El reconocido nadador compartió detalles sobre la dieta que seguía en sus años de máximo rendimiento deportivo.
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En el deporte profesional actual, la alimentación ha dejado de ser un aspecto secundario para transformarse en una disciplina tan crucial como el propio entrenamiento. En modalidades de resistencia prolongada como la natación, donde el cuerpo se exige al máximo durante largas horas, lo que se consume y el momento en que se hace puede determinar la diferencia entre establecer un récord o no alcanzar ni siquiera la final.
Un ejemplo claro de esta realidad es Michael Phelps, el nadador más premiado en la historia de los Juegos Olímpicos, cuya dieta alcanzó fama casi legendaria.
Durante mucho tiempo se difundió el mito de que Phelps ingería 12,000 calorías al día en sus fases de entrenamiento más intensas. Él mismo desmintió esta cifra, aunque reconoció que su consumo calórico era desmesurado para una persona promedio.
«Me indicaron que debía consumir entre ocho y diez mil calorías diarias. Procuro comer tanto como sea posible. Simplemente, como lo que deseo», declaró en una entrevista respecto a su preparación para los Juegos Olímpicos. Este rango de 8,000 a 10,000 calorías sigue siendo, incluso a día de hoy, un estándar elevado dentro del deporte de alto rendimiento.
Todo en función del deporte
Su enfoque durante la intensa etapa olímpica se resume en una frase sencilla pero contundente: «Comer, dormir y nadar, es todo lo que hago», expresó tras conseguir su décima medalla de oro, enfatizando que su vida giraba por completo en torno a potenciar su rendimiento.
Cada entrenamiento demandaba una recuperación energética considerable; cada comida representaba una pausa estratégica para recargar fuerzas y regresar a la piscina unas horas después.
Ejemplos como el de Phelps han ayudado a que el público en general comprenda que la alimentación de un atleta élite es muy diferente de las recomendaciones habituales dirigidas a personas sedentarias.
Especialistas en fisiología deportiva indican que un nadador de su calibre puede requerir entre 6,000 y 10,000 calorías diarias en momentos de máxima carga, dependiendo del número de sesiones, intensidad y trabajo de fuerza complementario.
No se trata únicamente de consumir grandes cantidades, sino de proporcionar el equilibrio adecuado de carbohidratos, proteínas y grasas, distribuidos en los momentos precisos para favorecer la recuperación.
Michael Phelps, en los Juegos Olímpicos de Río. Europa Press
La progresión del deporte de elite en las últimas décadas ha avanzado en ese sentido: rodear al atleta con equipos compuestos por nutricionistas, fisiológicos y chefs especializados que elaboran menús minuciosamente diseñados.
En muchas delegaciones olímpicas es común que cada comida esté previamente planificada según la sesión de entrenamiento o la competición del día siguiente, junto con un seguimiento continuo del peso, composición corporal e hidratación. La antigua idea del talento innato ya no es suficiente; la marcada diferencia se refleja también en la alimentación.
Una leyenda
El historial de Phelps ayuda a comprender por qué su cuerpo requería una gestión alimentaria tan precisa. Este estadounidense acumula 28 medallas olímpicas en total, incluyendo 23 de oro, obtenidas en cuatro ediciones (Atenas 2004, Pekín 2008, Londres 2012 y Río 2016).
En Pekín logró uno de los hitos más sobresalientes en la historia del deporte: ocho medallas doradas en ocho pruebas, superando el récord de Mark Spitz y convirtiéndose en un icono mundial. A este palmarés se suman numerosos títulos mundiales y récords en pruebas como los 100 y 200 mariposa, además de los 200 y 400 estilos, dominando la natación durante más de diez años.
Detrás de esta lista de triunfos se esconden miles de kilómetros nadados, rutinas extenuantes de dos o tres sesiones diarias y una disciplina férrea fuera del agua. La alimentación, lejos de ser un simple complemento, fue una de las claves que permitieron a Phelps mantener el ritmo de entrenamientos y finales olímpicas sin que su organismo se agotara.
El legado de Phelps no solo se mide en medallas y récords, sino también en la forma en que su caso transformó la valoración de la alimentación en el deporte. Hoy, al pensar en la preparación olímpica, no solo se consideran las series, el gimnasio o la psicología, sino también los menús, horarios de comida y estrategias para recuperar mediante la nutrición.
Comer, dormir y entrenar continúan siendo los tres fundamentos, pero la manera y calidad de lo que se consume se han convertido en uno de los factores decisivos para alcanzar el éxito.

