Pudo llamarse Crista o Jesusa
Desde la víspera su nacimiento tuvo visos de imitación. Fue todo casual, pero en algo recordaba la Natividad de Belén, siempre que se disculpen ciertas confusiones elementales en cuanto al escenario y se admitan pequeñas y grandes transgresiones en el modelo de la huida a Egipto. Por ejemplo, sin ir más lejos, el hombre montó a la mujer en cinta en un asno con silla inglesa. Más que la virgen María, era una amazona muerta de miedo. Se agarró tensa a las riendas cuando el burro partió seguido por el impasible macho de carga, que transportaba sobre las ancas un atado de pañales. El hombre iba detrás. A trechos, cuando las bestias apuraban el paso, él pegaba unos trotes. No era peregrinación; era un viaje contra el reloj. Pero nadie sabia exacta la hora del alumbramiento. ¿Por qué esa escapada tan a destiempo? ¿Había algo oculto? ¿O un designio de lo Alto? No. La pareja iba sola. Todo se hacía a la hora peligrosa, aquélla demasiado próxima al parto. ¿Huían? ¿Temían la orden infanticida de un Herodes? ¿Alguien había profetizado en aquellas postrimerías del siglo XIX de la Era Cristiana que un nuevo Mesías nacería en una remota aldea de una apartada, súbita e inverosímil Palestina situada al final del mundo? Tonterías. Delirios de grandeza. No estaba el dedo divino en esto. Quizás escapaban a los fatídicos augurios que corrían d boca en boca por la Unión. Nunca en los villorrios(tampoco en las ciudades)faltan los espíritus supersticiosos que gozan con los presagios funestos. En este caso varias vecinas coincidieron simultáneamente en que de ese vientre hinchado no saldría nada bueno. Las más recatadas anunciaron mellizos. Pero se impuso la predicción que nacería “una creatura extraña”. Tal fue la expresión que se usó y se repitió, recorriendo como un reguero las casa del poblado. La gente menos adicta a los anuncios alarmantes no pudo menos que pronosticar un pacto difícil. Le aconsejó a Petronilla que diera a luz en un lugar no tan alejado de la mano de Dios, donde se contara con más recursos para espantar al Diablo. ¡Qué travesía, Señor!, murmuró ella, persignándose. Una amiga bondadosa, para consolarla, conjeturó que el niño nacería “parado”, pero a ella le daba susto que asomara la cabeza en cualquier recodo, precipitado por el traqueteo irregular de los burros de piel cenicienta. Estos tenían sus mañas y aveces corcoveaban. Le daba espanto parir en el hueco de una ladera o a la sombra mezquina de algunos espinos precarios. ¿Quién la asistiría en el trance? El hombre nunca había oficiado de partero. Sabía cantar, pero no ayudar a parir. ¿Se moriría junto con el niño? Cuando dijo su temor en voz alta, el hombre –que conocía latines y había estudiado para cura- soltó un ¡abracadabra! La situación era tan crítica que autorizaba exorcismo contra los demonios. Ella ya no era tan joven. Su beatísima suegra, a saber después tamañas peripecias, comentó que fue una lástima que el nacimiento no hubiera reeditado la versión del pesebre bíblico: con dicho acompañamiento de mulas cansadas hasta tal vez aparecerían los Reyes Magos. Si no sucedió así –concluyó decepcionada -, quería decir que la creatura no llegó al mundo con una estrella en la frente. Viajaron todo el día subiendo y bajando cerros. Durante las repechadas ella tuvo varias veces la sensación de que la creatura ya venía. Rezó desesperada. Imploraba que el Señor le permitiera llegar a tiempo. Reyes Magos no aparecieron, pero a la caída del sol se hicieron presentes las constelaciones que ella conocía por sus nombres desde pequeña. Cuando las descubrió diáfanas en el cielo tan limpio del Norte chico la mujer exhausta, bañada en sudores helados, dio gracias a Dios, pero no por ellos, los luceros lejanos, sino por que había divisado las luces del pueblo. Entraron a Vicuña a pedir posada. Laura Rodig trasmite la visión de su amiga pronta a nacer. Repite a su vez el testimonio materno: “Amigos y parientes los acogieron con la costumbre y la hospitalidad de aquellos tiempos. Apenas traspasada la noche llegó la extraña creatura que presentían en el Valle” Venia mal colocada y la comadrona las vio negras antes que consiguiera extraer ese ser amoratado de las entrañas de la parturienta. Y se oyera el agudo grito de la vida nueva. Al cortar el cordón umbilical, la matrona diagnosticó que la niña recién nacida tal vez no sobreviviría. Por eso el padre, al cabo de pocas horas, se apresuró a tomarla en sus brazos y fue con ella a la iglesia a fin de que no muriera mora y le pusieran el óleo y la crisma antes que terminara ese angustioso día 7 de abril de 1889. No es lo habitual, pero también las niñas pobres pueden tener varios nombres. Eso no cuesta plata. Al nacer fue bautizada como Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Texto extraído del libro Gabriela Mistral publica y secreta de Volodia Teitelboim. Editorial Sudamericana Chilena, 1996.
