La transmisión directa de ETA a las nuevas generaciones: jóvenes narran la historia desde su perspectiva

Las miradas de los tres nietos que intervienen en el documental. Las claves

El documental ‘Los nietos del silencio’ recopila los relatos de los nietos de víctimas de ETA y cómo el terrorismo continúa impactando sus existencias.

Alumnos de Periodismo de la Universidad de Navarra han dado voz a los nietos de Jesús Ulayar, Alberto Toca y José Luis Prieto, quienes fueron asesinados por ETA.

Esta producción denuncia el silencio y la falta de memoria social sobre el terrorismo de ETA, además de subrayar la importancia de transmitir la verdad a las generaciones futuras.

La reina Letizia acudió inesperadamente al estreno para respaldar la difusión del documental y honrar la memoria de las víctimas.

Nuestros padres engañaron. «Si alguien pregunta por qué morimos, dile que fue porque nuestros padres mintieron».

Estas palabras las escribió Kipling tras la pérdida de su hijo John en la Primera Guerra Mundial. Años más tarde, Jon Juaristi –exmiembro de ETA– las usó en un poema para explicar por qué tantos jóvenes en Euskadi mataron y murieron.

Cuando un joven toma un arma, siempre hay un adulto que miente. Puede ser un padre, un hermano mayor o un profesor. Un niño en proceso de crecimiento, un adolescente, requiere la figura de un adulto violento a quien admirar para disparar a quemarropa.

Esa etapa ha quedado atrás. A pesar de las dificultades, atravesamos la mejor época conocida hasta ahora. Nadie es asesinado en España por expresar públicamente sus opiniones.

En debates recurrentes, donde muchos sostienen que nuestros padres tenían mejor calidad de vida porque adquirían vivienda y consolidaban sus planes vitales a los treinta años, resulta útil mencionar la palabra «ETA», que refuta esa afirmación de forma clara.

La sociedad actual es más avanzada que hace dos o tres décadas porque ETA ha cesado su actividad homicida.

Sin embargo, quienes somos padres ahora, corremos el peligro de seguir propagando mentiras.

Cuando desaparece la violencia política, el engaño parental provoca daños sociales como el olvido y la pérdida de memoria. No contar la verdad igualmente constituye una mentira.

En el sentido de «padre» usado por Kipling y Juaristi, que fundamenta este artículo, se incluye a todas las personas que han superado los treinta años y pueden influir en los jóvenes a su alrededor.

Los medios están llenos de encuestas que indican… «Los jóvenes desconocen quién fue Miguel Ángel Blanco«. Ni Blanco, ni Toca, ni Prieto, ni López de Lacalle, ni los Jiménez Becerril. Ninguno.

La responsabilidad no recae en los jóvenes, sino en los padres. Nuestro fallo es que la historia no se aprende por simple exposición, sino por herencia.

España vive un momento decisivo. Actualmente se escribe el legado de ETA de forma débil, con letra pequeña y apenas visible.

Quienes, tanto por convicción –la izquierda abertzale y sus aliados– como por estrategia política –el Gobierno y sus simpatizantes– ignoran o minimizan el terrorismo, están ganando terreno frente a quienes buscamos lo opuesto: celebrar su fin, pero junto con el necesario ejercicio de la memoria. Para evitar su repetición. Para honrar a las víctimas y a quienes murieron defendiendo la libertad.

Un asesinato dura un instante, pero condiciona toda una existencia. Es un momento que marca un árbol genealógico. Los nietos que no conocieron a sus abuelos los lloran porque crecen en un ambiente de dolor, silencio e incomprensión.

Cada atentado tiene similitudes, pero también diferencias. Basta con instalar una microcámara en los seres queridos de la víctima una vez al año para percibir lo que significó ETA.

No obstante, este texto no pretende ser pesimista. Más bien, lo contrario.

En ocasiones, el sentido de la responsabilidad se invierte.

Un grupo de estudiantes de Periodismo de la Universidad de Navarra eligió una perspectiva casi siempre olvidada para recordar: la de los nietos de los asesinados. Nietos que, sin conocer a sus abuelos, siguen sufriendo las secuelas del daño.

Acaban de presentar el documental Los nietos del silencio. Un espacio, una cámara y tres nietos: uno de Jesús Ulayar, otro de Alberto Toca y otro de José Luis Prieto. Son 35 minutos cargados de una emoción intensa.

La sencillez y el trabajo artesanal impuestos por el limitado presupuesto y recursos se convierten en la mayor fortaleza del film. Porque no se precisa nada más. El guion, además, acertó al preservar esa simplicidad: permite que los nietos relaten –sin interrupciones aparentes– cómo el impacto de ETA sigue afectando sus vidas.

El abuelo se llamaba Jesús Ulayar, y así se llama también el nieto entrevistado. Fue alcalde de Etxarri Aranatz a principios de los años setenta, casado y padre de cuatro hijos, y fue asesinado a tiros mientras caminaba con su hijo de trece años. Al salir de prisión, el pueblo, dominado por abertzales, nombró hijo predilecto a uno de los asesinos, Vicente Nazábal.

Asimismo, le otorgaron el honor de lanzar el cohete durante las festividades, desde el mismo balcón donde años antes lo había hecho el alcalde Ulayar encendiendo el cohete con su cigarillo.

Los asesinos de Ulayar eran considerados héroes en Etxarri, mientras que la familia Ulayar se veía obligada a alejarse, hasta abandonar la casa, siempre profanada con pintadas relacionadas con el terrorismo.

Uno de los hijos de Jesús Ulayar, al encontrarse con Nazábal, le llamó «asesino», y este, frente a todos, lo derribó con una patada en el pecho. Parece que pasó un siglo, pero fue hace muy poco.

Su nieto Jesús, quien habla en el documental, relata que la familia, al irse de Etxarri y establecerse en Pamplona, ingresó en un colegio donde el psicólogo era… uno de los asesinos de su abuelo.

Un día, años después, Jesús entró en un bar y se topó con Nazábal. Sin dirigirse a él verbalmente, le dijo a la cámara: «Que sepas que este hombre aquí asesinó a mi abuelo». Al salir, el asesino le disparó metafóricamente con las manos.

Esa es la sociedad que retrata el documental: la de la desmemoria. Un país donde un asesino puede realizar gestos amenazantes hacia el nieto del hombre que mató con una pistola. Un país en que el asesino derriba con una patada al hijo de la víctima.

Todo esto sucede en medio de un silencio cómplice y denso. El único remedio disponible es promover reportajes, documentales y novelas que generen una conciencia social suficiente para que el asesino sea estigmatizado.

Dentro de ese marco se inscribe también la actitud de la reina Letizia, quien apareció inesperadamente en el estreno del documental. Su único objetivo fue amplificar la difusión del film y, por ende, la memoria.

Es difícil, quizá imposible, que un asesino se arrepienta si no vive en una sociedad donde se diga la verdad; si continúa viviendo en una sociedad fundada en la mentira de sus padres. Nuestros padres mintieron. Y hoy se presenta la oportunidad, en cualquier ámbito, de contar lo que realmente ocurrió.

Beatriz llora porque su abuelo Alberto Toca, de 56 años, padre de siete hijos y delegado de una mutua, fue tiroteado. Esos disparos, simbólicamente, han ido apagando la alegría de su abuela, de sus padres y parcialmente la suya.

A Teresa le ha costado entender cómo asesinaron a su abuelo José Luis Prieto, un hombre bueno, teniente coronel retirado y padre de siete hijos, cuando acudía a misa con su esposa. Teresa tiene dos hijos pequeños y llegará el día en que tendrá que explicarles.

En un momento del documental, Beatriz dice: «Le debo a mi abuelo que la gente sepa que no murió, que murió asesinado por ETA».

No es un deber solo suyo. Es un compromiso de todos.

Para que nuestros hijos no tengan que decir nunca que sus padres mintieron.

Los creadores del documental son Leyre Sanz, Aitana Quindimil, Diego Fernández Tortosa, Carolina Olivar, Sergio Durán, Montserrat Osés, Raúl Villegas, María López, Santiago Millán y Rafael Salas.

Scroll al inicio