El recorrido de 2 kilómetros hacia el horror que vivió Julio a los 16 años: «Vi cosas duras, pero prefiero que haya gente viva»

Regresaban de pescar, acompañados por su madre y un amigo, cuando se toparon con un vehículo policial. Lo siguieron, sin conocer su destino. Finalmente, se convirtieron en los primeros en llegar para socorrer, apresurándose por un terraplén.

Julio, el joven de 16 años que se convirtió en héroe tras el accidente ferroviario en CórdobaLUIS BLASCO

Cada tragedia abre diversas vías: relatos fragmentados de las víctimas, familias desgarradas, los primeros en acudir y el inevitable morbo de algunos. Existe también la vía periodística, frágil e incierta, que en el mejor escenario procura relatar sin detenerse en lo irreversible de la muerte. Pero hay otro camino, más primario, que es el de la tierra. En el impacto de estos dos trenes, esta ruta varía según quién la transite. No es igual para un periodista, que siempre llega con retraso —lo cual es preferible, pues la ayuda verbal no es eficaz para las víctimas heridas— que para aquellos que acuden a brindar auxilio. Como Julio Rodríguez, de 16 años, el primero en alcanzar el último vagón del Alvia —tras caer dos de ellos por un talud de cuatro metros—, quien terminó actuando como enlace improvisado entre pasajeros y familiares.

A las tres de la madrugada del lunes, los vehículos seguían ingresando por el desvío a Adamuz, perdiéndose pronto en la oscuridad de curvas tan cerradas como peligrosas. Con la noche totalmente caída, resultaba imposible encontrar un acceso claro desde la A421 hasta las vías. Los controles de la Guardia Civil bloqueaban incluso los atajos más ingeniosos que proponían algunos vecinos para llegar y documentar la labor contrarreloj de los equipos de Emergencias.

Con las primeras luces del martes, encontrar caminos paralelos, a aproximadamente 500 metros de las vías, parecía más sencillo, pero el cerco policial se mostraba aún más denso y restrictivo. La única alternativa para observar —y luego informar— era adentrarse en un entorno tan puro como hostil, rodeado de fincas privadas y salvajemente indiferente ante la presencia humana. Dos kilómetros hacia el este, entre alcornoques y encinas, sobre un terreno embarrado y traicionero, con el sonido cercano de los guardias y el zumbido constante de un helicóptero vigilando. Resultaba todo un reto alcanzar esas enormes máquinas inertes, mitad tren y mitad chatarra, donde los trabajadores aguardaban la llegada de maquinaria pesada. Un premio en la cima que la Guardia Civil se encarga de reducir al mínimo.

Lo que los periodistas alcanzan a ver desde la colina —erigida casi como un Olimpo del horror tras tantas idas y venidas— es la parte de las vías a la que muchos vecinos de Adamuz llegaron con notable rapidez después de las ocho de la tarde del desgraciado domingo.

Entre ellos figuraban Elisabet y su hijo adolescente Julio. Fueron de los primeros en llegar tras el regreso de un día de pesca, y así los encontró ayer EL MUNDO en un Adamuz que se había convertido en un campo de batalla, no ya por el choque de trenes, sino por el acecho de las jaurías más agresivas —los periodistas— que acosaban y exprimían a esos mismos vecinos que habían pasado la noche entera luchando contra el agotamiento para prestar ayuda, todo ello por apenas unos segundos de corte en televisión o cuatro frases mal interpretadas.

Elisabet, con su hijo Julio, en su domicilio.

A Elisabet le cuesta expresarse sobre su hijo sin mostrar sorpresa, no sólo maternal, sino casi moral, como si todavía no acabara de asimilar lo sucedido. De hecho, cuando EL MUNDO le propone hacer una entrevista por ser una de las primeras vecinas en llegar a las vías, ella sugiere que sea su hijo quien hable. Julio tiene 16 años y una firmeza en su manera de hablar que impresiona, hasta el punto que obliga a verlo como alguien ya casi adulto. Cambiar la perspectiva es imprescindible al descubrir que él y su amigo fueron los primeros en entrar al último vagón del Alvia antes del despeñamiento. «Me sorprende; dice que se siente bien por haber ayudado a tantas personas y que eso le permite olvidar todo lo que ha visto», comenta ella.

Julio, su madre y un amigo habían pasado la jornada pescando. Al regresar a casa, observaron dos coches de policía y una ambulancia. Por curiosidad, decidieron seguirlos. Pensaron que sería un accidente de tráfico. Nadie podía imaginar —nadie aún puede— que estaban a punto de venir a una escena desbordante que marcaría a un pueblo, a una región y a toda una nación.

Para saber másGráfico.

Así fue el accidente: la secuencia de la tragedia

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