El guardameta del FC Barcelona y de la Selección mantiene un estilo de vida sencillo desde sus orígenes en el municipio Sallent de Llobregat.
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Joan García llegó a la élite del fútbol desde Sallent de Llobregat, una localidad del Bages con menos de 7.000 habitantes, con una madre dedicada a la herboristería, un padre reservado y un hermano mayor que portaba los guantes los fines de semana en el club local. Todo lo demás ocurrió posteriormente.
La historia comienza, como tantas otras, por imitación. Joan empezó jugando en el campo, como cualquier niño. Pero con cinco o seis años, al acompañar a ver los partidos de su hermano Lluís en el Centre d’Esports Sallent, tomó una decisión que marcaría su futuro.
«Mi hermano mayor jugaba de portero y yo, como suele suceder con los hermanos pequeños, iba a verlo cada fin de semana. Un día decidí que quería ser como él y que quería empezar en la portería. Desde ese momento creo que tomé una buena decisión», ha comentado.
Desde Sallent pasó al Manresa, luego a la Damm y, con 15 años, atrajo la atención del Espanyol, que lo incorporó a sus categorías inferiores. Una trayectoria sin atajos.
En Sallent, quienes lo conocen desde niño describen siempre la misma imagen: un chico tranquilo, educado, humilde, sin mostrar estridencias. Sus vecinos del centro del pueblo, a pocos metros de la Plaça Catalunya donde reside su familia, recuerdan que Joan nunca fue el más ruidoso en el vestuario.
Sus propios entrenadores en el filial del Espanyol lo calificaban como «introvertido, muy inteligente y con una pasión destacada por la portería», alguien que trabajaba en el césped y luego analizaba el juego con vídeos en casa.
Esta constancia tiene un reflejo claro en su entorno familiar: la herboristería que dirige su madre en la cercana Manresa, los turnos de trabajo de su padre y la cultura del esfuerzo diario.
Joan García, en un entrenamiento de la Selección EFE
Fuera del fútbol, Joan García se puede describir fácilmente: montaña y rutina. Cuando tiene tiempo libre, no opta por destinos como Ibiza o Dubái, sino que prefiere la montaña. Una de sus últimas escapadas previas a su fichaje por el Barça fue a Montserrat.
«Me gusta mucho la montaña; en mis días libres siempre voy a la montaña», ha afirmado con total naturalidad. Cuando el calendario se lo impide, su desconexión adopta otra forma: su preparación mental antes de los encuentros siempre incluye escuchar las mismas canciones en el autobús antes de entrar al vestuario.
Hay un detalle que dice mucho sobre él: durante sus años en el Espanyol, Joan García utilizaba las espinilleras cubiertas con trozos de cartón sobre la media. Algo artesanal, funcional, sin ninguna concesión a las tendencias del fútbol moderno.
En una época en que los futbolistas cuidan su marca personal con la misma dedicación que su rendimiento, esa imagen resulta casi revolucionaria.
Cuando en junio de 2025 se confirmó su fichaje por el Barça, algunos seguidores del Espanyol viajaron a Sallent y pintaron mensajes en las paredes del pueblo. La respuesta no fue de Joan, sino de sus vecinos, que apoyaron firmemente a su familia.
Esa escena representa perfectamente quién es el portero que ahora viste la camiseta azulgrana y debuta con un dorsal en la selección española: el chico del pueblo que quiso ser como su hermano mayor y que, sin modificar prácticamente nada de su esencia, llegó a ser mucho más grande.

