El país asiático, inmerso en una confrontación política entre Teherán y Washington, propone disputar sus partidos del Mundial en México.
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Irán plantea un gran dilema a la FIFA a menos de cien días para el inicio del Mundial de 2026.
La federación iraní ha comunicado a la organización su intención de competir, pero no en territorio estadounidense, y ha explorado a México como posible «anfitrión alternativo» para sus encuentros de la fase de grupos.
Esta solicitud se da en medio del enfrentamiento político entre Teherán y Washington. Junto con Israel, Estados Unidos ha impulsado ataques que causaron la muerte del líder supremo iraní, desencadenando un conflicto abierto y una tensión sin precedentes entre ambos países.
En este contexto, el ministro de Deportes iraní, Ahmad Donyamali, expresó en televisión que «bajo ninguna circunstancia» Irán competiría en un Mundial copatrocinado por el «régimen corrupto» estadounidense.
El presidente de la federación, Mehdi Taj, ha cuestionado públicamente «qué nación con sentido enviaría a su selección a una situación semejante».
En términos deportivos, Irán siguió un camino impecable hacia el Mundial: clasificándose primero en su grupo asiático, y siendo asignada al Grupo G, junto a Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda. Tenía tres partidos previstos en EE.UU., dos en Los Ángeles y uno en Seattle, ciudades que albergan una gran comunidad iraní.
No obstante, ese apoyo en las gradas se ha visto comprometido: los seguidores iraníes no pueden entrar a EE.UU. debido a las restricciones migratorias impuestas por Donald Trump, y el equipo teme por su seguridad, a pesar de las garantías ofrecidas por la Casa Blanca.
Gianni Infantino, durante la Junta de Paz celebrada en Washington Reuters
Trump ha adoptado una postura ambivalente. Frente a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, afirmó que la selección iraní sería «bienvenida» en EE.UU. y que su seguridad estaría garantizada. Sin embargo, en redes sociales indicó que no cree «conveniente» la presencia iraní en el torneo «por su propia vida y seguridad», dejando una advertencia implícita.
En Teherán, estas palabras fueron interpretadas como un llamado al boicot. La federación respondió exigiendo que, si existen dudas sobre la seguridad, «el que debería ser excluido es el país anfitrión que no puede asegurarla».
En este escenario surge México. Se ha informado que el embajador iraní en Ciudad de México ha propuesto a las autoridades locales y a la FIFA trasladar los partidos de Irán allí, argumentando que México tiene una «postura favorable» hacia la república islámica y brindaría un entorno más seguro.
México, que enfrenta desafíos propios debido a la violencia de los cárteles en estados como Jalisco, ha mostrado disposición para colaborar, siempre que la FIFA y EE.UU. den su aprobación.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha prometido desplegar hasta 100.000 agentes de seguridad y ha asegurado que no existe «ningún riesgo» para la realización del torneo.
Para la FIFA, la situación es sumamente delicada. Si Irán se retirara, las regulaciones contemplan multas mínimas de 250.000 francos suizos, posibles suspensiones en futuras competiciones y la necesidad de encontrar un sustituto para mantener el formato de 48 selecciones.
Si accede a trasladar sus partidos a México, se rompería el principio de neutralidad entre sedes y abriría la puerta a reclamaciones de otras naciones en conflictos o tensiones diplomáticas. En caso de forzar a Irán a jugar en EE.UU., el riesgo es que el conflicto se traslade a los estadios.
Actualmente, la opción más probable es una negociación urgente. Irán desea participar en el Mundial sin pisar suelo estadounidense; EE.UU. no quiere renunciar a su rol de anfitrión; México se presenta como alternativa, mientras la FIFA intenta evitar que el mayor evento futbolístico quede ensombrecido por un conflicto que escapa a su control. En este momento, la pelota está, más que nunca, en manos de la política.

