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- Autor, Redacción
- Título del autor, BBC News Mundo
- 17 abril 2025Actualizado 44 minutos
- Tiempo de lectura: 6 min
"Al verla por primera vez, no podía creer en qué condiciones estaba la obra. La pintura original era invisible, completamente cubierta por yeso y varias capas de pintura. Había cinco o seis estratos encima. Tuve que cuestionarme si realmente era un Leonardo, porque resultaba totalmente irreconocible".
Ese fue el testimonio de la italiana Pinin Brambilla, reconocida como una de las máximas expertas en restauración de frescos renacentistas a nivel mundial, cuando se enfrentó a La última cena.
Corría el año 1977 y Brambilla —quien falleció en 2020— aceptó la misión de restaurar la emblemática obra de Leonardo da Vinci, encargada hace más de 500 años por el duque de Milán Ludovico Sforza.
Ella no fue la primera en intentar salvar este mural imponente de 4,5 metros de altura, situado en una pared del refectorio (comedor) del monasterio de la iglesia de Santa Maria delle Grazie en Milán.

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Ante ella, otros ya habían tratado infructuosamente de conservar esta pieza destinada a desaparecer, y esos intentos habían terminado en fracaso.
Desde que Da Vinci concluyó la obra en 1498, "seis restauradores intervinieron en la pintura, y cada uno modificó la apariencia, rasgos y expresiones de los apóstoles", reveló Brambilla en una entrevista con la BBC en 2016.
Por ejemplo, Mateo, que originalmente era un hombre joven, tras las continuas restauraciones para detener el daño se había transformado en "un hombre mayor, con cabello oscuro y cuello delgado".
Jesús, aunque menos alterado, "había perdido parte de su humanidad y su belleza", explicó Brambilla.
"Nuestro objetivo en la restauración fue recuperar el carácter individual de cada figura. Eso resultó muy emocionante", afirmó.

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El mayor problema del mural de Da Vinci, que plasma el drama de la cena de la Pascua judía y el instante en que Jesús revela que uno de sus discípulos lo va a traicionar, fue que comenzó a descomponerse casi inmediatamente tras su finalización.
Todo esto a causa de un "error importante".
Técnica poco duradera
Por ser minucioso hasta el extremo, Da Vinci descartó el método tradicional de pintura al fresco, que implica aplicar la pintura sobre mortero de cal húmedo.
Este procedimiento fija el pigmento a la pared, pero obliga a trabajar rápido para completar la obra antes de que el mortero se seque.
Para evitar la prisa y concentrarse en cada detalle, Da Vinci optó por una técnica experimental: pintar al temple o al óleo sobre yeso ya seco.
Esta elección hizo que los pigmentos no se fijaran permanentemente al muro.
El escritor estadounidense Walter Isaacson señala en su obra Leonardo da Vinci que "a los 20 años de concluida, la pintura [de La última cena] comenzó a desprenderse, mostrando que la técnica experimental de Leonardo fue un fracaso".
Añade también: "Para 1652, la pintura estaba tan desvanecida que los monjes no dudaron en abrir una puerta en la parte inferior del mural, cortando los pies de Jesús, que probablemente cruzaba las piernas anticipando la crucifixión".

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Diversos elementos provocaron el deterioro del mural.
Para comenzar, la pared del refectorio absorbía humedad de un arroyo subterráneo que corría bajo el monasterio, algo que Da Vinci ignoraba.
Además, la cercanía a la cocina exponía la pintura a humos y vapores constantes.
Sumado a esto, durante la Revolución Francesa, grupos anticlericales marcaron los ojos de los apóstoles; y en la Segunda Guerra Mundial, el refectorio sufrió daños por bombardeos aliados.
No obstante, lo que más preocupaba a Brambilla eran las intervenciones de conservación previas mal ejecutadas destinadas a preservar la obra.
"Lo primero que analicé fue qué sucedió en los años posteriores a que Da Vinci pintara. Cómo actuaron los restauradores, sus técnicas y materiales", comentó Brambilla a la BBC.
Luego de sellar la sala para evitar polvo y suciedad, y montar andamios enormes frente al fresco, Brambilla y su equipo realizaron pequeños agujeros en la pared para introducir diminutas cámaras y determinar la cantidad de capas que escondían la pintura original.

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"Procedíamos con pequeños fragmentos, trabajando con extremo cuidado porque la pintura original de Da Vinci era frágil, mientras que las capas superiores eran muy consistentes", explicó Brambilla, ilustrando con las manos que cada sección no superaba los 5×5 cm.
Con paciencia infinita, lupas, instrumentos quirúrgicos, el equipo retiró el exceso de pintura y pegamento para revelar colores auténticos, dejando algunas zonas prácticamente desnudas, retocadas apenas con acuarela.
Terminar cada sección llevó meses o años, y la labor se vio afectada por interrupciones diversas: problemas técnicos y burocráticos, además de visitas de dignatarios y miembros de la realeza europea.
Tarea terminada
La entrega de Brambilla también afectó su vida personal y familiar.
"Pasaba mucho tiempo lejos de mi esposo e hijo. Trabajaba sola, a veces incluso sábados y domingos hasta el mediodía. En un momento mi esposo me dijo: ‘Ya basta, esto es mucho para La última cena, quiero tiempo para vivir’. Pero yo estaba completamente obsesionada", recordó Brambilla.

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Finalmente, en 1999, tras más de veinte años de trabajo y cuando ya superaba los 70 años, la experta dio por concluida su labor.
Al remover siglos de restauraciones fallidas, los trazos crudos y sin expresión recuperaron delicadeza y finura. Ahora eran visibles los detalles en la comida y los pliegues sobre el mantel.
Algunos críticos opinan que la restauración eliminó demasiado material pictórico, mientras otros sostienen que la obra quedó casi igual que al terminar Da Vinci.
Brambilla se mostró satisfecha con el resultado: "Las expresiones de los apóstoles ahora reflejan auténticamente el drama del instante y transmiten el abanico de emociones que Leonardo quiso capturar en la revelación de Cristo".
No obstante, confesó que al concluir el proceso experimentó tristeza.
"Cuando terminé, sentí tristeza porque debía alejarme de la pintura", dijo, admitiendo que esa sensación la experimentó con otras obras, no solo con Da Vinci.
"Cada obra que restauro deja una parte de sí misma en mí, algo del alma del artista. Separarme siempre es complicado, es como perder un pedazo de uno mismo".

