Argentina: Relaciones
09-03-2001
Es evidente que el pasar del «derecho» al orgasmo al «deber» del orgasmo ha provocado tanto en hombres como en mujeres nuevas exigencias mutuas, que los afectan a ambos por igual aunque se manifiesten de distintas maneras.
Ellos tienen que tener una erección.
Sí o sí.
Nosotras tenemos que tener un orgasmo.
Falso o verdadero.
En las antediluvianas épocas anteriores a la revolución sexual, o -como prefieren llamarla las historiadoras- la época A.C. (Antes del Clítoris) las mujeres no debían poder fingir los orgasmos, porque para poder fingir algo, hay que primero tener aunque sea una imagen de ello.
Y por aquellas épocas el orgasmo femenino no había llegado a la cita.
Las mujeres no sabían lo que debían sentir y los hombres tampoco sabían cómo procurárselo.
En ese sentido estaban mucho mejor que nosotros.
Pero hoy -revolución sexual de por medio y gracias al bombardeo de información sobre el tema- no existe una sola mujer que no sepa lo que DEBE sentir, ni un solo hombre que no se sienta obligado a procurárselo.
Aunque no sepa bien cómo.
Y aquí comienza el camino del gran conflicto femenino.
No hablemos de los casos en que te toca un irresponsable que no se encargo mínimamente de leer algún manual del Kamasutra, de investigar dónde queda el punto G, o de comprarse en el subte un planito para acceder hasta el clítoris.
Ésos no se merecen que los nombremos y mucho menos que nos molestemos en fingir un orgasmo.
Hablemos de un divino, alguno de esos ejemplares masculino con los que -de ves en cuando la vida- se toma contigo un café con leche con medias lunas de manteca rellenas de jamón y queso.
Hablemos de alguien que se ocupa de vos, que te besa mucho, que te hace juegos previos, que se preocupa por hacerte gozar.
¿Cuánto tiempo lo vas a dejar trabajar al pobre como un enano antes de entregarle un buen orgasmo?
¿Y qué pasa si tu cuerpo no responde, si cuando más querés llegar más se te aleja, si el hecho de que el tipo te importe y se esfuerce tanto te presiona más y se te hace imposible entregarte?
Ahí comienza el camino del Averno:
«Dios mío… va a pensar que soy frígida y va a salir corriendo pero cómo hago si no puedo antes ser frígida podía tener un cierto confuso prestigio pero ahora es el peor estigma sobre una mujer del 2000… ay sí sí así pero un poco más despacio sí sí así tengo que concentrarme y seguir voy a tratar de aflojarme estoy tensa como un arco cómo era la respiración yoga sí sí así qué rico me encanta seguí así Dios mío me faltan como 20 cuadras y éste hombre se va a agotar tengo miedo de que le de una hernia o se le pare el corazón o algo peor sí sí así me gusta mucho no me lo dejes de hacer seguro que las otras mujeres demoran menos no sé cómo hacen y él ya está empezando a aflojar y yo todavía no pagué la cuenta del teléfono espero que no me lo corten como a mi prima que tuvo que volver a pedir la línea y además pagar un vagón de guita ay sí sí seguí así por favor sí ahí quedate a vivir ahí… i. .i..i… falsa alarma le caen las gotas de transpiración más que gotas son cataratas y si le da algo yo qué hago como ese hombre que se quedó seco en un hotel alojamiento arriba de su amante y sí sí así mi amor ¡qué santo! él sigue la verdad que está como para competir en una olimpíada me dan ganas de aplaudirlo pero de acabar nada y yo también estoy empapada…
¿Qué hago?»
¿Qué se hace en estos casos?
¡Fingirlo!
O sea, lo peor.
Reconozco que es muy difícil evitarlo ya que las mujeres somos los seres más culposos del mundo y nos hacemos demasiado cargo a la hora de cuidar la autoestima masculina.
Y sabemos por experiencia que a la hora del sexo es cuando ellos sienten que tienen que rendir su máxima prueba.
Pero fingir un orgasmo no sólo no los ayuda sino que los aparta cada vez más de la realidad.
Fingir un orgasmo es un acto de autodestrucción, de extrema desconfianza en nosotras mismas.
Y en el otro, ni te cuento.
Pero además es peligroso porque provoca adicción.
Fingir un orgasmo es un pasaje de ida.
Mi amiga Ana me contaba de su primer y largamente esperado encuentro sexual con el septuagésimo «hombre de su vida.»
«Todo fue perfecto pero yo por supuesto no acabé porque estaba muy nerviosa -nunca puedo acabar la primera vez-, pero fingí para que él no se sintiera mal y me diera la chance de volver a hacerlo a ver si en la próxima hacíamos algo que me gustara a mí. Pero él seguía a pesar de haber acabado seguramente pensando en mí así que tuve que fingir por segunda vez para no defraudarlo y asegurarme que hubiera una próxima vez pero lo que nunca me imaginé era que la próxima vez iba a ser enseguida porque él parecía decidido a sacarme hasta la última gota de jugo falso así que tuve que fingir por tercera vez pero te juro que es sólo por esta primera vez.»
Es completamente adictivo.
Y -por si todo esto fuera falso- está comprobado que puede traer devastadores efectos secundarios.
Un informe de la Agencia FIFE dice que se ha hecho una investigación en más de un millón de mujeres, a lo largo de varios años, y se ha podido observar que fingir orgasmos puede provocar halitosis, pie de atleta, várices, gonorrea, hemorroides, varicela, vómitos, alergias, culebrilla, caída del cabello, tricomonas, envejecimiento prematuro, flaccidez, celulitis, úlcera del duodeno, gastritis, colon irritable, diarrea, estreñimiento, paperas, encías sangrantes, obesidad, vértigo, mononucleosis, asma, amigdalitis, juanete, etc. etc.
De verdad es un tema muy serio.
La gran revolución sexual del fin de siglo debería ser que las mujeres definitivamente dejaran de fingir los orgasmos.
Así como en el pasado las feministas hicieron una simbólica quema de corpiños en alusión a la libertad de sus pechos, las mujeres de ahora deberíamos hacer una simbólica quema de bombachas en alusión a la sinceridad de nuestros genitales.
Yo ya empecé.
No, no he quemado las bombachas.
Me he jurado a mí misma que nunca más, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera por el hombre más devastador del universo, voy a volver a fingir un orgasmo.
Nunca, nunca más.
Salvo que fuera necesario.
Fuente: Data 54
Gabriela Acher
