El colegio público Antonio Beltrán cuenta con un 95 % de estudiantes cuyos padres son familias migrantes. Para minimizar los conflictos, combinan alumnos de distintas edades, involucran a las familias y mantienen el orden durante los recreos.

Martín Tintinayo, un niño diligente de 10 años, aspira a ser futbolista del Real Madrid o a estudiar una carrera deportiva en la universidad. Entre sus actividades favoritas destacan «el recreo y los coches», y en casi todas las asignaturas, excepto en Inglés, tiene calificaciones «de ocho para arriba». La geografía tampoco se le da mal. «Llegué a España con cuatro años proveniente de Pereira, ubicada a una hora en coche de Manizales, en Colombia, y aún recuerdo las montañas y las fincas. Allí nació toda mi familia, salvo mi prima y mi hermana por parte de mi mamá, que tiene tres años. Además, tengo una hermana por parte de mi papá, de 14 años, que vive con su madre en Valencia», relata.
Su clase de 5º de Primaria del colegio público Antonio Beltrán en Zaragoza acaba de realizar un examen sobre las capitales españolas. Martín consiguió un 10, la misma nota que obtuvo en los exámenes sobre comunidades autónomas y provincias. Han acordado que la profesora dejará de evaluar ese tema cuando todos los alumnos obtengan un 10. La misión de Martín es apoyar a quienes más dificultades tienen, especialmente a los que no dominan bien el español, y motivar a los menos interesados. «La fuerza del equipo funciona bien aquí», afirma la directora, Laura Salanova, quien apunta que uno de los puntos fuertes del centro es cómo fomentan el sentido de pertenencia al grupo, que es la estrategia para mejorar la convivencia.

«Es esencial crear una cultura escolar en la que se sientan comprometidos. Impulsamos la cohesión y el respeto grupal como motor para el desarrollo social y educativo», destaca la docente. Los alumnos se han constituido legalmente como cooperativa y participan en una votación mediante urna para unos «presupuestos participativos»: todos deciden cómo mejorar el colegio y establecen la financiación. Un tesorero gestiona los fondos recaudados, por ejemplo, a través de la venta de manualidades o sorteos de cestas de alimentos donadas por comercios cercanos.
Ni las familias ni la escuela cuentan con abundantes recursos económicos. El centro es sencillo. Carece de megafonía, cocinero, actividades extraescolares o asociación de madres y padres, y generalmente son la directora y la jefa de estudios quienes atienden el teléfono fijo. Los profesores han pintado las ventanas y paredes con colores vivos. Los pasillos están ordenados y llenos de estanterías con libros. La biblioteca supera en cantidad y calidad a la de cualquier colegio privado, con los álbumes ilustrados más recientes. Cada rincón refleja la dedicación personal de los 25 maestros: un almacén de ropa para familias necesitadas, un teatro de sombras improvisado con una sábana en una galería, o un huerto hecho con materiales reciclados.

Ubicado en el barrio de Delicias de Zaragoza, donde solo el 46 % de los habitantes nació en la capital aragonesa, el colegio público Antonio Beltrán está en una colonia de viviendas económicas construidas en la época de Franco. Cuenta con un 95 % de sus 155 alumnos cuyas familias son inmigrantes. La mayoría de los niños son españoles, aunque los que tienen ambos padres nacidos en España son menos de diez. En varios cursos no hay ni un solo alumno de origen local.
El Antonio Beltrán refleja una sociedad que está cambiando. Ha padecido la disminución demográfica que afecta a toda la región de Aragón. Los vecinos españoles de Delicias envejecen y el barrio ha sido repoblado por inmigrantes. Cuando la escuela abrió en 1949, existían dos colegios en esa colonia; actualmente solo queda Antonio Beltrán, que pasó de dos clases por curso a una sola. Las familias españolas no suelen elegirlo como primera opción y siempre quedan plazas vacantes. El año pasado, solo siete niños solicitaron inscripción para Infantil primer curso. Sin embargo, aproximadamente un 25 % de estudiantes se incorpora a lo largo del año. Hay 24 nacionalidades diferentes, principalmente latinoamericanos, subsaharianos y magrebíes, y manejar tanta diversidad exige un trabajo considerable.

«Los desafíos principales son el idioma y las situaciones sociofamiliares. Cambiar de país no es sencillo y muchos alumnos lo viven con dificultad. Algunos niños han experimentado en un año lo que otros no vivirían en cien vidas. Las aulas presentan múltiples necesidades y en cada clase hay varios niveles, lo que obliga a los docentes a planificar diversas variantes en el mismo espacio. Nuestra función es educativa, pero también social. Intentamos que la escuela sea un lugar seguro, donde aprendan autonomía y adquieran experiencias y conocimientos que por circunstancias sociales o familiares algunos no logran alcanzar. Es un centro compensador de desigualdades», explica Salanova, que lleva nueve años en el colegio, de los cuales los últimos tres ha sido directora. Ha llegado por comisión de servicios: «Tengo plaza en un colegio cercano a mi casa, pero elegí estar aquí porque me enriquece», confiesa.
El Antonio Beltrán está catalogado como un colegio de «especial dificultad». En Zaragoza hay seis y tres de ellos se encuentran en el barrio de Delicias. Estos centros se caracterizan por contar con muchos alumnos que requieren apoyo educativo (el 16 %), alta rotación en la matrícula o predominancia de una etnia. Los colegios de especial dificultad tienen menores ratios y programas de refuerzo, aunque la comunidad educativa demanda más recursos para estos y otros centros públicos. En Antonio Beltrán aún permanecen los carteles de huelga que los profesores colocaron el 20, 21 y 22 de enero para protestar porque el Gobierno de Jorge Azcón (PP) planea ampliar el concierto a centros privados de Bachillerato y escuelas de 0 a 3 años, pese a que denuncian excedente de plazas públicas. Pilar Alegría, candidata del PSOE en las elecciones autonómicas de este domingo y exministra de Educación, no ha enfocado esta cuestión con la misma fuerza que otros temas de campaña como la agricultura o la inmigración, que representa el 16 % de la población aragonesa.

«Este colegio no puede competir con un centro concertado», lamenta una profesora. Aún existen familias que no participan en la vida escolar. Los resultados académicos de los estudiantes, salvo excepciones, son inferiores a la media de Aragón. A los alumnos latinoamericanos, rumanos y brasileños que se incorporan con el curso ya iniciado les cuesta menos adaptarse por la similitud lingüística, pero los que hablan otros idiomas enfrentan una dificultad adicional.
No obstante, el colegio «ha logrado reducir los problemas de convivencia a casos muy limitados de uno, dos o tres alumnos», gracias a tres herramientas. Primero, los profesores se han esforzado en atraer a las familias. «Son culturas y creencias religiosas muy variadas y queremos que se sientan integradas. Al crear vínculos con los padres, estos se consideran parte del grupo y se sienten más comprometidos a cumplir, lo que repercute en una mejor conducta y mayor dedicación en las tareas de los niños», afirma Alicia Lázaro, tutora de 5º de Primaria y maestra de Lengua, Matemáticas, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales, Plástica, Valores y Atención Educativa.

El centro ofrece clases gratuitas de español para las familias durante cuatro horas semanales. La maestra Pilar enseña a un grupo de unas diez madres originarias de Gambia, Marruecos, Senegal y Mauritania, que no solo aprenden el idioma, sino que durante dos mañanas pueden romper con la rutina doméstica y socializar. Las docentes relatan que conocieron a mujeres que llevan 15 años en España sin hablar español, debido a que «suelen salir poco de casa». La relación personal entre maestras y alumnas adultas trasciende lo formativo: «Hemos ayudado a algunas a preparar sus currículos para buscar empleo».
En segundo lugar, el colegio ha logrado «forjar equipo» con los niños. El Antonio Beltrán organiza «talleres interniveles» de Matemáticas y Lengua una vez a la semana durante dos horas, mezclando alumnos de diferentes edades. Rompiendo la configuración habitual de las clases, juntan a estudiantes de 1º con 2º, 3º con 4º y 5º con 6º. Luego, esos niños de diversas edades se dividen en tres grupos con dos docentes cada uno. Matemáticas se fragmenta en cálculo mental, resolución de problemas y ajedrez. Lengua se separa en vocabulario, expresión escrita y expresión oral. «De esta forma, se reduce el número de alumnos por profesor, se atienden mejor las necesidades educativas, se controlan los distintos niveles y disminuyen los conflictos, ya que, al conocerse entre ellos, dejan de verse como rivales. Nadie se enfrenta a quien tiene cerca», defiende Tamara Lizama, jefa de estudios.

En tercer lugar, la dirección ha considerado el recreo como uno de los pilares del proyecto educativo. La premisa consiste en que los niños dispongan de «alternativas en su tiempo libre». «La convivencia ha mejorado al ofrecer juegos distintos al fútbol, dado que muchos conflictos surgían de este deporte», señala la directora. En el patio, que limpian los propios alumnos, hay un futbolín y el denominado «esportcarro», que incluye aros, zancos, cuerdas y otros juguetes variados. También cuentan con un «ludocarro» con juegos de mesa y un «carro lector» en el pasillo. Además, una voluntaria de la Universidad de Zaragoza lee cuentos en la biblioteca durante el recreo para quienes prefieren no salir a jugar. Atrapadas entre cojines y bajo la suave luz que entra por el dosel, tres niñas subsaharianas expresan que no desean que ese momento termine nunca. La directora, Laura Salanova, no se sorprende: «Creamos espacios acogedores. Es crucial que la escuela sea un lugar atractivo al que las personas quieran acudir».

«Todos en la misma línea de acción»
Profesores capacitados. Los 25 docentes del Antonio Beltrán se distinguen porque trabajan «todos en la misma línea de acción». «Realizamos una formación teórica en el primer trimestre; ahora haremos una específica en Lengua y el próximo año, en Matemáticas manipulativas. Esta capacitación se fundamenta en evidencias científicas», explica la directora.
Prevención contra bandas. Antes de ingresar al instituto, los alumnos participan en «convivencias de barrio» para conocerse y evitar la formación de bandas y la aparición de conflictos. También asisten a «campeonatos internivelares» con estudiantes de otros colegios.
«Patrullas de reciclaje». Practican la codocencia (dos profesores en el aula) y gestionan un taller de radio. Han creado «patrullas de reciclaje» y «brigadas de limpieza», ya que sienten «la responsabilidad» de recoger los juguetes y mantener limpio el patio diariamente. «Son más autónomos que otros niños», comentan las maestras. «Desde 4º, toman solos el autobús incluso con sus hermanos, se calientan la comida y hacen la compra. Sus padres trabajan hasta tarde».

