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- 4 mayo 2026
- Tiempo de lectura: 8 min
Los ataques de EE.UU. contra embarcaciones en el Caribe comienzan a mostrar resultados, aunque no del todo favorables.
Aunque parece que hay menor cantidad de droga saliendo directamente desde Venezuela, especialistas alertan que el comercio ilícito no se está reduciendo, sino que se está trasladando por vías y métodos más complejos de identificar.
Durante muchos años, Venezuela se ha mantenido como uno de los principales puntos de partida de cocaína en Sudamérica, debido a su ubicación estratégica y su proximidad a países productores como Colombia y Perú, así como a grandes mercados de consumo en EE.UU. y Europa.
No obstante, el aumento reciente de operaciones estadounidenses en el Caribe, con interceptaciones e incluso ataques contra embarcaciones sospechosas en narcotráfico, ha incrementado considerablemente los riesgos de operar desde sus costas.
Este giro está forzando al tráfico a desplazarse hacia otras naciones de la zona, indican expertos.
En septiembre de 2025, Washington amplió su despliegue naval en el Caribe argumentando el lanzamiento de una nueva ofensiva antidrogas liderada por el Comando Sur de EE.UU.
Desde esa fecha, la fuerza armada estadounidense ha ejecutado decenas de ataques contra barcos sospechosos tanto en el Caribe como en el Pacífico, acumulando cerca de 45 acciones hasta marzo de 2026 que han causado más de 150 fallecimientos.
Aunque estas medidas fueron presentadas como parte de la lucha contra el narcotráfico, ciertos analistas apuntan también a un componente político.
Estas operaciones coincidieron con un incremento en las tensiones diplomáticas con el gobierno venezolano que culminaron en la detención en enero de 2026 del expresidente Nicolás Maduro, trasladado a Nueva York para enfrentar cargos vinculados al narcotráfico.
Expertos legales y organismos internacionales han puesto en duda la legitimidad de estas intervenciones, advirtiendo que podrían infringir normas del derecho internacional y constituir un uso fuera del marco legal de la fuerza.
A pesar de la intensa campaña, Adam Isacson, director del programa de supervisión de defensa en la Oficina de Washington para América Latina, sostiene que el flujo de drogas hacia EE.UU. no se ha detenido.
De hecho, señala que los datos recopilados por las autoridades fronterizas estadounidenses indican que en los siete meses posteriores al inicio de los ataques a embarcaciones, se ha detectado una cantidad ligeramente mayor de cocaína que en los siete meses previos.
«Esto significa que la cocaína sigue llegando a Estados Unidos a pesar de estos ataques», comenta a BBC Mundo.
«El hecho de que el Comando Sur haya destruido varias embarcaciones en los últimos meses sugiere que el nivel de tráfico en esa ruta es prácticamente el mismo que antes», agrega.
«No estamos observando una caída real, sino probablemente una menor visibilidad por cambios en las tácticas.»
Otras rutas
Alex Papadovassilakis, investigador y periodista de InSight Crime, sostiene que hasta ahora no existen pruebas de que el tránsito de cocaína en el Caribe haya disminuido.
«No hemos encontrado indicios de una reducción sostenida en el movimiento de cocaína a través de la región», comenta a BBC Mundo.
Su equipo en InSight Crime entrevistó fuentes en países claves de tránsito como Venezuela, República Dominicana, Trinidad y Tobago y varias islas caribeñas para evaluar el impacto de las operaciones estadounidenses.

Fuente de la imagen, OFICINA DE PRENSA DE LA MARINA DE COLOMBIA
Como resultado de esta investigación, iniciada tras el primer ataque estadounidense a inicios de septiembre, concluyeron que el impacto existe, pero es pequeño y muy localizado.
Los ataques se han enfocado principalmente en lanchas rápidas que transitan el corredor marítimo entre Venezuela y las islas próximas, siendo la amenaza de un ataque con consecuencias letales un factor disuasorio importante para los traficantes, incrementando el riesgo de usar esa vía específica.
No obstante, Papadovassilakis advierte que el narcotráfico no depende exclusivamente de una ruta y sostiene que existen indicios que apuntan más hacia un redireccionamiento que a una interrupción del tráfico.
«Una de las cosas que hemos detectado desde el inicio de los ataques es un aumento de vuelos no registrados que se dirigen hacia el este atravesando el espacio aéreo de Guyana», comenta.
«Esto podría significar un aumento en los vuelos con droga saliendo de Venezuela hacia Guyana, Surinam o Brasil, rutas habituales para envíos de cocaína destinados a Europa», agrega.
También señala que se ha registrado un incremento del tráfico en la región amazónica entre Colombia y Venezuela, donde la amplia red fluvial y la espesa selva ofrecen un corredor ideal para trasladar droga con discreción.
«Si solo se ataca un medio de transporte en una ruta concreta, se puede cerrar una puerta», explica. «Pero quedan muchas otras abiertas que las redes criminales pueden explotar desviando sus envíos por otros caminos.»
Además, destaca que, incluso antes de la intensificación de los ataques estadounidenses en el Caribe, la mayoría de la droga destinada a EE.UU. transitaba por el Pacífico, no por el Caribe, y gran parte de ese tráfico circula en contenedores dentro de barcos comerciales, modalidad que no ha sido afectada por las operaciones de EE.UU.
Diversificación de tácticas
Pero el ajuste no solo es geográfico, sino que las estrategias también se han tenido que diversificar.
Adam Isacson, de la Oficina de Washington para América Latina, dice que probablemente los narcotraficantes estén utilizando un número mayor de embarcaciones pequeñas con paradas frecuentes a lo largo de las costas centroamericanas, como en Costa Rica.

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«También podrían estar incrementando el uso de contenedores, similares a los usados para transportar droga hacia Europa, así como recurriendo a rutas terrestres. Podrían emplear un número mayor de narcosubmarinos semisumergibles, torpedos dirigidos por drones e incluso aeronaves», indica.
Los narcosubmarinos son vehículos semisumergibles que apenas sobresalen del agua y permiten trasladar toneladas de droga a largas distancias con un menor riesgo de detección.
Este tipo de embarcaciones se usan con frecuencia para transportar cocaína a través del Atlántico desde Sudamérica, consolidándose como una opción alterna a las lanchas rápidas.
No obstante, subraya que el método más común continúa siendo el rip-on/rip-off, en el cual la cocaína se introduce en contenedores tras superar los controles de seguridad de los puertos y se extrae poco antes de llegar a destino.
Esto permite a las redes criminales evitar la detección sin tener que aplicar técnicas más elaboradas.
A pesar de ello, añade, los grupos criminales están experimentando cada vez más con métodos químicos avanzados, como transportar cocaína camuflada en cargas legales, disuelta en líquidos o mezclada con cemento o metales, lo que dificulta su detección.
Geoff Ramsey, analista del Atlantic Council, comenta que uno de los grandes retos para evaluar el impacto de las operaciones estadounidenses en el Caribe es la escasez de datos precisos, aunque coincide en que la mayor parte del narcotráfico sigue moviéndose por medio de cargamentos grandes y menos visibles.
«Es complicado obtener una visión completa del impacto de estas operaciones sin entender qué cantidad de cocaína se desplaza fuera de estas embarcaciones pequeñas, especialmente en el comercio marítimo convencional».
«Aplica fricción, pero no es la solución»
Los especialistas coinciden en que las operaciones en el Caribe no atacan el núcleo del narcotráfico.
«En definitiva, se trata más de enviar un mensaje que de interrumpir completamente el flujo de drogas», señala Ramsey.
Isacson va un paso más allá y las describe como «una molestia menor» para las redes criminales, que tienen capacidad para adaptarse, asumir costos mayores y redireccionar sus envíos.

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El foco sobre el Caribe podría estar dejando de lado rutas más significativas. Incluso antes de que arrancara la campaña, solo alrededor del 20% de la cocaína destinada a EE.UU. pasaba por esa región, mientras que la mayoría circulaba por el Pacífico.
«Esto genera fricción, pero no representa una solución definitiva», resume Isacson al citar a autoridades militares estadounidenses.
A largo plazo, ambos coinciden en que el problema es estructural y exige otro tipo de respuesta.
Ramsey subraya la necesidad de fortalecer controles sobre el comercio marítimo y la cooperación internacional, mientras que Isacson pone el énfasis en la corrupción.
«El narcotráfico prospera gracias a la impunidad y complicidad no investigadas entre funcionarios y redes criminales», afirma.
Señala que en países como Venezuela hay puntos clave —como carreteras, ríos y zonas de tránsito— que podrían ser controlados, pero en los que la alianza entre autoridades y delincuentes facilita el paso de la droga.
Concluyen que si no se abordan estos elementos, las rutas cambiarán, pero el flujo de droga difícilmente se detendrá.

