Cátedra Gabriela Mistral

Manuel amado: Todo el día he andado preocupada de ti, de la carta que te escribí anoche. Los gritos de la gente en la estación, a la llegada de los Cancilleres, no me espantaron esta preocupación. ¿Encontraste fría o seca esa carta? Dímelo. El temor de haberte disgustado me ha seguido todo el día. He tenido el ánimo “entristecido y amoroso” Esta preocupación de haberte lastimado levemente, cómo dice de mi quererte hondamente. Yo no soy un buen corazón. Cuando he hecho un daño suelo decirme con un egoísmo brutal: “Más me han hecho otras gentes a mí” Contigo no. Por ahorrarte una lágrima andaría un camino de rodillas. De rodillas: esa es mi actitud de humildad para ti, y de amor. Y nunca yo he sido una humilde, aunque la gente crea eso de mí, por mi cara de monja pacífica. Mira, he tomado mi café (tiritaba de frío) y he cerrado los ojos para verte, y he exaltado mi amor hasta la embriaguez y hubiera querido prolongar el gozo muchas horas. Te adoro, Manuel. Todo mi vivir se concentra en este pensamiento y en este deseo: el beso que puedo darte y recibir de ti. ¡ Y quizás- seguramente – ni puedo dártelo ni pueda recibirlo! Si me convenzo del todo, del todo, que tú no vas a dármelo, yo no iré a verte, Manuel. No quiero sufrir más. En este momento siento tu cariño con una intensidad tan grande que me siento incapaz del sacrificio de tenerte a mi lado y no besarte. En este momento Manuel, no quiero ir a Stgo., no quiero obligarte a ser falso, besándome con repugnancia, ni quiero padecer eso que no he padecido: estar muriéndome de amor frente a un hombre que no puede acariciarme. ¡No quiero ir! Encargaré a Munizaga- como ya le he encargado- todo lo referente a mi libro, y no voy. ¿No tengo suficiente con lo que he padecido en mi vida? No, Manuel, no quiero ir. No me digas que vaya; déjame: este puede ser un augurio. Alguna vez se ve claro en el futuro. –Mira: te represento aquí, frente a mí. Para esquivar la emoción no te miro, miro al un lado, pero te oigo y te veo, por virtud de esta horrible imaginación, que te hace tangible aun a la distancia. Tú desilusionado quieres matar el momento con una conversación banal. Yo comprendo y se me hielan las manos y el alma y me exprimen el corazón con fierros, como una pulpa inerte. Ahora, tú has ido. Y yo me he quedado sola, pero de una soledad que no es mi soledad de antes. Me rebelo contra todo, hasta contra dios. Ya en días pasados sentí esa rebelión. Pensaba: Este diario batallar con niños, este cotidiano sembrar amorosamente en el alma de niños que no son mis hijos ¿no merece que esto que ha venido a mí se me haga dicha? ¿No ha de ser esto la moneda de diamante en que Dios me pague lo que vale una vida entera agotada en seres extraños? Y yo misma me contestaba: Fuiste a buscar amor por sendas que los hombres han vedado, y lo que para todos es alegría y hasta orgullo, para ti ha de ser siempre, siempre, amargor y pecado. Vuelvo atrás. Yo me he vuelto aquí, y la paz ya no será más conmigo, después de ese encuentro desgraciado. No, Manuel, no voy. Te ruego que no me llames. No voy. Es preferible que siga soñando con que tú me besas amorosamente. He estado loca cuando te he prometido ir y cuando he pensado que podía ser esa la hora en que la dicha me hiciera llorar entre tus brazos. Te amo mucho, mucho. Acuéstate sobre mi corazón. Nunca otro fue más tuyo ni deseó más hacerte dichoso. Lucila P.D. ¿Despedazas estas cartas?

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