Cementerios de ballenas: cómo los huesos marinos modifican los ecosistemas submarinos

Foto de cadáveres de ballenas bajo el mar

Fuente de la imagen, Alex Dawson

    • Autor, Katherine Latham
    • Título del autor, BBC Future
  • 49 minutos
  • Tiempo de lectura: 9 min

Un fotógrafo registró este lugar singular donde yacen los cuerpos de ballenas en aguas someras.

Si hubiesen fallecido de manera natural, sus restos se habrían dispersado por el océano.

Las imágenes revelan la historia de profundidades marinas que carecen de una fuente esencial de alimento y de ecosistemas completos que jamás se formarán.

En el este de Groenlandia, Alex Dawson ingresó al océano a través de un agujero abierto en el hielo marino. Se sumergió en la oscuridad y, solo a unos metros de profundidad, descubrió una fosa común con restos de ballenas minke desmembradas.

El camino hacia el lugar de buceo duró una hora entre caminata y viaje en moto de nieve, enfrentando una temperatura de -20 °C (-4 °F) y vientos intensos.

«Transportábamos una gran cantidad de equipo», recuerda Dawson, un reconocido fotógrafo submarino.

«Éramos seis buceadores con seis equipos completos. Había cámaras, provisiones y diversos suministros para la jornada: equipo de seguridad, taladros para perforar el hielo…», explica.

El material estaba dispuesto sobre un trineo que arrastraba una moto de nieve mientras el equipo avanzaba a pie.

«Al andar, si no usabas raquetas de nieve, atravesabas la fina capa de hielo y quedabas con el agua hasta las rodillas a cada paso», relata Dawson.

«Una vez allí, nos tomó horas hacer el agujero», continúa. El acceso al océano bajo el hielo era un pequeño orificio triangular cortado a mano sobre aproximadamente un metro de hielo.

«Intentamos despejar la mayor cantidad posible de aguanieve del agujero», añade.

Dawson, enfundado en su traje grueso, con capucha y guantes, fue el primero en entrar al agua.

Un cementerio bajo el hielo

El lugar que encontró bajo las olas resultó inquietante. Durante su vida, las ballenas modifican su entorno y, tras fallecer, continúan desempeñando un papel crucial en sus ecosistemas.

Aquí, en el este de Groenlandia, los huesos que normalmente caerían al fondo oceánico quedaron atrapados en aguas someras.

A pesar de la protección que le brindaba el traje seco, «sentí que mi cara se congelaba», admite. «El frío era intenso».

Anna Von Boetticher, a quien Dawson pretendía fotografiar nadando entre los huesos de ballena, lo acompañó al océano.

La apneísta profesional usaba solo un traje de neopreno de 5 mm para enfrentarse a las temperaturas bajo cero.

A esas temperaturas, su tiempo de permanencia en el agua era de apenas 45 segundos antes de necesitar emerger para respirar.

Dawson, atado a una cuerda de seguridad, entró al agua directamente. Fue en ese momento cuando el miedo comenzó a dominarlo, relata.

Al sumergirse por el agujero, «no había visibilidad, solo un abismo negro debajo. Se siente como si todas esas criaturas estuvieran vigilándote desde las profundidades».

Foto de cadáveres de ballenas bajo el mar

Fuente de la imagen, Alex Dawson

Cuenta que, al llegar al lecho marino, se quedó allí quieto, respirando, mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad.

Después de unos minutos, su visión mejoró. «Empecé a observar alrededor y pensé: ‘¡Esto es increíble! ¡Hay huesos por doquier!'».

A unos 5 metros de profundidad, iluminados por la luz azul de su helada tumba, descansaban los restos de cerca de 20 ballenas minke.

Dawson comenzaba a tranquilizarse cuando un estruendo fuerte resonó.

«Sonaba como si alguien detonara dinamita bajo el agua. Luego escuché un segundo ‘boom’. En ese momento comprendí que la marea empezaba a subir y el hielo se fracturaba».

El buceo bajo el hielo es una de las modalidades más riesgosas. Las corrientes podrían arrastrar a un buceador bajo el «hielo infinito» y hacerlo desaparecer para siempre, advierte.

El hielo marino se compone de fragmentos congelados de agua salada que se comprimen formando una gran masa flotante que cubre la superficie marina y se desplaza con el viento y las corrientes oceánicas.

El papel de las ballenas tras su muerte

«La bajada de la marea implicaba que el hielo descendía. Si nuestro agujero se cerraba, estaría perdido, porque solo había uno. El equipo en la superficie tardaría más de una hora en hacer otro agujero para rescatarme», indica.

Sin embargo, decidió arriesgarse. «Concéntrate en la fotografía», se dijo Dawson. «Todo saldrá bien».

Esa decisión rindió frutos: el sueco fue galardonado con el premio al Fotógrafo Subacuático del Año 2024 por la imagen titulada «Huesos de ballena».

Foto de cadáveres de ballenas bajo el mar

Fuente de la imagen, Alex Dawson

Las ballenas — algunos de los animales más grandes que han existido — suelen fallecer en alta mar, probablemente dispersas a lo largo de sus rutas migratorias, afirma Greg Rouse, conservador de invertebrados bentónicos del Instituto Scripps de Oceanografía en San Diego, California.

Sus cuerpos, una enorme fuente de nutrientes, se hunden hasta el fondo marino, transformándose en un oasis para diversas formas de vida.

Después de la muerte, el interior de la ballena comienza a descomponerse. El cuerpo se hincha con gas y puede flotar hasta la superficie como un globo.

De este modo, los primeros carroñeros en aprovecharse son especies que habitan la superficie, como aves marinas y tiburones.

Con el paso del tiempo, el cadáver comienza a hundirse, descendiendo a través de las zonas iluminadas, crepusculares y oscuras del océano, posiblemente hasta alcanzar las fosas más profundas.

«Se encuentran a miles de metros de profundidad», explica Rouse.

Un oasis de vida en el fondo del océano

El cadáver de ballena hallado a mayor profundidad fue el de una ballena minke antártica.

Yacía en la zona abisal, a 4.204 metros de profundidad en el océano Atlántico suroccidental.

Lo que quedaba del esqueleto — solo nueve vértebras de la cola — indicaba que la ballena había permanecido en el lecho marino aproximadamente diez años.

Las especies presentes formaban un ecosistema activo que incluía cangrejos de aguas profundas, caracoles marinos y gusanos poliquetos.

De hecho, la mayoría de las 41 especies halladas en el cadáver eran desconocidas para la ciencia, aunque presentaban similitudes con las que habitan en otros cadáveres de ballenas encontrados a miles de kilómetros en distintas cuencas oceánicas.

Una vez en el fondo del océano, un entorno usualmente escaso en nutrientes se transforma en una gran isla de alimento.

Las especies de aguas profundas se congregan. Tanto grandes carroñeros como bacterias diminutas aprovechan los restos de la ballena.

«Existe una fase inicial de depredación por parte de los carroñeros de aguas profundas», destaca Adrian Glover, ecólogo de aguas profundas del Museo de Historia Natural de Londres, Reino Unido.

«Entre ellos están vertebrados como mixinos y tiburones durmientes, además de anfípodos carroñeros, pequeños crustáceos similares a los camarones, que devoran la carne dejando la espina descubierta», explica.

Los mixinos excavan boca abajo en su presa gigante, mientras que tiburones durmientes, cangrejos y langostas arrancan grasa y músculos de la espina dorsal.

Retirar toda la carne puede tardar varios meses; luego solo queda el esqueleto «reposando en el lodo», señala Glover.

En ese momento, los huesos aceitosos se convierten en hogar de otra comunidad de organismos, como el Osedax o «gusano comehuesos».

«Están relacionados con gusanos de respiraderos hidrotermales», comenta Glover, «pero desarrollaron la capacidad de degradar directamente el hueso y consumir la grasa y el colágeno que contiene».

Foto de cadáveres de ballenas bajo el mar

Fuente de la imagen, Alex Dawson

Los beneficios de la muerte de las ballenas se extienden más allá del cadáver: los lípidos y aceites se filtran al lecho marino formando una gran capa bacteriana alrededor del cadáver, explica Rouse. «Los invertebrados proliferan».

A medida que los huesos se descomponen, liberan azufre. «Se forma un halo de enriquecimiento orgánico», añade Glover, con hábitats ricos en azufre en los sedimentos que rodean los restos de ballenas.

El azufre es consumido por organismos quimiosintéticos: bacterias que habitan ambientes oscuros y obtienen su energía de sustancias químicas del entorno en lugar de la fotosíntesis solar.

Estas bacterias viven en simbiosis con criaturas de aguas profundas como almejas, mejillones, caracoles y gusanos.

«Aquí se encuentran organismos que también habitan en respiraderos hidrotermales y filtraciones frías, alimentándose de restos óseos como si se tratara de un ecosistema similar», explica el experto.

La diversidad de especies en esta etapa final es superior a la de cualquier otra comunidad conocida en fondos marinos profundos, y esta fase «sulfófila» puede durar varias décadas.

Se considera que los cadáveres de ballenas constituyen los mayores aportes de materia orgánica que llegan al lecho oceánico profundo en un solo evento.

El bioma generado por sus cuerpos puede albergar hasta 407 especies, contribuyendo «de forma fundamental» a la biodiversidad en las profundidades marinas, según especialistas.

Esto representa un número algo inferior al que se encuentra en un respiradero hidrotermal — donde el agua caliente geotérmicamente escapa de fisuras en el fondo marino — que puede acoger hasta 469 especies; pero muy superior a una filtración fría — donde sustancias energéticas como sulfuro de hidrógeno y metano emergen de grietas oceánicas — capaz de albergar hasta 230 especies.

Organismos especializados se han desarrollado en los cadáveres de ballenas durante millones de años, desde la aparición de estos grandes mamíferos marinos.

Actualmente, según los expertos, esos restos deberían considerarse una fuente de «novedad evolutiva y biodiversidad en las profundidades marinas».

No obstante, en algunos casos, esta progresión natural de descomposición, desde la superficie hasta el fondo oceánico, se ve interrumpida.

Foto de cadáveres de ballenas bajo el mar

Fuente de la imagen, Alex Dawson

El impacto de la caza de ballenas

Durante los últimos cien años, la caza industrial de ballenas redujo drásticamente sus poblaciones.

En un siglo, el mundo fue testigo de probablemente la mayor matanza de un animal en términos de biomasa, según un estudio publicado en Nature.

Casi tres millones de ballenas fueron cazadas, causando un colapso en las poblaciones globales de la especie.

Los cuerpos fueron despojados de grasa y carne, extrayendo barbas y dientes, y desmembrando las cabezas para obtener piezas valiosas.

Los restos fueron abandonados para su descomposición en aguas someras o quedaron dispersos en las orillas. Frecuentemente no quedaba nada en absoluto.

Dawson capturó estas imágenes frente a la costa de Tasiilaq, una población de alrededor de 2.000 personas situada aproximadamente a 106 km al sur del Círculo Polar Ártico.

Aquí, los groenlandeses viven en un escenario salvaje y hostil donde la agricultura es muy limitada, según la Comisión Ballenera Internacional (CBI), el organismo intergubernamental encargado de regular la caza de ballenas.

Esto implica que los indígenas groenlandeses siguen dependiendo de los recursos marinos, incluyendo la caza de subsistencia permitida de ballenas.

Los cazadores llevan sus capturas a la orilla en las flenseplassen o «zonas de desollado», detalla Dawson.

Las familias se congregan para despellejar y extraer la grasa y la carne, dejando los cuerpos sin tocar. Luego, la marea arrastra los esqueletos de regreso al agua.

Las ballenas minke, las más pequeñas entre las ballenas barbadas, se consideran abundantes y están distribuidas globalmente, desde los trópicos hasta las regiones polares.

De esta población estable, un promedio de nueve ballenas minke mueren cada año en el este de Groenlandia.

Incluso capturas tan pequeñas pueden afectar a los ecosistemas de aguas profundas, ya que las fosas poco profundas privan al lecho marino de nutrientes esenciales.

A medida que las poblaciones de ballenas luchan por sostenerse, se reporta que la reducción en la cantidad de cadáveres ha disminuido la biodiversidad de los ecosistemas profundos y probablemente contribuyó a la extinción de especies antes incluso de ser descubiertas.

«Todavía vivimos en una era con poblaciones muy bajas de ballenas», afirma Rouse.

«Por eso, probablemente hay muchos menos esqueletos de ballenas en el fondo marino que anteriormente», añade.

«Lo que me sorprendió fue que aún hoy persisten ecosistemas prósperos alrededor de cadáveres de ballenas. Pero si perdimos algo con semejante declive, no lo sabemos».

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