El aumento de ‘superhongos’ genera una seria preocupación entre especialistas, a diferencia de las conocidas ‘superbacterias’

Las infecciones fúngicas invasivas afectan a más de 6,5 millones de personas al año y presentan una elevada mortalidad

Foto: Un cirujano indio realiza una cirugía endoscópica para extirpar una infección por hongos a un paciente con mucormicosis. (Getty Images/Rebecca Conway) EC EXCLUSIVO

Hace un tiempo, tanto la comunidad científica como la médica alertan sobre una “pandemia silenciosa” provocada por ‘superbacterias’. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) aborda la resistencia a los antimicrobianos en general, mencionando antibióticos, antivirales, antifúngicos y antiparasitarios.

¿Quizá se ha puesto demasiado énfasis en las bacterias, dejando de lado a los hongos? Cada año, más de 6,5 millones de personas sufren infecciones fúngicas invasivas que cuentan con una alta tasa de mortalidad. Así lo confirma un estudio publicado esta semana en la revista Nature Medicine.

El artículo advierte sobre el incremento en la resistencia a los antifúngicos (AFR) y defiende la necesidad urgente de incluirla en la actualización de 2026 del Plan de Acción Global contra la Resistencia a los Antimicrobianos (GAP-AMR). Se especifican cinco pilares fundamentales basados en la concienciación y formación, vigilancia e investigación, prevención y control de infecciones, uso optimizado de antifúngicos e inversión e innovación.

“Se requiere un enfoque One Health [que integra salud humana, animal y ambiental], debido a que los hongos patógenos humanos tienen su hábitat natural en el medio ambiente, donde la resistencia a los antifúngicos médicos se desarrolla mediante la exposición a fungicidas con mecanismos de acción similares”, explica el documento. “Considero que todavía subestimamos la verdadera dimensión del problema. Numerosos países carecen de la experiencia y capacidades laboratoriales para identificar patógenos fúngicos a nivel específico”, comenta a El Confidencial Paul E. Verweij, primer autor del estudio.

De hecho, en los hospitales ya se observan infecciones fúngicas causadas por hongos resistentes a antifúngicos de primera línea. “Son frecuentes”, explica al periódico José Miguel Cisneros, portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC). “La distribución es muy variable y depende de la epidemiología local. Esto es crucial, porque cada centro debe conocer su propia epidemiología para ajustar correctamente los tratamientos empíricos. Se trata de un problema en crecimiento, que evoluciona paralelamente a las resistencias bacterianas, ambas en aumento”, añade.

Un ejemplo destacado en la investigación es la Candida auris, un hongo multirresistente que provoca infecciones graves, especialmente en entornos hospitalarios. Tras su detección en Europa en 2014, se han reportado más de 4.000 casos, con un récord en 2023 de 1.383.

El estudio de Nature resalta que la resistencia antifúngica es un problema interrelacionado entre la salud humana, animal, la agricultura y el medio ambiente. También hace hincapié en el uso de fungicidas en cultivos y antifúngicos en veterinaria: “Su uso extendido puede fomentar resistencias cruzadas a los medicamentos antifúngicos en reservorios ambientales y patógenos humanos”.

El doctor Cisneros explica por qué estas infecciones resultan más complejas de tratar que las bacterianas. “Los hongos poseen una estructura más elaborada y requieren medicamentos con un perfil de seguridad inferior al de los antibióticos. Además, el arsenal de antifúngicos disponibles es mucho más limitado que el de antibacterianos”, destaca.

Así pues, esta es otra cuestión que contempla la investigación. Actualmente, solo existen tres clases principales de antifúngicos autorizados para uso humano. Únicamente una clase, los azoles, cuenta con opciones orales; sin embargo, es precisamente en esta donde ya ha emergido la resistencia.

En línea con lo indicado por el experto de la SEIMC, el documento señala que hay “opciones terapéuticas restringidas” para tratar enfermedades fúngicas, y que los fármacos disponibles, como la anfotericina B, con frecuencia provocan “diversos efectos secundarios”.

“El acceso a los antifúngicos sigue siendo limitado o inaccesible, especialmente en países de ingresos bajos y medios, y la cartera de agentes con nuevos mecanismos es reducida, con pocos candidatos avanzando a ensayos en fases finales”, indican los investigadores.

Sobre el incremento de infecciones por hongos, Cisneros identifica dos causas principales. La primera está relacionada con el aumento de huéspedes susceptibles, es decir, pacientes vulnerables. “Paradójicamente, esto va ligado a los avances médicos. Trasplantes y tratamientos para enfermedades inflamatorias crónicas o cáncer ofrecen grandes beneficios, pero su coste es la inmunosupresión”, señala.

En consecuencia, el riesgo de adquirir una infección fúngica se eleva en estos casos, citando al Aspergillus, que provoca neumonías complejas. “En la población general también aumentan, aunque por hongos menos graves, pero la resistencia también influye. Un ejemplo serían las candidiasis vaginales que pueden evolucionar hacia infecciones difíciles de tratar”, destaca.

El aviso transmitido es claro: “Es fundamental enfatizar que uno de los principales factores de riesgo evitables para estas infecciones es el uso de antibióticos. Estos eliminan la flora bacteriana y, en ese instante, la flora fúngica residente no encuentra competencia, creciendo y multiplicándose con mayor rapidez”.

En definitiva, para el doctor, este es un mensaje “muy contundente, puesto que existen muchas acciones posibles para reducir estas infecciones”. “Es clave evitar el uso injustificado o la utilización de antibióticos de amplio espectro cuando se pueden emplear aquellos con espectro más reducido”, sostiene.

En resumen, el estudio de Nature Medicine solicita incluir la resistencia antifúngica en las políticas globales, promover la coordinación internacional intersectorial, establecer un grupo de trabajo específico y actuar sin demora para evitar repetir los errores cometidos con la resistencia bacteriana. “Durante mucho tiempo, las enfermedades fúngicas no fueron consideradas un riesgo para la salud pública y permanecieron desconocidas. Su gestión responsable es esencial para reducir la selección de resistencia a los antifúngicos”, concluye E. Verweij.

Scroll al inicio