El equipo de comunicación ha informado sobre el fallecimiento del líder de Extremoduro este miércoles, 10 de diciembre

El ámbito de la música española quedó profundamente afectado tras la muerte de Robe Iniesta, vocalista de Extremoduro, quien partió a los 63 años. Además del impacto cultural y artístico que generó su fallecimiento, la atención se enfoca especialmente en su vida privada, en particular en su familia, ese círculo cercano que siempre mantuvo lejos de los medios.
Desde hace varios años, Robe había optado por un modo de vida más pausado y alejado del frenético ritmo que marcó sus inicios en el rock transgresivo. Vivía en Lezama, Vizcaya, junto a su esposa Vivi Vázquez y sus dos hijos, según Trébol.com, llamados Nahún y Karín Iniesta. Tal como señala El País, ambos rondan la treintena y llevan una existencia propia, sin buscar la notoriedad ligada a su padre.
En diferentes entrevistas, Robe describía a sus hijos como individuos independientes, con intereses definidos. Naum, por ejemplo, siguió la ruta musical como baterista de la banda Kontrol-M, aunque evita la exposición pública, mientras que Karín ha desarrollado sus proyectos personales y académicos con la misma discreción que caracteriza a la familia.
El joven músico llamó la atención hace unos años al declinar acudir a una entrevista en Radio Vallekas debido a que se reveló su parentesco con el líder de Extremoduro. El batería iba a hablar sobre la presentación de su grupo en la sala Hebe de Madrid el 20 de octubre de 2020. Sin embargo, según Javier Durante, director del programa Onda Dura Revolutions, Naum, nuevo integrante y único disponible, se mostró reacio y poco cómodo ante la exposición mediática.
No obstante, la cercanía familiar no siempre fue constante. No fue hasta la década de los 90 que el músico decidió reducir la intensidad de su carrera y regresó al hogar junto a su esposa, de quien se había separado años antes. “Dejé la heroína mucho antes de empezar con Extremoduro… Tuve la fuerza para dejarla solo. Mucha gente insiste en decir que soy yonqui, pero no es cierto. Solo consumo… lo habitual. La droga no es mala. Los culpables son los hombres y sus actos. Es como si alguien dispara y culpa a la bala,” explicó a El País. Actualmente, el rockero estaba totalmente volcado en sus hijos, como se mostró en algunas entrevistas. Además, su vida en Lezama era bastante sencilla: cocinaba, leía y practicaba algo de deporte.

Su mayor pilar
Por otro lado, su esposa, Vivi Vázquez, fue un soporte constante en la vida de Robe, acompañándolo desde los tiempos de giras y ensayos hasta los momentos más delicados de su salud. La pareja mantuvo una relación sólida y discreta, dando prioridad a la intimidad frente a la exposición pública, algo raro en figuras de su nivel en la industria musical. La estabilidad que le brindaba la familia resultó fundamental, especialmente en sus últimos años, cuando Robe enfrentó diversas complicaciones médicas serias.
En noviembre de 2024, el músico tuvo que cancelar indefinidamente sus conciertos en Madrid tras ser diagnosticado con un tromboembolismo pulmonar, condición que requería reposo total. Esta enfermedad marcó un antes y un después, poniendo fin a su trayectoria en vivo y resaltando la importancia de su entorno familiar como sostén. La recuperación y los cuidados se dieron siempre con la cercanía de sus seres queridos, consolidando un lazo que iba más allá de la música.
Durante su carrera, Robe entabló relaciones profundas con músicos como Iñaki Antón y Fito Cabrales, con quienes compartía momentos cotidianos, como paseos en bicicleta o salidas al campo. Ahora, tras la pérdida del artista, la familia enfrenta un vacío irreparable, pero también hereda un legado de cuidado y discreción que él mismo cultivó con esmero. El hombre “libre y sin cadenas” deja rota a toda una generación.


