El ciclista británico protagonizó el movimiento más inesperado del mercado durante la pasada temporada. EL ESPAÑOL conversa con Alex Sans, director de su equipo.
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Fue la maniobra más destacada del último año en el pelotón. Tom Pidcock abandonó un gigante como el equipo Ineos Grenadiers para unirse al modesto, aunque emergente, proyecto del Q36.5.
Este cambio se interpretó como un pequeño retroceso para ganar impulso. Pasar a una categoría inferior no fue una elección ligera. Detrás de esta polémica decisión residían varias necesidades que el británico consideraba insatisfechas.
Thomas halló en este conjunto con licencia suiza el espacio ideal para reencontrarse consigo mismo. Tenía claro que allí sería líder absoluto, sin condiciones previas, y precisaba ese renovado estímulo emocional.
Xabier Mikel Azparren, junto a Tom Pidcock. Q36.5
El acierto de esta estrategia se evidenció en la pasada edición de La Vuelta. Allí, el británico alcanzó el podio, superado únicamente por Jonas Vingegaard y Joao Almeida.
Ahora EL ESPAÑOL entrevista a uno de los responsables de este logro. Alex Sans, director deportivo del equipo de Pidcock, detalla cómo se fue gestando su excepcional actuación en La Vuelta.
Una adaptación común
Desde que brilló en Ineos, dos ideas sobre Tom Pidcock han estado muy presentes. La primera aludía a su temperamento.
Un corredor difícil de controlar, que en ocasiones ignoraba las órdenes de sus directores y rompía con la disciplina establecida, como ocurrió en el Tour de Francia con Carlos Rodríguez.
En segundo lugar, existían dudas sobre su capacidad para ser competitivo en grandes vueltas. La pasada Vuelta supuso su primera vez en un podio de una carrera de tres semanas.
En Q36.5 -ahora Pinarello Q.36.5- conocían todo esto, no obstante, no dudaron ni un momento en fichar a un corredor del calibre del británico. Una oportunidad única.
«Todo superó mis expectativas. Antes de conocer a alguien siempre se oyen rumores, pero intento ser muy objetivo y hay que tratar con la gente», afirma Alex Sans al referirse a las primeras impresiones.
«Es cierto que cada persona se muestra diferente según el entorno. En nuestros inicios, él era muy reservado. Supongo que pensaba que éramos un equipo limitado y con poca experiencia, pero se llevó una gran sorpresa», agrega el directivo catalán.
Pronto Pidcock descubrió un conjunto volcado en apoyarle, algo que se reflejó rápidamente en su desempeño. Triunfó en el AlUla Tour, logró una etapa en la Vuelta a Andalucía y alcanzó un destacado segundo puesto en la Strade Bianche.
«Al ver el nivel y el equipo que hay detrás, eso le tranquiliza, genera confianza y su actitud cambia», explica el director.
Como en toda relación, ambas partes tuvieron que adaptarse: «Él también tuvo que ajustarse un poco. Aquí todos hacen su esfuerzo, tanto el equipo como él».
Gente de confianza
Tom Pidcock no cambió de equipo en solitario. Lo hizo junto a las personas en quienes más confía, aunque solo trasladó a unos pocos miembros a su nueva formación.
Uno de los más importantes fue Kurt Bogaerts. Mentor de Tom desde sus inicios, trabajó con él en Ineos y el año pasado se unió a Q36.5 para ejercer como director en algunas competiciones.
Jonas Vingegaard, en medio, Tom Pidcock a la izquierda de la imagen y Joao Almeida a la derecha. EFE
Otro apoyo clave fue su masajista de confianza, un elemento esencial para asegurar la óptima recuperación y el estado físico del británico.
Una temporada dividida en dos
El pasado año fue histórico para Q36.5, con sus invitaciones al Giro de Italia y La Vuelta. La presencia de Tom Pidcock fue sin duda vital para lograr estas ‘wild cards’.
El equipo diseñó un plan con él que fue ajustando según avanzaba la temporada, especialmente debido a la confirmación tardía del Giro.
«Antes del inicio teníamos la esperanza de estar en La Vuelta. Al ser la última gran vuelta y contar con tiempo para ajustar en caso de no recibir la invitación, estructuramos la temporada en dos fases», explica Sans.
La primera parte se enfocó en competiciones hasta las clásicas de las Ardenas, mientras que la segunda se destinó a rendir al máximo en La Vuelta.
«Pidcock quería comenzar el año con una victoria, así que elegimos una carrera adecuada en recorrido y nivel. Optamos por el AlUla Tour y cumplió ganando la primera prueba», revela Alex Sans.
Nada fue casual, todo se planificó con precisión: «El segundo objetivo más importante era Strade Bianche y Milán-Sanremo. En Strade dio una gran actuación, quedando segundo tras Pogacar«, recuerda Sans.
La preparación para el Giro no pudo ser óptima. RCS confirmó la invitación demasiado tarde, obligado a ajustar la planificación: «Entrenas para las Ardenas mientras observas con cautela el Giro». En Italia mostró algunos destellos, pero lejos de su máximo rendimiento.
La Vuelta, determinante
Después del Giro, el principal objetivo se convirtió, sin duda, en llegar en condiciones óptimas para La Vuelta.
«Pidcock mejoró en los entrenamientos, participó en un par de carreras de mountain bike, que a él le revitalizan y se nota en su forma de ser. Preparar esta segunda parte fue mucho más sencillo, el objetivo estaba claro y no hubo ambigüedades», confirma Alex Sans.
«La preparación se realizó en Andorra, a 2.400 metros de altitud. Aprovechando la estancia, dedicamos un día a reconocer el recorrido de la contrarreloj por equipos en Figueres. Pasamos unas tres semanas en altura», explica el director.
Todo giró en torno a la figura de Tom Pidcock. Como líder indiscutible, rindió al máximo y se cuidaron hasta los más mínimos detalles.
Como en la contrarreloj de Valladolid, donde el equipo reservó expresamente una habitación de hotel junto al parking de autobuses para que descansara tras el reconocimiento del recorrido.
Pidcock lideró al equipo y devolvió la plena confianza depositada en él. Su tercer puesto justificó la invitación a La Vuelta y proyectó su imagen internacionalmente.
Esta fue la edición más polémica de La Vuelta en años debido a las manifestaciones propalestinas. Estas provocaron que no se realizara la foto oficial del podio en Cibeles.
No obstante, Vingegaard, Almeida y Pidcock improvisaron una ceremonia en un parking entre cajas durante la noche. Esta iniciativa surgió de la madre de Pidcock, que quiso evitar que su hijo perdiera ese recuerdo imborrable.

