo, tras la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra este país islámico, la cuestión que capta la atención internacional es hasta qué punto están dispuestos a brindarle apoyo.
La respuesta de Moscú ante los ataques fue ruidosa pero contenida, mostrando su condena y solidaridad con Teherán, mientras evitaba tomar medidas que pudieran provocar un enfrentamiento directo, señala Sergei Goryashko del Servicio Ruso de la BBC.
Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, expresó una «profunda decepción» por el deterioro de la situación hasta convertirse en «una agresión abierta», a pesar de las negociaciones previas entre Washington y Teherán.
Peskov aseguró que Moscú mantiene contacto constante con los líderes iraníes y con los países del Golfo afectados por el aumento de tensiones.
El domingo, el presidente Vladimir Putin manifestó sus condolencias al presidente iraní, Masoud Pezeshkian, tras la muerte del líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, calificando el hecho como una «violación cínica de la moral y del derecho internacional».
Por su parte, el Ministerio de Exteriores ruso condenó lo que considera asesinatos políticos y la «persecución» de líderes soberanos.
China también condenó firmemente la muerte del ayatolá.
Además, Pekín ha mostrado históricamente oposición a las políticas estadounidenses orientadas a la sustitución de regímenes en todo el mundo.
En el núcleo de la relación entre China e Irán se encuentra una cooperación económica mutuamente beneficiosa, según destaca Shawn Yuan, de la Unidad Global China del Servicio Mundial de la BBC.
China representa el principal socio comercial de Irán y es su comprador más importante de petróleo.
El cálculo de Moscú
Consultado el lunes sobre si Rusia aún confiaría en Washington, Peskov declaró que Rusia «ante todo confía en sí misma» y protege sus propios intereses.
Estos intereses esclarecen por qué el respaldo de Rusia a Irán sigue siendo mayormente verbal, aunque Teherán se haya convertido en un aliado cercano tras la invasión rusa a Ucrania, proporcionando drones y colaborando para sortear sanciones occidentales, explica Goryashko del Servicio Ruso de la BBC.
Irán se ajusta a la visión del Kremlin de un orden multipolar donde prevalecen los derechos estatales sobre los derechos humanos, y los gobiernos mantienen un riguroso control interno.
La caída de alguno de estos regímenes supondría un duro golpe para ese modelo.

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Simultáneamente, el Kremlin ha demostrado previamente que no arriesgará demasiado por sus aliados, ya sea en Venezuela, Siria o durante el conflicto de 12 días entre Israel e Irán en el verano de 2025.
Rusia mantiene una alta implicación en Ucrania y parece poco dispuesta —y posiblemente incapaz— de ofrecer más que apoyo diplomático y cooperación militar técnica a sus socios.
El tratado estratégico firmado entre Rusia e Irán el 17 de enero de 2025 no constituye un pacto de defensa mutua.
Moscú y Teherán acordaron compartir inteligencia, ejecutar ejercicios conjuntos y «asegurar la seguridad regional», pero no se comprometieron a protegerse mutuamente ante un ataque.
Los intercambios comerciales entre ambos países permanecen limitados, situándose entre 4.000 y 5.000 millones de dólares anuales.
No obstante, los lazos militares e industriales continúan en expansión. En febrero, el diario The Financial Times informó sobre un acuerdo importante mediante el cual Rusia suministrará a Irán sistemas portátiles de defensa aérea Verba por un valor de 580 millones de dólares.
El empleo de drones Shahed fabricados en Irán modificó significativamente la estrategia rusa en el frente ucraniano, aunque durante el año pasado Moscú incrementó rápidamente su propia producción de drones, disminuyendo así su dependencia de la tecnología iraní.
Para Moscú, Irán representa un actor demasiado importante como para permitir su caída, pero no lo es lo suficiente como para comprometerse a pelear por evitarla. Aunque esta postura podría variar, por ahora la implicación rusa parece que se limitará mayormente a declaraciones.
El papel de Pekín como salvavidas económico
A pesar de las rigurosas sanciones estadounidenses contra Irán durante años, Pekín sigue siendo el sostén económico de Teherán, adquiriendo grandes volúmenes de petróleo con descuento a través de una red de «flotas fantasma», embarcaciones con registros falsificados para esquivar las restricciones al transporte de crudo.
En 2025, China compró más del 80 % del petróleo transportado por estas embarcaciones, y los ingresos derivados han permitido a Irán estabilizar su economía y sostener el gasto en Defensa, aun con los mercados occidentales cerrados para el país.
Un acuerdo estratégico a 25 años firmado en 2021 reforzó la alianza, con compromisos de inversiones chinas por cientos de miles de millones en infraestructura y telecomunicaciones iraníes.

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Históricamente, la actitud de China ante las tensiones entre Irán, Israel y EE.UU. ha sido asumir un rol de protector diplomático para Teherán, utilizando su derecho de veto —o la amenaza de usarlo— para moderar las resoluciones de la ONU.
Durante enfrentamientos previos, incluida la guerra de 12 días en el verano de 2025, China constantemente llamó a la «moderación» y condenó la «intervención externa», refiriéndose implícitamente a la política estadounidense, señala Shawn Yuan, de la Unidad Global China del Servicio Mundial de la BBC.
La estrategia de Pekín siempre ha sido mantener a EE.UU. atrapado en Medio Oriente, sin permitir un colapso total que provoque un aumento abrupto en los precios globales del petróleo, explica nuestro corresponsal.
Un gobierno en Teherán alineado con Occidente sería un revés geopolítico severo para China, dado que Irán no solo suministra energía sino que también ejerce un contrapeso estratégico a la influencia estadounidense en la región.
Irán es integrante de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghái, desempeñando un papel geográfico crucial que conecta Asia Central, el Cáucaso y Medio Oriente.
La desaparición de la República Islámica debilitaría la legitimidad de los mecanismos multilaterales que Moscú y Pekín han buscado fortalecer.
Mientras no haya una invasión directa por parte de EE.UU. o Israel, las estructuras políticas y militares iraníes podrían mantenerse intactas.
Pekín aplicará su habitual «juego a largo plazo», buscando colaborar con quien ocupe el liderazgo tras Jamenei, mientras que Rusia actuará buscando sus propios intereses.

