Zapatero reaparece en el cierre de campaña del PSOE en Valladolid, recuperando el icono de ‘la ceja’ y el lema ‘No a la guerra’.
El expresidente reivindica el legado pacifista del PSOE y destaca a Sánchez por su postura frente a conflictos internacionales y la regularización de inmigrantes.
El mitin transcurre en un ambiente cargado de nostalgia y apoyo a Sánchez, con alusiones a la retirada de tropas de Irak, la Ley de Memoria Histórica y críticas dirigidas a la derecha y a Vox.
El evento congrega a miles de simpatizantes y representa el reencuentro público de Zapatero y Sánchez después de casi tres años sin compartir escenario.
Inmaculada desempolvó esta semana su vieja pegatina de “No a la guerra”, con la tipografía desgastada, como si sacara del cajón una fotografía amarillenta de otro tiempo.
La conservaba como recuerdo de una manifestación en la Puerta de Alcalá en 2003. Este viernes volvió a colocársela en el pecho, llamó a su marido —“el mayor fan de Zapatero”— y juntos partieron en coche desde Ávila hacia Valladolid, al cierre de campaña del PSOE, como si fueran a ver a una vieja estrella.
En la entrada de la Cúpula del Milenio, pasado y presente se mezclaban con el merchandising. No era necesaria su reliquia: la organización repartía pegatinas nuevas de “No a la guerra” pero con la tipografía y colores socialistas.
Algunos asistentes las colocaban sobre el abrigo; otros, como Inmaculada, preferían la chapa antigua.
El expresidente conserva la capacidad de atraer multitudes.
Lo volvió a demostrar cuando, a las 18:11, atravesó las puertas de la cúpula, junto al Pisuerga. El aplausómetro explotó sin necesidad de medirlo: silbidos, gritos, móviles en alto. Entró con calma, casi paseando, y en tres segundos ya repartía besos, manos y selfies, como si llevara toda la vida haciendo cola en un mitin.
Sin embargo, Zapatero ya no es aquel joven Bambi de 2004. Desde uno de sus últimos actos públicos, en noviembre de 2025 en el Ateneo de Madrid, el tiempo y, sobre todo, la ansiedad han dejado su huella: más arrugas en el cuello, el pelo completamente encanecido.
Un envejecimiento que coincide con las noticias sobre su mediación en el rescate de Plus Ultra.
Tan solo tres minutos después de la llegada de Zapatero, apareció Sánchez. Por primera vez en casi tres años compartían un espacio público ante los medios.
A las 18:23 comienza el mitin con el público coreando “No a la guerra”. Sánchez y Zapatero están juntos, sentados en primera fila, compartiendo confidencias al oído, como dos primos mayores en la mesa de Nochebuena.
En política se suele decir que hay que hablar “más de Soria y menos de Siria”. Pero no fue el caso en el acto de Zapatero, donde principalmente se abordó Oriente Medio y casi nada Castilla y León. El público asentía, algunos con pegatinas nuevas, otros con las de 2003.
“Su primera medida fue retirar las tropas”, resalta Patricia Gómez Urban, cabeza del PSOE por Valladolid en estas elecciones autonómicas y encargada de presentar a Zapatero.
Volvemos así al pasado. Afirma que «el de la ceja molaba mucho» y que “es el mejor patrimonio que tiene este país”.
Se escuchan risas cómplices entre el público.
A las 18:49, Zapatero sube al escenario. Su discurso combina mitin con stand up comedy y una reivindicación del orgullo socialista. “El mejor partido de la Historia de España”, declara entre aplausos, y añade que el PSOE es “el que más ha hecho por la paz y la legalidad”.
No falta un tono nostálgico, un revival de los 2000, centrado en la ceja.
“Aun recuerdo la llamada de George Bush”, bromea, sin revelar detalles de la conversación tras retirar las tropas de Irak. El público capta esa mezcla de chisme internacional y memoria personal, como si escuchara una anécdota de bar narrada por el protagonista.
Zapatero afirma que la guerra de Irak “fue un descomunal desastre” que “dejó un país fallido” y expresa su satisfacción porque Sánchez le ha dicho “tres veces no” a un presidente de Estados Unidos: “Al aceptar solo el 5% del gasto militar, a la barbarie en Gaza y ahora en Irán”.
No falta una mención a la guerra civil y a la Ley de Memoria Histórica, que “ha permitido que miles de españoles puedan contar su historia”.
«Muchos no saben dónde están los restos de sus familiares”, señala el expresidente. Una voz del público responde fuerte, sin micro: “Aquí una”. El guerracivilismo, marca registrada de Zapatero, sigue presente en la mesa de Sánchez. De la memoria histórica a la democrática.
Sin embargo, algo que une al público es el rechazo hacia una persona: José María Aznar: “Lo mejor que podían hacer es no hablar del 11-M”. Las filas se cierran, la gente se enfurece, y comienza el momento de las críticas a la derecha.
Con un tono más cercano a la comedia, imita a un abejorro para ridiculizar el zumbido de la oposición del PP.
El gesto causa carcajadas: el expresidente hace de insecto mientras las cámaras lo graban. Olvida su “talante” para criticar a los medios que, a su juicio, “tienen un claro sesgo”.
“Pones la tele, Sánchez es malísimo. Esto es Corea del Norte”, bromea, y más de uno en el público levanta las cejas —las suyas, no las del logo—.
A las 19:08 pone en pie al auditorio (4.000 personas dentro y 2.000 siguiéndolo fuera) tras presentarse como el fan número 1 de Sánchez.
Defiende la regularización de inmigrantes impulsada por Sánchez y critica a Vox. “Qué valientes son para señalar a los menas y qué sumisos y cobardes cuando Trump dice algo”, exclama.
Se escuchan algunos “bravos” dispersos y algunos insultos bajos hacia Trump, como si pudiera escucharlos desde Ohio.
Sin embargo, el mayor aplauso llega cuando pregunta: “¿Dónde están los de Vox protestando cuando Trump elimina el español?”
La ovación dura más, más por orgullo lingüístico de academia de barrio que por debate geopolítico. En Pucela, dicen que se habla el mejor castellano.
Tras elogiar al candidato Carlos Martínez, al que compara con un Beatle, y con razón por su parecido a Paul McCartney, cierra el mitin.
Son las 18:16. En ese instante, se abraza a Sánchez. El primer abrazo público en meses. En las butacas, los móviles se alzan para inmortalizar el momento, como tíos en una boda.
Casi tres años, desde 2023, habían pasado sin que el expresidente y el actual jefe del Ejecutivo compartieran cartel en un mitin.
Fue en las generales cuando el expresidente se “echó la campaña a cuestas”, según admiten los socialistas, ante unos resultados que parecían negativos. Algunos militantes de entonces repiten hoy palco y consignas, con menos pelo pero la misma camiseta.
Tras la detención de su amigo ‘Julito’ Martínez, el 11 de diciembre, Zapatero desapareció. Por primera vez en años, no participó en actos de campaña, rechazó estar en la de Aragón y limitó al máximo su implicación en la de Extremadura.
Todo cambió el 6 de marzo, cuando regresó por la puerta grande tras declarar en el Senado sobre el caso Plus Ultra.
Ahí, cambió su enfoque y asumió el papel de consultor “oral” para Julio Martínez.
Cuatro días después, estaba mitineando en León. La invitación vino de su amigo, el secretario general de los socialistas leoneses, Javier Alfonso Cendón. Entre bastidores, más de uno comentaba su regreso con la fórmula clásica: “Al final, siempre vuelve”.
El éxito fue tal que a la semana siguiente estuvo en Segovia, luego en Ávila y finalmente se le incluyó en el cierre de campaña. “Hemos visto la fuerza y las ganas”, argumentaban en Ferraz para modificar el programa.
«Ahora tenemos un acto con los dos presidentes de la paz», añadían fuentes de la dirección, siempre aficionados a los eslóganes.
El mitin finaliza y entonces se produce la avalancha. La gente intenta acercarse. Selfies, autógrafos, algún codazo, y un “perdona, mujer” para abrirse paso.
Sánchez abandona el recinto a las 21:21. Zapatero lo hace a las 21:26. Declara estar “tranquilo” y llega a confesar a los presentes que sus cejas, su sello personal, son legado de su abuelo pucelano. La anécdota genera sonrisas: en Valladolid, hasta las cejas tienen pedigrí local.
Entre los autógrafos está el de José Luis, el marido de Inmaculada y el “mayor fan de Zapatero”. Regresan felices a Ávila, pegatina en el pecho, foto firmada en mano y la sensación, al cerrar la puerta del coche, de haber viajado en el tiempo hasta 2003.

