Se inicia una nueva etapa estratégica en un mes crítico, tras las acusaciones sobre su vínculo con EEUU y la demora en cerrar acuerdos.

En Vox han supuesto un punto y seguido en su trayectoria reciente. La decisión estratégica fundamental que marcó la proyección del partido de Santiago Abascal —su retirada de los gobiernos autonómicos compartidos con el PP en julio de 2024— culmina ahora con la incorporación de Vox al Ejecutivo que formará María Guardiola en Extremadura -y que probablemente se replicará próximamente en Aragón-. Aquella apuesta, que situó a la formación de derecha dura fuera del poder, terminó sirviendo como impulso para Abascal, quien experimentó un notable aumento en las encuestas desde su posición en la oposición. Sin embargo, actualmente, el beneficio de esa táctica parece estar llegando a su límite. Para rebasarlo, Vox plantea un nuevo rumbo: vuelve a apostar por el poder y la gestión.
Su futuro se cimenta en esta decisión después de un mes especialmente crucial para la formación, ante la crisis generada por la continua pérdida de afiliados, el complicado contexto internacional por sus relaciones exteriores y el «bloqueo» en los pactos entre PP y Vox, que los populares atribuyen a Abascal. Todo esto ha provocado que, tras casi un año en ascenso en intención de voto, la formación de derecha dura haya estancado su crecimiento en abril, según diversas encuestas. Entre ellas, Sigma Dos, cuyo último sondeo refleja que Vox acumularía actualmente un 17,1% de apoyo en unas elecciones generales, 1,2 puntos menos que la previsión de marzo (18,3%).
Hay un dato especialmente relevante detrás de esta desaceleración. Durante el periodo de crecimiento constante, el flujo de votantes provenientes del PP era para Vox la principal fuente de nuevos apoyos, su motor de impulso más evidente. No obstante, en abril, el PP comienza a revertir esta tendencia, y no de forma gradual. El mes pasado, el 19,6% de quienes votaron por Alberto Núñez Feijóo en las elecciones de 2023 indicaban su intención de apoyar a Abascal en los próximos comicios —casi 1,6 millones de personas—, mientras que solo el 4,5% de quienes apostaron por Vox planeaban cambiar sus votos al PP —137.565 ciudadanos—. En marzo, esto resultaba en un saldo neto positivo de 1,46 millones de apoyos adicionales para Abascal procedentes del movimiento de votos en la derecha.

En abril, ese diferencial se ha reducido a menos de la mitad: Vox está captando netamente 685.180 simpatizantes del PP, 776.046 menos que hace un mes. El flujo de antiguos votantes populares hacia Vox ha descendido al 11,7% —953.670 personas—, mientras que, en sentido inverso, la fuga aumenta hasta el 8,8% —268.490—, casi el doble que en marzo.
El hecho de que el PP haya logrado frenar la transferencia de votantes hacia Vox, situando su pérdida neta por debajo del millón por primera vez en ocho meses, representa una variación clave, especialmente en un contexto donde ambas derechas redefinen su relación en las comunidades autónomas. Cuando Vox desempeñaba un papel de oposición frente al PP en las regiones, Abascal ganaba terreno respecto a Feijóo. No obstante, dado que esta estrategia parece agotada, Vox modifica su enfoque y competirá por el electorado de derechas mientras comparte el poder con el PP. La forma en que evolucione esa ecuación, o cómo la perciban los ciudadanos, resultará decisiva en los movimientos de votantes dentro del bloque.

Así, la decisión de Abascal de gobernar se convierte en su principal baza en el camino hacia las elecciones generales, justo cuando Vox comienza a evidenciar desgaste en la pauta que mantenía en los últimos meses. Y esto ocurre en varios frentes.
El primero es el ámbito internacional. En febrero del año anterior, Abascal reunió en Madrid a sus aliados europeos —desde la francesa Marine Le Pen hasta el húngaro Viktor Orbán— en una cumbre que simbolizó un homenaje común a Donald Trump, recientemente reinstalado en la Casa Blanca. Los partidos presentes en la capital española, que forman parte del grupo europeo Patriots, pusieron en marcha un frente trumpista que les mantuvo junto al presidente estadounidense a pesar de sus decisiones controvertidas.
Vox ha reafirmado reiteradamente su apoyo al republicano —evitando enfrentamientos con él durante la crisis arancelaria, ante su intervención en Venezuela o en las múltiples ocasiones en que amenazó a España—, aunque los sucesos del último mes, marcado por el ataque de EEUU e Israel a Irán, han desmembrado ese frente trumpista, y Vox comienza a pagar las consecuencias de su respaldo al norteamericano —según reflejan las encuestas—. En los últimos días, Abascal ha sugerido por primera vez un cierto desacuerdo con Trump respecto a sus críticas a la italiana Giorgia Meloni, señalando un viraje en su dirección que se intensificará con la caída de Orbán en Hungría, lo que implica un revés para Vox en su estrategia europea. Ante este panorama, el partido responde asumiendo el poder en Extremadura —y posiblemente en otras regiones—, estableciendo este paso como su nuevo pilar estratégico y esperanza para el futuro.
Un segundo aspecto crucial relacionado con la pérdida de votos en el último mes, y fundamental en la competencia por el electorado de derechas que el PP parece comenzar a frenar, es la estrategia de Vox para hacerse notar. Durante meses, Abascal mantuvo la máxima presión sobre los populares —incluso votando contra la investidura de Guardiola— como demostración de su fortaleza electoral, pero la demora para cerrar acuerdos con el PP ha perjudicado a Vox en beneficio de Feijóo. Según encuestas posteriores a las elecciones publicadas por el CIS respecto a los comicios en Extremadura, Aragón y Castilla y León, Vox logró, en términos netos, atraer al 14,4% de quienes votaron por Guardiola en 2023 y al 17,9% de antiguos partidarios de Jorge Azcón. No obstante, en Castilla y León solo captó al 7,8% de ex votantes de Alfonso Fernández Mañueco. Esta última campaña electoral coincidió con la fallida investidura de Guardiola, en la que el PP aprovechó el rechazo de Vox para fomentar el voto útil y culpar a Abascal de «bloqueo». El acuerdo firmado ahora en Extremadura pone fin a esta presión que Vox venía ejerciendo, y que en Castilla y León parece haberle costado apoyos. Así, Vox asume el pacto de gobierno sellado poco antes de las elecciones andaluzas, evitando así el riesgo de penalización por la tardanza en pactar con el PP.
A más largo plazo, el empeño de Abascal por recuperar el poder es también una respuesta a las críticas populares que acusaban a Vox de evitar gobernar para escapar al desgaste asociado, argumento que podría haberle perjudicado en este último mes de máxima necesidad de pacto. Por ello, ahora Abascal se aboca a asumir carteras ministeriales y responsabilidades reales, apoyándose en un programa de gobierno —al menos en Extremadura— que recoge la mayoría de sus tesis ideológicas, en especial en materia de inmigración. El objetivo será reimpulsar su crecimiento en la lucha por el voto de derechas al implementar sus propias políticas, de modo que su capacidad para recuperar más de un millón de votos del PP dependerá en gran medida de su habilidad para ejecutar y gestionar dicho programa, evaluándose tanto su viabilidad como sus resultados.
Este giro estratégico hacia la asunción de poder tangible también implica un último aspecto clave para el futuro de Vox: la necesidad de nuevos perfiles. Mientras la salida de antiguos dirigentes históricos sigue alterando la estabilidad interna del partido, Abascal promoverá a nuevas figuras que serán los referentes venideros y deberán afrontar el desafío de cubrir el vacío dejado por quienes ya no forman parte.

La solicitud de Vox para reducir diputados en Extremadura queda fuera del acuerdo
La «letra pequeña» del acuerdo alcanzado entre PP y Vox revela las cesiones que cada formación realizó para concretar el pacto. Si bien María Guardiola integró la mayoría de las tesis de Santiago Abascal en materia de inmigración, la formación de derecha renunció a incluir sus propuestas sobre aborto y violencia de género, entre otros temas. Asimismo, Vox aceptó que no se incluya en el acuerdo la reducción del número de diputados en la Asamblea autonómica, una condición que Abascal y Óscar Fernández, líder extremeño, habían planteado como requisito. «Para pactar, exigiremos la disminución de diputados en todos y cada uno de los parlamentos», manifestó el partido en sus redes en enero, premisa que ambos líderes defendieron, proponiendo esta medida como forma de reducir el gasto político.
De esta manera, la formación deja de lado esta bandera para avanzar en otras políticas, como las relativas a la oposición al Pacto Verde. Según el Gobierno central, estas medidas aislarán aún más a Extremadura, según advirtió ayer el vicepresidente Carlos Cuerpo, mientras que la ministra de Transición Ecológica, Sara Aagesen, calificó el acuerdo de «lamentable». Ante las posturas de Vox, Aagesen defendió que es «falso» que la agenda climática «destruya la economía y las oportunidades».

Feijóo y Abascal se distancian nuevamente ante la reducción de fugas del PP hacia Vox
Desde agosto de 2025, las proyecciones de intención de voto para PP y Vox mostraban dos trayectorias cada vez más convergentes, tanto en porcentaje como en cifras absolutas —estimaciones de papeletas—. En enero de este año, Alberto Núñez Feijóo superó un umbral significativo: por primera vez en esta legislatura, el sondeo de Sigma Dos indicaba que, en caso de elecciones, el líder del PP obtendría un resultado inferior al 33,1% logrado en los comicios generales de julio de 2023. En los meses siguientes, los ‘populares’ permanecieron por debajo de esa cifra, tocando suelo en marzo con un 31,9% de intención de voto. Esto también se reflejaba en valores absolutos: tomando como referencia los votos depositados en 2023, Feijóo habría obtenido 7,88 millones en marzo, frente a los 8,16 millones conseguidos hace casi tres años.
Por su parte, Santiago Abascal seguía la tendencia opuesta, mostrando un crecimiento constante entre abril de 2025 y marzo de este año, siempre por encima del 12,4% —3,05 millones de votos en 2023—. Se le estimaban hasta 4,5 millones de papeletas el mes pasado. Pero en abril, las tendencias de intención de voto de PP y Vox han dejado de unirse y comienzan a separarse. Aunque Feijóo sigue por debajo de su cifra de 2023 y Abascal por encima, la reducción de la fuga neta de votos del PP hacia Vox ha provocado que ambas formaciones cambien sus inclinaciones en paralelo.

