«La tierra extraída del túnel la arrojábamos por un sumidero en el patio», rememora Ángel Amigo acerca de los detalles de la icónica fuga en la que participó.

Ángel Amigo no poseía la complexión física habitual para excavar el túnel, aunque sí un rol relevante dentro del plan de escape: la lavandería. Quienes trabajaban en dicha área se desplazaban por la prisión con esos cubos tan característicos -verdes o rojos, con lunares blancos, recuerda Ángel- sin levantar sospechas entre los guardianes. En ellos transportaban la ropa recién lavada al patio, lugar donde se encontraba el tendedero y también el sumidero donde se tiraba la comida sobrante.
«Colgábamos las sábanas y manteles formando una barrera visual para impedir que los funcionarios percibieran que arrojábamos al sumidero la tierra sacada del túnel. La dificultad residía en cargar 50 kilos de tierra en el cubo y simular que no pesaba para que nadie notara algo extraño. Además, transportábamos tierra en saquitos confeccionados con las perneras de los pantalones que ocultábamos bajo la ropa».
Es necesario poner atención para oír a Ángel, dado que su voz es baja y se ve cubierta por el coro, que entona el Txuri-Urdin, himno de la Real Sociedad. Hace un día muy soleado en San Sebastián, motivo por el cual hay mucho movimiento en el jardín de la residencia donde reside desde hace un año. Las sillas de ruedas van y vienen con rapidez; frente al edificio, una veintena de ancianos sentados en dos filas, protegidos por sombreros y gafas de sol, forman una especie de pasillo para quienes entran y salen. Los cánticos brotan desde la terraza en el primer piso, donde el coro ambienta la mañana primaveral.
Este 5 de abril se cumplen 50 años de la fuga de la cárcel de Segovia, conocida también como «la gran evasión» debido a sus semejanzas con la película de 1963 protagonizada por Steve McQueen. Hasta 29 presos lograron escapar por el túnel: 24 vascos miembros de ETA y cinco catalanes pertenecientes al FAC (Front d’Alliberament de Catalunya), el MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) y el PCE (i), una escisión maoísta e independentista del partido comunista catalán (PSUC). La mayoría carecía de delitos violentos y abandonó la lucha armada con la instauración de la democracia.

Ángel Amigo Quincones, actualmente con 74 años, formó parte del grupo de presos de ETA y probablemente sea quien mejor domina los detalles de la fuga. Relató la historia en el libro Operación Pontxo. Las fugas de Segovia (1978) y en la película La fuga de Segovia, dirigida por Imanol Uribe en 1981, de la que fue guionista y productor.
El término «Pontxo» en el título proviene del nombre que los fugados dieron a la operación, aprovechando que en el taller de la prisión fabricaban ponchos y así podían usar la palabra sin revelar nada. El plural «fugas» se debe a que existió un primer plan de escape frustrado en septiembre de 1975, desbaratado por Mikel Lejarza El Lobo, entonces infiltrado en ETA.
«En la primera tentativa éramos unos 60 y entramos todos en el túnel para recorrerlo y medir el tiempo. Como anécdota, recuerdo que estaba en un ensayo en el túnel, casi llegando a la salida, cuando me dijeron: ‘Que te busca el maestro’. Así llamábamos a uno de los funcionarios. Corrí sudado hasta la oficina. ‘No hacía falta tanta prisa. Te llamé porque sacaste muy buenas notas‘. Estudiaba Sociología en prisión y mis notas habían llegado. La profesora Gregoria Mugarra nos impartía clases».
En aquel primer intento, la cavidad partía de un cuarto ciego que contenía un viejo retrete, tapiado previamente. Se accedía a él abriendo un boquete en la pared de las duchas. Los excavadores eran Juantxu Iturbe Totorika, condenado a 37 años por la colocación de una bomba en el cuartel de la Guardia Civil de Urbi-Basauri, y Patxi Bisquert, sentenciado por propaganda ilegal y asociación ilícita.
Bisquert fue liberado -indultado- el 5 de diciembre de 1975, cuatro meses antes del segundo intento exitoso. En ese momento vendía enciclopedias cuando Imanol Uribe lo invitó a interpretar a uno de los fugados en la película, iniciando una carrera como actor y director con participación en cerca de treinta títulos. Fue el protagonista, por ejemplo, de Tasio de Montxo Armendáriz, y actuó también en El Dorado de Carlos Saura.
Por ese primer agujero hecho por Bisquert e Iturbe, algunos presos salían de la prisión para reunirse con comandos de ETA y proveerse de lo necesario para la fuga. «Así ingresaron en la cárcel una cámara de fotos y una pistola. En las fotos usadas para carnets y pasaportes falsos, todos aparecíamos con la misma chaqueta de ante, porque no teníamos otra», rememora Ángel mientras el coro entona el Amapola, lindísima Amapola.
Durante una de estas salidas, probablemente fueron detectados por el infiltrado, Mikel Lejarza. «A ese no lo conocí personalmente. Supe de él porque era parte del círculo de Iturbe en Basauri. No era militante, sino colaborador. Se presentó ante la dirección de ETA diciendo que era decorador y tenía acceso a muchos pisos para los comandos externos, Wilson y compañía. Copió llaves de dichos pisos para la Policía. Gracias a sus revelaciones, cayeron muchos militantes reconocidos: Wilson, Mújika [quien falleció el 30 de julio de 1975 por disparos policiales]. Al sospechar de Lejarza, lo llevaron a Madrid para interrogarlo, y si hacía falta le habrían disparado. Pero reaccionó y entregó información sobre los comandos y la fuga. Él conocía las citas de los presos que salían por el túnel», narra Amigo.

Después de este golpe a ETA, en la prisión se oía un mazo golpeando paredes y suelos buscando un sonido hueco que señalara dónde habían excavado el túnel del que hablaba Lejarza: «Tardaron mucho en encontrarlo».
El plan fue desbaratado en septiembre de 1975, pero los presos no renunciaron y pronto buscaron otra ubicación para excavar hacia el sistema de alcantarillado, igual que en el túnel descubierto. La muerte de Franco, dos meses después, no los detuvo.
-Fallecido el dictador, ¿por qué seguir con la fuga si ya se rumoraba la amnistía?
-Cuando nos preguntaban eso, respondíamos: ‘Sí, pero la obligación de un preso es fugarse’. Nuestra intención era reincorporarnos a la organización; nuestro afán era volver a disparar.
Ángel Amigo señaló con bolígrafo rojo el lugar donde decidieron iniciar el segundo túnel: el retrete ubicado en uno de los patios de la prisión, concretamente el de la biblioteca. Se trataba de una celda a la que abrieron una puerta hacia el patio y construyeron un tabique en el fondo. Entre ese tabique y la puerta del antiguo cuarto quedó un hueco de unos 40 centímetros, donde guardaban escobas y fregonas hasta que la dirección decidió retirar el material y cerrar la puerta. En ese antiguo cuarto de limpieza -«no más grande que un féretro»– comenzaron a cavar el túnel.
Justo encima del váter, comenta Ángel, abrieron el tabique para acceder a ese pequeño cuarto. También dibujó la tapa que hicieron para ocultar el agujero por donde entraban y salían. «Contábamos con buenos ebanistas. Fabricaron la tapa con un espejo al que pegaron seis azulejos igual que los de la pared del retrete. Para disimular el color en las juntas aplicaron pasta de dientes. La tapa se colocaba y retiraba con ventosas», revela.
La iluminación para quienes cavaban corría a cargo de Imanol Gaztelumendi Zabaleta, Gaztelu, con una condena de 12 años por posesión ilícita de armas y pertenencia a ETA. «Trabajaba en Iberdrola [en realidad Electra Baztandarra, filial de Iberduero, posteriormente absorbida por Iberdrola] y fabricó linternas con pilas, botes de Redoxon [tubos que contenían pastillas de vitamina C] y unas bombillas que nos trajeron desde fuera. En ocasiones nos introducían objetos en los dobles fondos de las cazuelas que nos traían las familias con comida. En un momento incluso tuvimos instalación eléctrica en el túnel, pero como había agua dio una descarga eléctrica a Iturbe».

Si hubiese existido un coro en esa prisión –el actual de la residencia canta ahora La gallina Turuleca–, sin duda habría sumado su voz a los ruidos que los presos producían para camuflar el sonido y las vibraciones de la excavación: se jugaba a la pelota vasca en el patio, se partían troncos en el leñero, se fingía reparar una silla.
Tres semanas antes de la fuga ingresó en prisión Oriol Solé Sugranyes, quien acabaría siendo el fallecido en la operación Pontxo. Militante del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), aunque era preso político como los demás, se le miraba con cierta desconfianza. Se decía que en la Modelo de Barcelona se había relacionado con presos comunes y había desempeñado funciones favorables a los funcionarios. ¿Y si descubría el túnel?
«Me encargaron estar con él el máximo tiempo posible, pasear juntos. Era pura tensión y pasión. Delgado, con piernas muy largas, caminaba deprisa, me agotaba. Había sido compañero de Puig Antich y me relataba sus enfrentamientos y tiroteos. Estaba tirado en la cama cuando le contamos lo de la fuga. Tuvimos que avisarle un día o dos antes, porque necesitábamos que todos entregaran una bolsa con ropa. Les asignábamos un número y las dejamos al final del túnel para cambiarnos al salir, porque en la alcantarilla te mojabas, había ratas, de todo. ‘Hicimos un túnel’, le dijimos, y se quedó pasmado. ¿Sabes lo que preguntó? ‘¿Habrá armas para todos?’».
El 5 de abril de 1976, 29 de los 60 reclusos en la cárcel de Segovia tenían una bolsa con ropa seca esperando al final del túnel. Los criterios para ser seleccionados para la fuga eran ser presos políticos y estar cumpliendo largas condenas.
-¿Qué pena cumplía y por qué delito?
-Me condenaron a 16 años por el secuestro del empresario Felipe Huarte [16 de enero de 1973, primer empresario secuestrado por ETA]. Era conocido porque gestionaba todas las carreteras, casi el ministerio de Obras Públicas. Lo mantuvieron secuestrado 10 días. Pagaron y lo liberaron. Le impusieron lo que llamábamos una «multa» de 50 millones de pesetas [300.000 euros], cobrados en París. Me arrestaron porque había alquilado un coche para el comando. Entré en prisión justo en mi 21 cumpleaños.

A las 14:45 horas del 5 de abril de 1976, tras almorzar «un filete a la plancha o frito más seco que el sol», los elegidos comenzaron a ingresar al túnel en pequeños grupos de cuatro o cinco. Recorrían los aproximadamente 800 metros hasta el final y salían a las traseras de la extinta fábrica de la Central Lechera Segoviana, a un colector cerrado con rejas. Los miembros de ETA que los esperaban afuera cerraron un barrotes para facilitar el paso. «Nos recibieron Miren Amilibia y Lertxundi. Conocía bien a Miren, solía potear en la parte vieja de Donosti, y Lertxundi había sido nadador en el equipo de Anoeta, al que yo también pertenecía. Casualidad».
En un camión pequeño que el comando había alquilado con la excusa de una mudanza, los 29 viajaron apretujados hasta el kilómetro 101 de la carretera Segovia-Soria. Allí, en las inmediaciones de la localidad de Ayllón, casi ya en Soria, un tráiler los esperaba para llevarlos a Espinal (Navarra), próximo a la frontera con Francia; su remolque había sido especialmente modificado para la fuga. «El camión tenía un doble fondo donde íbamos ocultos. Lo hicieron en un almacén de camiones en el puerto de Pasajes, aquí en Euskadi», detalla Ángel.
Llegaron a Espinal al anochecer y, como estaba acordado, llamaron al mugalari [término vasco para quien ayuda a cruzar fronteras], pero o el mensaje fue mal dado o al otro lado no lo comprendieron. Lo cierto es que nadie apareció.
«Entonces decidimos salir del camión juntos. Pronto escuchamos ‘¡alto, la Guardia Civil!’ seguido por disparos que de noche parecen potentes fogonazos. Respondimos y se desató una fuerte confrontación. [El comando nos entregó ‘hierro’, pistolas y varias metralletas]. Iturbe disparó intensamente contra la Guardia Civil. Recuerdo el sonido de las balas al impacto contra las ramas de los árboles, el típico plas plas plas. Herieron a Iturbe, quien corría junto a mí. ‘¡Me han dado, me han dado en el brazo!’. Le quité la camisa y vi un hematoma en el hombro; la bala había atravesado la carne. Fue un enfrentamiento muy intenso. Luego dijeron [la Guardia Civil] que creyeron que éramos contrabandistas».
[El coro acompaña los momentos más emocionantes con un «yo te daré, te daré niña hermosa…»].
«Ahí nos separamos. Yo iba con Iturbe [el excavador] y Gaztelu [el electricista]. ‘Como Gaztelu es de esta zona, conocerá el camino’, pensé. Pero él también se perdió. Se hundió en una depresión profunda por no poder cumplir su rol de mugalari. Ocultos en un bosquecillo, tratando de decidir hacia dónde ir, oímos campanadas fúnebres en Espinal y disparos que identificamos como de la Guardia Civil, pues eran de cetme. Nosotros teníamos Sten, que disparan más despacio. Esos fueron los disparos que acabaron con la vida de Oriol. Según nos contaron, un disparo accidental de la Guardia Civil lo hizo caer de espaldas. ‘Me han matao‘, dijo», sigue Ángel con el relato final de la fuga. «Vimos que no había salida y formamos un círculo. Uno sacó un paquete de tabaco: ‘El último cigarro’. Luego nos dispersamos. Yo me fui con algunos a Espinal. A alguien se le ocurrió ‘vamos a la Iglesia, a la casa del cura’ y al entrar nos cercaron varios guardias civiles».
La gran evasión de la cárcel de Segovia terminó con 24 arrestados -capturados en los tres días posteriores, 6, 7 y 8 de abril-, un fallecido y cuatro que lograron escapar a Francia: tres integrantes de ETA –Mikel Laskurain, Jesús María Muñoa y Koldo Aizpurua– y un compañero de Oriol Solé en el FAC, Carles García Solé.
«Los que me arrestaron me reconocieron porque eran los mismos que me detuvieron por el secuestro de Huarte. ‘¿Qué haces por aquí? ¡Estás en todas partes! ¿Quieres algo para comer?’. Nos ofrecieron un bocadillo de sardinas. Otro conocido dijo: ‘¿Quieres un café con leche? Si no te importa tomar café de la Guardia Civil, que lo preparó mi hermana…’».

Acusados por delitos de quebrantamiento de condena, tenencia ilegal de armas e insulto a la autoridad, el juicio por la fuga nunca se llevó a cabo. Primero llegaron los indultos y amnistías tras el franquismo. Ángel Amigo fue liberado el 28 de noviembre de 1976, en la prisión de El Puerto de Santa María (Cádiz), adonde fue trasladado tras la fuga: «No olvido que al salir me senté en un banco y me comí un cucurucho de chopitos, que me encantan».
Con el fin de la dictadura y la llegada de la democracia, ante la posibilidad de participar políticamente en el sistema constitucional, Ángel Amigo optó, como casi todos los fugados, por abandonar la violencia y dejar la banda terrorista.
«Comenzamos a discutir en mesas de debate sobre abandonar la lucha armada como medio político. De esas conversaciones surgió el partido Euskadiko Ezkerra [«Izquierda del País Vasco» en euskera]», relata. Trabajaba como periodista en la revista Ere -participó en la fundación del diario Egin– cuando Imanol Uribe lo convocó para participar en la película sobre la fuga. Desde entonces, su carrera transitó hacia el cine, desempeñándose como director, productor y guionista en filmes como Memorias de un conspirador, El otro lado del espejo en la guerra secreta de Nicaragua, El año de todos los demonios, Maitè, Euskadi Hors D’eta y Bi eta Bat.
Precisamente en una película vio su celda por última vez. No en alguna propia, sino en Torrente 4: Lethal Crisis (2011), de Santiago Segura. Ángel cuenta que cuando el expolicía corrupto ingresa en prisión, lo encarcelan en su celda. La cárcel de Segovia, donde se rodó esa entrega de la saga, clausurada en 2000, es hoy un Centro de Creación.
-¿Cómo supo que era su celda?
-Era la última en la galería derecha, tenía esa ventana; era la mía.
LOS MUJIKA CONTRA ‘EL LOBO’
Los presos realizaron un primer intento de fuga en la cárcel de Segovia que fue frustrado porque el infiltrado en ETA, Mikel Lejarza, reveló sus planes. La información proporcionada por el conocido como ‘El Lobo’ permitió arrestar en distintos puntos de España a 178 miembros de ETA. Durante una operación en Madrid falleció Josu Mujika, integrante de la banda y con 23 años, por disparos policiales el 30 de julio de 1975.

