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- Autor, Robert Plummer
- Título del autor, Reportero de negocios, BBC News
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Tras anunciar en enero una operación destinada a capturar al líder venezolano Nicolás Maduro, el presidente de EE.UU., Donald Trump, aseguró que aprovecharía las mayores reservas petroleras del mundo que tiene esa nación sudamericana.
Actualmente, Trump dice que planea viajar a Venezuela, aunque no ha establecido una fecha concreta.
Sus declaraciones del pasado viernes coincidieron con la conclusión de una visita de dos días del secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, quien inspeccionó cómo Venezuela comienza a reabrir su sector petrolero a compañías estadounidenses.
El recorrido de Wright siguió a la aprobación por la Asamblea Nacional venezolana de una ley que permite la inversión privada y extranjera en la industria petrolera, después de veinte años bajo un control estatal riguroso.
Desde la perspectiva de Trump, esto representa una significativa oportunidad comercial para la industria petrolera estadounidense: “Extraeremos petróleo en cantidades que pocos han visto antes”, declaró durante una rueda de prensa a mediados de enero, tras reunirse con líderes del sector energético en la Casa Blanca.
No obstante, las empresas petroleras estadounidenses que Trump quiere que inviertan masivamente en Venezuela enfrentan una cuestión clara: ¿es rentable el proyecto?
Complicado
William Jackson, economista principal de mercados emergentes en Capital Economics, explica que la intención del presidente estadounidense es “reactivar el sector petrolero venezolano y aprovechar esa energía para aumentar la oferta y reducir los costos al consumidor, lo que podría generar ingresos para que un gobierno venezolano más alineado reconstruya la economía tras años de mala gestión”.
Sin embargo, las compañías energéticas estadounidenses deben superar grandes obstáculos prácticos. La petrolera estatal venezolana, Petróleos de Venezuela S.A. (Pdvsa), es solo una sombra de lo que llegó a ser.
Los gobiernos de Maduro y su antecesor, Hugo Chávez, aprovecharon al máximo la empresa, utilizando sus ingresos para financiar gastos sociales en vivienda, salud y transporte, además de una expansión sin precedentes del aparato estatal.
Sin embargo, no canalizaron fondos suficientes para mantener los niveles de producción petrolera, que han caído drásticamente en los últimos años, parcialmente a causa de las sanciones de Estados Unidos, las cuales ahora podrían ser revisadas.
“En Venezuela, la infraestructura ha sufrido un deterioro tras prolongados años de abandono”, señala Jackson. “Hace una década o quince, la producción diaria era 1,5 millones de barriles superior a la actual”.
Mónica de Bolle, investigadora principal del Instituto Peterson de Economía Internacional, coincide en que PDVSA se encuentra en condiciones críticas.
“Hay numerosos elementos que deben ser descartados completamente y reconstruidos desde cero”, indicó a la BBC. “De hecho, dejando de lado las limitaciones políticas, lo más sensato sería desmantelar PDVSA, pero eso no ocurrirá”, añadió.
“Es un símbolo nacionalista importante y está ligada a la soberanía. ¿Aceptarían los venezolanos someterse a las indicaciones de Estados Unidos y ceder? No lo creo”.

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Gran cantidad de reservas, producción limitada
Trump ha solicitado a las petroleras estadounidenses que inviertan un mínimo de 100.000 millones de dólares para restaurar la deteriorada infraestructura venezolana, algo indispensable para que sus planes de incrementar las ventas sean viables.
De forma oficial, Venezuela cuenta con 300.000 millones de barriles en reservas petroleras, aunque en 2023 solo exportó 211,6 millones de barriles, con un valor aproximado de 4.000 millones de dólares.
En comparación, Arabia Saudita, que ocupa el segundo lugar con 267.000 millones de barriles en reservas, registró exportaciones por 181.000 millones de dólares en el mismo año, esto es 45 veces más.
Por tanto, en el plano teórico, existe un margen considerable para mejorar.
No obstante, Jackson expresa dudas acerca de la verdadera magnitud de las reservas petroleras venezolanas.
Durante el mandato de Chávez, Venezuela reclasificó sus reservas. Antes, se estimaba que únicamente había 80.000 millones de barriles extraíbles, pero en 2011 la cifra declarada casi se cuadriplicó.
Esta modificación se respaldó en los elevados precios del petróleo en aquella época, que hicieron que proyectos antes inviables parecieran rentables.
“Fue un salto significativo que ha sido cuestionado”, comenta Jackson. “Ahora el mercado está saturado de petróleo y no está claro si esos cálculos siguen siendo precisos”.
Obstáculos en el camino
Cuando Chávez llegó al poder en 1999, los precios petroleros estaban en alza. En los primeros años de la década de 2010, un barril promediaba los 100 dólares, lo que aportó a Caracas numerosos recursos para programas sociales. Sin embargo, con los precios actuales rondando los 65 dólares, la nación resulta menos atractiva para inversores.
Además, el petróleo venezolano es de calidad inferior al saudí. Su crudo, ácido y pesado, es complejo de extraer y refinar, y el alto contenido de azufre lo vuelve corrosivo para los oleoductos.
El renacer de la industria petrolera venezolana podría representar un desafío para Canadá, que produce un crudo igualmente pesado y exporta gran parte a Estados Unidos. No obstante, los analistas consideran que el riesgo será reducido.
Según un análisis de Capital Economics, el petróleo canadiense debería mantener competitividad en precios, incluso si la producción venezolana se incrementa.
Paralelamente, la crisis económica llevó a que cerca de ocho millones de personas abandonaran Venezuela en búsqueda de mejores condiciones de vida.
Entre ellos están muchos técnicos valiosos para mantener operativas las bombas de extracción petrolera; debido a que ingenieros capacitados que antes trabajaban en PDVSA ahora ejercen en el extranjero, el sistema apenas funciona con un equipo reducido.

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¿Estados Unidos puede lograrlo?
Thomas Watters, CEO y jefe del sector de petróleo y gas en la firma de análisis S&P Global Ratings, indica que las empresas estadounidenses tienen los recursos para restaurar la infraestructura venezolana, aunque deben evaluar si resulta económicamente viable.
“Al final, las compañías petroleras y gasíferas deben generar valor para sus accionistas”, señala. “Poseen gerentes altamente capacitados. Se puede construir cualquier proyecto, siempre y cuando sea financieramente justificable”.
“Pero se precisa un precio del petróleo que haga rentable la inversión. Sin suficiente rentabilidad, la industria tendrá dificultades para recuperarse”.
Además, las petroleras estadounidenses ya han experimentado daños operando en Venezuela con anterioridad. En 2007, compañías como ExxonMobil y ConocoPhillips vieron sus activos embargados al resistirse a ceder el control mayoritario de sus proyectos a PDVSA.
Estas empresas acudieron a tribunales internacionales y obtuvieron indemnizaciones millonarias —8.300 millones de dólares para ConocoPhillips— que nunca fueron cobradas.
Dado que el gobierno venezolano actual permanece prácticamente intacto, con la vicepresidenta Delcy Rodríguez en funciones, es complejo disipar el temor a nuevas expropiaciones.
Adicionalmente, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, declaró que la administración Trump no planea ofrecer garantías de seguridad a las petroleras estadounidenses en Venezuela, un aspecto preocupante en un país donde grupos paramilitares conocidos como “colectivos”, vinculados al gobierno, operan con métodos similares a bandas criminales.
Sin incentivos gubernamentales mejores, las compañías petroleras se mostrarán reticentes a asumir un riesgo que podría resultar muy costoso. Por ello, no sorprende que Darren Woods, CEO de ExxonMobil, haya calificado a Venezuela como “inviable para la inversión” en su estado actual.

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Resulta ilustrativo que Trump no haya ofrecido incentivos para favorecer la inversión, y en cambio haya amenazado con bloquear la participación de ExxonMobil en Venezuela. La política es “todo castigo, nada de recompensa”, explica De Bolle, del Instituto Peterson, haciendo referencia a la expresión en inglés “carrot and stick”.
“Y parece que no comprenden que necesitan ofrecer incentivos”, añade.
De Bolle opina que la administración Trump mantiene una “visión imperialista” sobre América Latina, que la lleva a considerar sus recursos como propios. Para ella, la negativa de las empresas privadas petroleras a involucrarse en Venezuela representa una barrera deseable frente a este tipo de apropiación.
“Este es un momento en el que uno piensa: ‘Gracias a Dios que Estados Unidos no tiene una petrolera estatal’”, sostiene. “Se requiere del sector privado, pero, por ahora, este no avanza. ¿Qué empresa en su sano juicio invertiría en Venezuela?”.
Pero si la producción venezolana aumentara, ¿podría eso generar una caída en los precios internacionales del oro negro? Los expertos prefieren no aventurar pronósticos.
“Depende del volumen de producción”, comenta Jackson, desde Capital Economics.
“La situación es muy cambiante, poco clara y posee un fuerte componente geopolítico. Estamos solo en las fases iniciales respecto a la producción venezolana”, concluye.

