
Con la creciente popularidad de OpenAI gracias al lanzamiento del chatbot de Inteligencia Artificial ChatGPT, Sam Altman se consolidó como una de las mentes tecnológicas más relevantes y empresarios influyentes de la actualidad. Aunque no surgió de la nada, su nombre era prácticamente desconocido para el público general ajeno al sector tecnológico.
Como suele suceder con figuras de gran poder, la opinión pública tiende a dividirlas en dos categorías contrapuestas: aquellos considerados buenos y los catalogados como malos. Por ejemplo, Elon Musk, en términos generales, suele ser clasificado como un «villano», mientras que Tim Cook (CEO de Apple) es visto como alguien positivo.
La imagen de Altman, con aspecto de informático, delgado y con un aire reservado, llevó a que se le percibiera como «uno de los buenos», sin embargo, una investigación llevada a cabo por los periodistas Ronan Farrow y Andrew Marantz para la publicación estadounidense The New Yorker, sitúa a Altman como el «villano de Silicon Valley» y cuestiona sus verdaderas intenciones en el avance de la IA.
OpenAI comenzó con la premisa de que la IA podría convertirse en el invento más peligroso para la humanidad, y que su director ejecutivo debía ser una persona con integridad fuera de toda duda, pero tras más de un año y medio de análisis, no están convencidos de que Altman sea esa persona.
Estas conclusiones derivan de una serie de patrones, comportamientos y desafíos enfrentados por la empresa desde su inception. En primer lugar, destaca la salida abrupta de varios fundadores, altos cargos y ejecutivos de OpenAI en los últimos años, entre ellos Lilian Weng, vicepresidenta de Investigación y Seguridad, la directora de Tecnología, Mira Murati, y el científico jefe de OpenAI, Ilya Sutskever.
Muchos abandonaron la organización debido al fallido intento de destituir a Sam Altman, así como por las discrepancias en cuanto a las políticas de seguridad y los objetivos estratégicos de la compañía. En esencia, tras la apariencia de persona afable, Altman revela ser todo lo contrario, y abundan los testimonios que aseguran que el CEO mantiene un «patrón constante de mentiras», lo que impide saber con certeza sus pensamientos o próximos movimientos.
«Nos enteramos del lanzamiento de ChatGPT por Twitter», afirmó Helen Toner, exmiembro de la junta directiva despedida por Altman tras sus intentos de frenar sus planes. «Llegamos a la conclusión de que no podíamos confiar en nada de lo que Altman decía».
Pero esta cuestión no se limita solo a las mentiras internas, también involucra lo que comunica al público. Como se mencionó, Altman emplea el discurso del «riesgo existencial» y, al validar los temores de la sociedad, se posiciona como el único líder con la autoridad moral para gestionar dicho peligro.
Mientras el CEO afirma que el 20% de los ingresos de la compañía se dedican a la seguridad, el reportaje descubrió que en realidad solo un 2% se destinó a ese fin, además de que el equipo de seguridad fue disuelto, priorizándose el enfoque comercial.
Y otro punto relevante es que OpenAI surgió como una entidad sin ánimo de lucro, pero tras la reestructuración promovida por Altman en la junta directiva, reemplazando a fundadores y directores independientes por un grupo casi seleccionado personalmente por él, se rumorea que OpenAI está preparando su salida a bolsa para finales de este año, para protagonizar un debut histórico en el sector de la IA.
Se calcula que el objetivo es recaudar 60.000 millones de dólares en esta oferta pública inicial, posicionándose como uno de los debut bursátiles más destacados de la historia. Ante estos hechos, surgen muchas dudas sobre la ética de Altman y si realmente merece la confianza como líder de la era de la IA responsable.
Si las circunstancias no resultan favorables para sus planes, es incierto hasta dónde estaría dispuesto a llegar para alcanzar sus metas, cuestión que genera desconcierto: ¿cuál es el fin último de Sam Altman?

