La figura destacada de la Selección y del Barça se pronunció esta semana en contra de los cánticos «musulmán el que no bote» que se escucharon en Cornellá.
Más información: Lamine Yamal, afectado por los cánticos en Cornellá: «Usar una religión como burla os deja como ignorantes y racistas»
La velada en Cornellà sacó a la luz un problema que va más allá de la afición. Durante el amistoso entre España y Egipto, una parte del RCDE Stadium convirtió el encuentro en un coro con el cántico «musulmán el que no bote», lo que volvió a colocar al fútbol español en el foco de la polémica por el racismo.
Lamine Yamal, titular desde el inicio y testigo de los gritos desde el campo, esperó unas horas para responder, eligiendo para ello el medio preferido de su generación: el teléfono móvil.
«Soy musulmán, alhamdulillah […] Comprendo que era contra el equipo contrario y no algo dirigido a mí personalmente, pero como musulmán considero que es una falta de respeto y una actitud intolerable», escribió antes de concluir: «Usar la religión como burla en un estadio desvela ignorancia y racismo».
Detrás de esta respuesta se encuentra una historia familiar que no se comprende solo con una bandera. Desde Rocafonda hasta Larache y Guinea Ecuatorial, la identidad musulmana de Lamine se ha forjado en tres espacios que combinan bloques de apartamentos, costas del Atlántico y recuerdos traídos desde el golfo de Guinea.
En el barrio de Rocafonda, en Mataró, el extremo creció rodeado de mezquitas locales, carnicerías halal y aulas donde la mitad de sus compañeros compartían raíces similares. Actualmente, los mismos muros donde entrenaba de niño se llenaron de mensajes de apoyo cuando estalló la controversia.
Más al sur, en el recuerdo familiar, está Larache. De esa ciudad costera del norte de Marruecos proviene su abuela paterna, Fátima, quien emigró a España, y allí radica gran parte de las tradiciones religiosas que han influido en su padre, Mounir Nasraoui.
En el hogar de los Yamal-Nasraoui conviven el árabe, el catalán y el castellano; el Ramadán se celebra con normalidad y las visitas a Marruecos sirven para fortalecer la sensación de pertenencia a algo más amplio que un país o una selección.
Lamine Yamal, con la Selección Reuters
Por parte materna, sus raíces se extienden hasta el golfo de Guinea: su madre, Sheila Ebana, nació en Guinea Ecuatorial y emigró a España en su adolescencia, sumando otro componente africano —con su propia mezcla de fe, tradiciones y códigos— a la identidad del futbolista.
Esta combinación de orígenes ha llevado a Lamine a comprender el islam no solo como una religión, sino como una red familiar que conecta Mataró con África.
Un matiz final lo aportó su padre durante un directo en Instagram. Mounir Nasraoui apareció en la cocina de casa, mientras preparaba filetes, y lanzó un discurso espontáneo: «Viva España. Vivan los musulmanes, cristianos y judíos, y que viva todo el mundo por igual. ¿Cuál es el problema? Somos hermanos. Si respetas, serás respetado«, afirmó.
Sus palabras actúan casi como la contraparte del comunicado de su hijo: el padre que emigró desde Larache, la madre llegada desde Guinea Ecuatorial, el niño formado en Rocafonda… todos se sienten aludidos cuando la religión se convierte en arma dentro de una grada.
Por eso, el mensaje de Lamine tras lo ocurrido en Cornellà supera la mera respuesta a unos cánticos groseros. Al concluir con «gracias a la gente que vino a animar, nos vemos en el Mundial», no solo transmite optimismo, sino también reivindica que un joven musulmán nacido en Mataró, con ascendencia marroquí y ecuatoguineana, puede representar un símbolo esperanzador para la selección española.
Desde Rocafonda hasta Larache y Guinea Ecuatorial, su trayectoria familiar explica por qué la frase -«yo soy musulmán, alhamdulillah»- es tan significativa como cualquiera de sus regates.

