Fernando Sanz (46) comenta la crisis del Málaga: «La deuda alcanzaba los 42 millones y embargaban incluso trofeos»

Fernando Sanz, durante una rueda de prensa con el Málaga. El exfutbolista del Real Madrid participó en el podcast ‘Los Fulanos’ para narrar el colapso financiero que enfrentó en el Málaga y cómo sacrificó ingresos para socorrer al club.

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Fernando Sanz se formó en la élite del fútbol, inicialmente como canterano del Real Madrid y más tarde como integrante del primer equipo, coincidiendo con la histórica obtención de la séptima Copa de Europa.

No obstante, su trayectoria estuvo marcada por la constante presión de ser «hijo de» y por una situación financiera que distaba mucho de los lujos que suelen atribuirse a jugadores de su calibre.

En una extensa charla en el podcast Los Fulanos, el exdefensa y expresidente del Málaga CF desvela los pormenores de una carrera en la que no siempre se cobraban los contratos y donde las decisiones se adoptaban más desde el corazón que con cálculos económicos.

Sanz comenta que su última etapa en el Real Madrid fue un calvario personal. Aunque ganó la Liga, la Champions y la Intercontinental, la presión por parte de los medios y la afición era insoportable. «La prensa me machacaba sistemáticamente», afirma, una circunstancia que le llevó a una decisión radical en 1999: «Con 4 años de contrato aún vigentes, decidí irme porque no podía soportarlo más».

Se marchó al Málaga, un equipo recién ascendido, en una operación que, lejos de mejorar su situación financiera, le hizo renunciar a un salario considerable en el club madrileño. «En el Madrid cobraba de los más bajos», señala, aunque su contrato allí superaba con creces lo que le ofrecían en Málaga.

La experiencia en la Costa del Sol fue un verdadero vaivén. Como futbolista, presenció la consolidación del equipo en Primera División, y tras retirarse, asumió la presidencia en un momento crítico, convirtiéndose en el principal accionista para evitar la desaparición del club.

Ahí se topó con la dura realidad del fútbol modesto. «Me convertí en el mayor acreedor con diferencia», comenta, detallando que durante su período como jugador en Málaga hubo tantos incumplimientos de pago que la deuda del club con él alcanzó cifras elevadas. «No cobraba, no cobraba, no cobraba…», rememora.

Fernando de Sanz, durante un partido con el Málaga.

Fernando de Sanz, durante un partido con el Málaga.

Al tomar el mando, la situación era crítica: el Málaga arrastraba una deuda cercana a los 42 millones de euros y los ingresos de la temporada ya estaban consumidos debido a adelantos de televisión realizados en ejercicios previos. «Te embargaban la taquilla, los trofeos, absolutamente todo», describe.

Para alcanzar el ascenso, tuvo que formar una plantilla con un presupuesto limitado a apenas 3 millones de euros para fichajes y salarios. «¿Sabes qué significa eso? Es inviable», sentencia. Ya en Primera, los ingresos televisivos apenas llegaban a 8 millones, obligando al club a vender a cualquier jugador sobresaliente para subsistir.

Sanz se enorgullece de haber sido pionero en la gestión económica, aplicando la norma estricta de no gastar más de lo que se ingresa. «Fuimos los primeros en adaptarnos. Los salarios eran modestos, pero siempre los pagué», enfatiza, subrayando que durante su gestión se vivió «una de las etapas más estables en el Málaga en cuanto a pagos».

A pesar de ello, la administración le supuso un considerable gasto personal. Después de vender el club al jeque Abdullah Al Thani por 36 millones, incluyendo la deuda, el balance final fue negativo: «Terminé casi perdiendo dinero, no sé si fue alrededor de un millón y pico».

Su experiencia contrasta la precariedad financiera del fútbol medio con la riqueza que vivió de cerca en el Real Madrid durante la presidencia de su padre, Lorenzo Sanz.

Recuerda que, aunque el club blanco tampoco estaba en su mejor situación económica, su padre tuvo que aportar fondos propios para avalar fichajes como el de Fernando Redondo. Los primeros galácticos, como Suker, Mijatovic o Seedorf, llegaron por sumas que hoy parecen modestas. «Roberto Carlos se compró por 3 millones de dólares», evoca.

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