Arturo Pérez-Reverte presenta «Enviado especial», una recopilación de sus crónicas bélicas, junto a una nueva edición de «Línea de fuego» con motivo del 90 aniversario de la Guerra Civil.
El autor reivindica la memoria de los soldados de ambos bandos, resaltando que muchos combatieron por compromiso y no por convicciones ideológicas.
Pérez-Reverte denuncia la actual utilización política del relato sobre la Guerra Civil y defiende que su interpretación debe quedar en manos de los historiadores.
Destaca la crudeza del conflicto fratricida, donde vecinos y familiares se enfrentaron, y lamenta la pérdida de derechos y los retrocesos sociales que afectaron a toda la población española.
Le propina un castigo contundente. Falcó se mide con Hemingway. En verdad, es Arturo Pérez-Reverte, creador de ese universo, quien decide y ataca al laureado Nobel con barba blanca, impulsado por una suerte de venganza lúdica.
Ahora, Reverte, que deja el sombrero y abrigo en un perchero de madera en la RAE, lanza Enviado especial (Alfaguara, 2026), sus crónicas de guerra. El título provoca una sonrisa, pues es un homenaje directo al que encabezó las crónicas de Hemingway.
Reverte siente una mezcla de admiración y crítica hacia Hemingway. Conoce bien la vida del corresponsal en zonas bélicas. Beber, liberar adrenalina, divertirse, escribir, apagar colillas en el suelo y marcharse en avión… mientras otros —las víctimas del conflicto— quedan atrás, luchan y mueren. Destruyendo un país que no les pertenece.
El tema que nos convoca es la guerra en su conjunto. Estas crónicas, ahora accesibles para cualquier lector y no guardadas en archivos olvidados, son el sustento de Línea de fuego (Alfaguara, 2026), su novela sobre la Guerra Civil, que ahora se reedita con un prólogo dedicado a los noventa años del conflicto.
Vamos a despojar a Reverte de su americana, sus pantalones de pana y sus zapatos relucientes. Reabriremos sus cicatrices para que brote la sangre y se levante el polvo, guiándolo desde su infancia, en la que tuvo sus primeros vislumbres de la guerra, hasta las múltiples naciones donde relató otros conflictos bélicos.
Hablaremos de sus lecturas, las cartas ocultas en casa, las frases veladas de sus padres y abuelos, la educación nacionalcatólica, la memoria republicana, el tardofranquismo y la llegada de la Democracia.
Nos sumergiremos en esa biblioteca fratricida, llena de libros de hunos y hotros, que terminó por cubrir una pared de su hogar como si fuera una planta trepadora. Demasiado valiosa para ser respetada; demasiado pesada para ser robada.
***Esta entrevista constituye la primera parte de la conversación. Mañana se publicará la segunda entrega, centrada en la literatura, el mundo editorial y la crítica literaria.
Su padre, su tío y su abuelo combatieron por la República. Hablemos de ellos en 1939. ¿Qué ocurrió con su abuelo?
Mi abuelo fue depurado por formar parte de la Marina republicana durante la guerra. Estuvo destinado en el arsenal. Lo juzgaron y encarcelaron. Fue algo que le tocó sufrir.
Al provenir de una familia destacada en Cartagena, obtuvo un aval y fue liberado, aunque perdió su empleo y permaneció cinco años desempleado. Pasó momentos muy difíciles antes de reemprender su vida.
¿Su tío Lorenzo fue quizás el pariente más relevante durante la creación de la novela?
Así es, porque entre los tres, mi tío Lorenzo fue quien más estuvo en los frentes de combate. Formaba parte de una unidad de choque. Resultó herido en el frente. Poco después del conflicto, salió un día a un baile, contrajo una pulmonía que se complicó debido a sus heridas y falleció temprano, a inicios de los años cuarenta.
¿Y su padre?
Mi padre aspiraba a ser marino, pero la guerra impidió ese camino. Fue llamado a filas dentro de la República mientras estudiaba Ingeniería. En 1939 tuvo que hacer la mili nuevamente, esta vez en Logroño.
Para «reeducarse», supongo. Muchos republicanos pasaron por esa segunda mili, una forma de «fabricar» un soldado renovado.
Contaba que sufrió más durante esos dos años que en la contienda. Los tres tenían un perfil poco partidista cuando estalló el golpe. Simplemente, «les tocó estar ahí».
Usted nació doce años después del conflicto. ¿Le hablaban su padre y abuelo sobre lo vivido?
Nunca. Jamás abordaban ese tema durante mi infancia. Tampoco los padres de mis amigos lo hacían. No querían contaminar nuestras inocencias. Intentaban mantenernos alejados de la desolación, vileza e infamia que presenciaron. En Cartagena, especialmente, la guerra fue especialmente dura.
¿Por qué?
Durante tres años de República hubo una represalia severa contra «la gente de derechas», con muchos muertos en ese bando, pero también por los bombardeos en general. Luego, con la llegada de los nacionales, la represión se invirtió, funcionando igual pero al revés. Fue una ciudad que padeció tremendamente.
¿Cómo hacía para convivir en usted, siendo niño, la enseñanza nacionalcatólica escolar con esa experiencia familiar republicana silenciada?
No existía esa convivencia, pues en mi hogar y en la mayoría de casas no se hablaba de guerra. Comprendí luego que mi abuelo y mi padre, como tantos de su generación, buscaron prevenir que desarrolláramos resentimiento. No deseaban para nosotros esa carga.
En Cartagena, donde nací y crecí, esa situación era común. La mayoría de mis amigos procedían de familias republicanas al inicio de la guerra y tampoco les hablaban del conflicto.
¿Qué supone que sentían realmente su padre y abuelo, ahora que ha pasado tiempo? Me refiero a cómo educar en un contexto tan complicado.
Querían que mirásemos hacia el futuro. Pensaban quizás: «Esta España [la de Franco] algún día cambiará y habrá que estar preparados para la libertad». En casa me ponían libros porque la lectura era una vía de libertad.
Leer me ayudó mucho en esa etapa y mucho más como periodista y corresponsal. Todo lo que presenciaba en la guerra lo había aprendido en libros, y eso me permitió procesarlo. Sin esas lecturas, probablemente habría enloquecido.
¿Cómo se manifestaban las huellas inevitables de la guerra? Me refiero a esas señales que, aunque silenciadas, afloraban con alguna negligencia.
De vez en cuando aparecía una bala guardada en un cajón, que luego descubrías que fue extraída a mi tío Lorenzo en la guerra. O una carta iniciada con: «Querida mamá, te escribo desde…».
Estudié en los Maristas, un colegio bueno. Quiero decir que, aunque la formación incluía aspectos políticos propios de la época y ‘del espíritu nacional’, en general fue enriquecedora. Crecí sin traumas. Se solía decir una frase que definía aquel ambiente y silencio.
¿Cuál?
«Eso fue antes de la guerra; eso fue después de la guerra».
Como antes y después de Cristo.
La guerra servía como punto de referencia temporal que dividía dos períodos, dos mundos. No era una referencia política en mi hogar o el de mis amistades, sino en la enseñanza y la celebración oficial de la victoria.
¿Aquellos cuadernillos de la Formación del Espíritu Nacional?
En Historia de España había materiales que exaltaban el régimen de Franco «que salvó a la nación de las hordas rojas». Sin embargo, en nuestra vida cotidiana lo más presente, paradójicamente, era la Segunda Guerra Mundial.
Porque para los mayores no era un tema conflictivo.
De la Segunda Guerra Mundial se hablaba mucho: de americanos, alemanes, franceses y japoneses. Veíamos películas y leíamos cómics. Al recordar esto, caigo en cuenta de que fue así.
Durante mi infancia y juventud, la Guerra Mundial tuvo más presencia que la Civil. No había cómics de nuestra guerra, pero sí de la mundial. Todos leíamos Hazañas bélicas.
¿Acabó el imaginario de esa guerra desplazando al de la Guerra Civil?
El imaginario de la Guerra Mundial eclipsó sin duda al de la Guerra Civil. Jugábamos a ser alemanes o americanos, a simular que navegábamos en submarinos en el Atlántico. Supongo que nuestras familias nos encaminaban hacia eso. Recuerdo que nos dejaban volar en ese sentido.
«La guerra se usaba como un parteaguas entre dos vidas. Antes y después de la guerra»
Como periodista cubrió cerca de veinte guerras, siete de ellas civiles. ¿Qué semejanzas y diferencias halló entre las guerras civiles en general y la española en particular?
Pienso que la Guerra Civil española fue como todas las guerras civiles. Cuando el enemigo está tan cerca, entran en juego otras causas, los rencores personales: un robo de novia, un perro perdido, tierras usurpadas, disputas hereditarias.
Estos conflictos menores se reflejan en los pueblos y luego en el país. Las guerras civiles implican factores ligados al rencor y la familia, ausentes en conflictos exteriores. Por ello, son siempre más crueles.
En una guerra civil, la venganza debe ser sencilla.
Porque conoces quiénes son los familiares de quienes mataron a los tuyos. Esa característica ya existía en España antes de 1936. Las guerras carlistas también fueron civiles y muy crueles. Por ejemplo, la madre del general Cabrera, carlista, fue fusilada por liberales, y él respondió matando esposas de oficiales liberales.
Vi esa brutalidad de la guerra española replicada en Nicaragua, El Salvador, Angola o los Balcanes. El mecanismo es el mismo, cambian circunstancias pero se repite el impulso. Las guerras civiles dejan más fantasmas que otras. En ellas, la parte más oscura del ser humano se muestra con mayor claridad.
Casi cuarenta años y muchos libros después, publicó su novela sobre la Guerra Civil. ¿Por qué la tardanza? ¿Miedo? ¿Desinterés?
No quería abordar el tema, de verdad. Pero comencé a ver cómo se difundía en España un relato que no correspondía con la realidad. Fueron los políticos quienes me impulsaron a escribir Línea de fuego. La manipulación política lo hizo inevitable.
Hablemos de su perspectiva sobre la guerra. ¿Cuál es y qué afirmaciones empezaban a contradecirla?
Hay aspectos básicos. Primero, la guerra comienzó tras un golpe militar contra la República legítima. Al fracasar el golpe, estalló el conflicto. Se cometieron atrocidades en ambas retaguardias y, finalmente, se instauró una dictadura de cuarenta años con represión bastante prolongada.
Siempre creí fundamental destacar que las maldades políticas de las cúpulas no reflejaban la mayoría de soldados en el frente; en mi tío Lorenzo, en cualquier familiar de los españoles.
Explique mejor.
Muchos soldados combatieron en uno u otro bando por obligación. Por ejemplo, mi suegro, joven izquierdista aragonés, peleó bajo la bandera de Falange. Mañas, personaje de la novela, está inspirado en mi suegro. Mi padre y tío, de una familia «bien», combatieron por la República.
La perspectiva desde la trinchera no puede equipararse con la retaguardia o la de los políticos y generales que dirigían la guerra. Son realidades distintas. En España hoy se confunden y con la novela quise dignificar a los muchachos que estuvieron en el frente.
La novela se distancia claramente de las retaguardias. Aunque el pueblo que inventa junto al Ebro es el epicentro de la trama, no menciona lo que ocurre en la retaguardia.
Exacto. No quise describir esas retaguardias donde robaban, ajusticiaban y mataban sin control. Para mí, siguiendo a Chaves Nogales, no hay diferencia moral entre los asesinos del Tercio y los asesinos anarquistas. Todo está en su prólogo de A Sangre y fuego.
Decir que un dictador impondría su régimen, ganase quien ganase el conflicto, le costó la censura de ambos bandos.
La lucidez de Chaves fue adelantada y arriesgada. Pero vuelvo a lo principal: aunque la retaguardia fue sucia e innoble, hubo una represión brutal tras la guerra y una dictadura larga, debemos honrar a los jóvenes del frente.
En la portada de ‘Línea de fuego’ hay dos citas sobre ambos bandos del frente.
Sí, ¿podría pedirle que las mencione en la entrevista? Creo que sintetizan mejor que yo de qué hablamos.
Juan Yagüe, general franquista: “Los rojos luchan con tesón, defienden el terreno palmo a palmo, y cuando caen lo hacen con gallardía. Han nacido en España. Son españoles y, por tanto, valientes”.
Vicente Rojo, jefe de Estado Mayor de la República: “La terquedad contra la tenacidad, la audacia contra la osadía; y también, justo es decirlo, el valor contra el valor y el heroísmo contra el heroísmo. Porque, al fin, era una batalla de españoles contra españoles”.
«¿En serio quedan imbéciles en España que comparan a los criminales de retaguardia con los soldados?»
Decía que los políticos le forzaron a escribir la novela. Le planteo algo: hace diez años, la extrema izquierda retrataba la República como una arcadia inmaculada. No toda la extrema izquierda, claro. Anguita dijo: «No se debe idealizar una Tercera República que repita errores de la Segunda». Incluso Carrillo y Besteiro renunciaron a esos episodios.
Por otro lado, una extrema derecha sin representación defendía que el franquismo no fue tan malo. Hoy, el PSOE sostiene el relato de la extrema izquierda, y esa extrema derecha tiene más de 50 escaños. En estos años, el problema ha empeorado tras la publicación de su novela.
Exactamente. Por eso la reedición no es casual. Esta novela hoy es más necesaria que cuando se lanzó hace seis años. La guerra que narran algunos actores hoy no corresponde con la realidad.
Insisto: ¿alguien puede creer que un soldado republicano o carlista es igual que un miliciano que comete asesinatos en la retaguardia o un falangista que da el paseo? Eso es injusto. Mi intención es limpiar la imagen de quienes lucharon en los frentes.
Les lanzo esta pregunta, igual que a los lectores de la reedición: ¿Existe una diferencia moral entre dos jóvenes de 17 años reclutados, que pelearon con valentía y murieron, uno con el gorrillo miliciano y otro con la boina del requeté?
¿En serio quedan imbéciles capaces de equiparar a los soldados de las trincheras con los políticos y generales, con toda la chusma criminal oculta en la retaguardia?
¿Qué peligros ve en las políticas de «memoria democrática» del Gobierno y ese discurso de «el franquismo no fue tan malo» que promueve la extrema derecha?
Lo ideal sería que la guerra la narraran los historiadores y no los políticos. Porque lo que cuentan la extrema izquierda y la derecha es absurdo. No han leído nada. Solo repiten consignas analfabetas.
Quiero que la guerra la cuenten Enrique Moradiellos, Julián Casanova, Juan Pablo Fusi y los grandes historiadores de España, con sus diversas posturas.
¿Cuentan los jóvenes con herramientas para contrarrestar esas distorsiones que dominan el debate público?
Hoy, en general, los jóvenes están muy pegados a las pantallas y lejos de las bibliotecas. No tienen libros ni memoria viva para defenderse. Los últimos testimonios están desapareciendo.
Solo les llegan clichés: Franco malo, República un paraíso; la guerra causada por unos generales y curas.
Dice esto con tristeza, pero no negará que le satisface que le critiquen tanto la extrema izquierda como la derecha. Es como pasar la ITV.
Sí, esa fue la sensación que más me tranquilizó tras la publicación. Y me produjo un peculiar placer.
Curiosamente, la generación que vivió y protagonizó la guerra tiene grandes referentes morales: Chaves Nogales y su justa ecuanimidad.
Dionisio Ridruejo, con uno de los mayores arrepentimientos que ha conocido España en el último siglo. Manuel Azaña, arrepentido en sus últimas páginas y su llamado a «paz, piedad y perdón». ¿Cómo es posible que hoy no existan referentes morales políticos para abordar la guerra?
La Guerra Civil fue neutralizada durante la Transición. En líneas generales quedó digerida la memoria, aunque faltaba la exhumación de fosas comunes. Pero cuando un partido no tiene base intelectual sólida y necesita argumentos simples, puede usar cualquier recurso para atacar al adversario.
Zapatero reabrió la Guerra Civil como arma política. Hoy, la extrema derecha emplea ese comodín. Convertir la guerra en arma política es lamentable. Lo hacen personas que no vivieron el conflicto, ni leyeron nada al respecto. Fue terrible. Esa tragedia comenzó con Zapatero.
Menciona que no han leído nada. ¿Cuáles considera imprescindibles para comprender la Guerra Civil?
Muchos. Difícil elegir unos pocos. Pienso en A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, que representa a la tercera España; Madrid de Corte a Checa, de Agustín de Foxá; La fiel infantería, de Rafael García Serrano, con visión falangista.
Además, La forja de un rebelde, de Arturo Barea; y Contraataque, de Ramón J. Sender, desde la óptica republicana. Creo que juntos ofrecen un panorama amplio de la guerra.
¿Y los libros de corresponsales? Hemingway le gusta, pero percibo molestia. En Falcó, uno de sus personajes, le pega un buen repaso.
Hemingway es un escritor gigante, poderoso, que admiro. Pero tengo cuentas pendientes con él. Lo sigo leyendo con respeto.
Sin embargo, parece disgustarle algo. Falcó parece humillarlo en la novela.
No soporto la fanfarronería de Hemingway. Andaba por hoteles en la Gran Vía dando clases a españoles sobre cómo hacer la guerra. Hay una foto donde se le ve enseñando a alguien a usar un fusil. Creo que fue un mal amigo, una mala persona y boca suelta.
¿»Mal amigo» lo dice en referencia a Scott Fitzgerald?
Sí. Mientras se construía como mito, humillaba y desprestigiaba a Fitzgerald, usando sus miserias personales. Lo que más me molesta es que sé para qué vino Hemingway a España.
Porque usted también fue corresponsal en guerras.
Claro. Sé lo que implica ser corresponsal de guerra: llevas dinero, bebes, te diviertes, buscas adrenalina, hay mujeres atractivas… Y lo que pasa no afecta a tu país ni a tu familia, a veces ni siquiera a tu continente.
¿Se llegó a despreciar a sí mismo como desprecia a Hemingway?
Sí. Llegas, te diviertes, haces la foto, les das un cigarrillo y te vas porque tienes un billete. Conté mucho de esa vida en Territorio comanche. Hemingway se autoengrandecía y eso me irrita. Aun así, lo admiro como escritor.
¿Fue Hemingway honesto? ¿Los corresponsales eran imparciales o tenían sesgos?
Hemingway calló mucho. La mayoría también. Miraban todo con distancia para ser ecuánimes pero callaban para no perjudicar al bando que representaban. Hemingway supo del intérprete torturado de Dos Passos y del asesinato de Andreu Nin, y nunca lo publicó.
«Zapatero desenterró la guerra como arma política. Hoy, ese comodín también lo utiliza la extrema derecha»
En su novela destaca el personaje Ginés Gorguel, un soldado forzado a luchar con los franquistas, que me recuerda a José de Arteche, autor del mejor libro sobre la guerra: ‘El abrazo de los muertos’, un nacionalista vasco, católico, que combatió obligado con los franquistas.
Ginés Gorguel ilustra cómo cambia la percepción al mirar desde la línea de fuego, lejos de la retaguardia. Los esquemas se desvanecen al enfocar la trinchera.
El prólogo de la edición especial lleva por título ‘La guerra que todos perdimos’, frase muy comentada. Explíquelo para dejar constancia.
En 1939, los republicanos perdieron y ganó Franco, eso es claro. Había un bando legítimo y otro ilegítimo. Pero la guerra la perdimos todos los españoles, sin importar nuestras ideas, porque perdimos libertades, retrocedimos medio siglo y perdimos la república. El retroceso afectó a todos, incluida la mujer.
Caímos en un atraso que afectó a España entera.
En el bando republicano las mujeres tenían una conciencia clara de lo que podía perderse. Por eso creó a Pato y la unidad de transmisiones.
Ellas entendían que se jugaban avances a largo plazo y que, de perder, serían reducidas a esposas sumisas. Intentaron participar, especialmente en el bando republicano, pero pronto fueron apartadas. Las convirtieron en un adorno superficial, fuente de problemas más que de beneficios.
Creé esa unidad de transmisiones para que mujeres pudieran cruzar el Ebro con los militares, llevando a la mujer a la primera línea y narrando su historia sin folclor, lejos de retratos superficiales de Life o Paris Match. Quise devolverles dignidad arrebatada por la propaganda.
Emociona un pasaje donde un personaje dice: «Se oye al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma y se enfrían las ganas». Pero esas ganas no se enfriaron, y esa es la tragedia de las guerras civiles.
Así es. Lo dice un dinamitero a un amigo. Generalmente, las ganas no disminuyeron, y fue catastrófico. Pero hubo momentos en que sí se amortiguaron, muy conmovedores.
Por ejemplo, en las trincheras de Huesca. Juan, veterano franquista, contó cómo su hermano luchaba en el bando republicano. Con el frente estabilizado, los bandos se insultaban y cantaban canciones desde las trincheras.
Un día alguien preguntó si había gente de su pueblo y su hermano respondió con nombre. Una voz le gritó: «Juanito, soy Pepe, tu hermano».
Prometieron a sus superiores no cruzar líneas y lograron permiso para encontrarse brevemente, abrazarse, fumar y despedirse. No se vieron de nuevo hasta siete años después.
Hoy es complicado escribir novelas sobre el frente. Las inspiraciones quedan limitadas a obras partidistas de Sender, Aub, García Serrano… Y desaparecen los últimos soldados. Estamos en 2026. La quinta del biberón ya es centenaria; si están lúcidos, tienen 105 o 106 años.
Algunos soldados, republicanos o carlistas, iban al camión acompañados por sus madres con bocadillos. «Adiós, hijo, abrígate, te he puesto una bufanda y un bocadillo».
Como en la obra de teatro de Arrabal, ‘Pic-Nic’, donde los padres van al frente a hacer picnic para ver a sus hijos.
Una sátira que refleja la realidad. ¡Eso fue la guerra!
Volviendo a la documentación, mencionó los materiales que alimentaron la novela.
Principalmente, documentación: prensa, libros y papeles. Luego, mi experiencia como corresponsal en guerras civiles. Finalmente, las charlas, mucho tiempo después, con algunos combatientes. Corresponsalía, literatura y memoria.
¿Hubo también una parte técnica? Describir el frente es más complejo que la retaguardia.
Estudié manuales técnicos de armamento, adquirí armas de época, otras me fueron prestadas. Pero lo más relevante es la memoria. Cuando no hay testimonios, la ideología toma el control.
Un tuit de Pablo Iglesias o Abascal influye más en el relato de la guerra que un libro de Moradiellos o Casanova. ¿Cuántos políticos con cuentas en redes han leído los libros imprescindibles?
Hablemos del desenlace de la guerra. La República, con más territorio y tropas al inicio, se cayó por las revoluciones internas?
Sí. En el bando franquista había disciplina militar estricta. Mandaban los generales de África, impusieron jerarquía y establecieron reglas claras: exterminar al adversario y aterrorizar la retaguardia para evitar riesgos.
La guerra fue concebida como operación quirúrgica. Ganaron con serenidad implacable y gran tesón militar. Lo militar primó sobre lo político.
En la República, el caos y divisiones internas minaron la disciplina.
Recordemos a Azaña: «Intente gobernar rodeado de imbéciles». Socialistas, anarquistas, nacionalistas se peleaban entre sí. Fue un caos, una revolución interna en el propio bando.
Ha dicho que estudiar las operaciones militares republicanas fue desolador.
Sí, porque uno ve la inutilidad de tantos sacrificios, hombres muertos y destrucción en operaciones descoordinadas y sin objetivos claros.
Las órdenes del general Mola anunciaban terror para quienes no cumplieran la disciplina, pero Franco tuvo también opositores internos.
Sí, Manuel Hedilla fue encarcelado por oponerse. Hubo represión inmediata contra falangistas disidentes. Los requetés se sintieron traicionados. Franco absorbió todos los elementos revolucionarios a su alrededor.
Franco fue el último general en sumarse al golpe, para irritación de Mola.
En esos momentos, Franco no tenía ideología. Se apoderó de todo y lo utilizó para crear un gran aparato militar, una España convertida en cuartel grande. Por eso eliminó a José Antonio Primo de Rivera.
Si Primo de Rivera hubiera sobrevivido y propuesto pactos con la República, ¿habría existido la dictadura de cuarenta años?
No lo sé. Quizás España habría sido diferente, aunque Primo de Rivera mantenía afinidad con el fascismo y podría habernos llevado a la Segunda Guerra Mundial.
Suele decir: «Nadie que haya leído la historia de España puede ser optimista sobre el presente y futuro». ¿No hay ninguna esperanza, como los de la generación del 98?
No responderé a esa pregunta.

