Impacto de la apertura de tiendas privadas de alimentos en Cuba: revelando desigualdades ocultas

Mujer sostiene varios productos en un supermercado estatal dolarizado en un barrio de La Habana.

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    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 10 marzo 2026
  • Tiempo de lectura: 9 min

Juan y Elisa* conforman una pareja de jubilados cubanos que superan los 80 años.

Sus pensiones combinadas no alcanzan los 5.800 pesos al mes (equivalente a US$11,6 según la tasa no oficial), mientras que una botella de aceite o una caja con 30 huevos cuestan cerca de US$7.

Cada mañana se levantan, adquieren un pan en el mercado estatal, lo dividen en dos partes y desayunan con té endulzado.

En ocasiones, ayudan cuidando a niños o personas con discapacidad de sus vecinos, lo que les brinda a cambio una comida o un poco de dinero para comprar arroz, frijoles y huevos.

Por la noche consumen la mitad restante del pan acompañado nuevamente de té.

Esta rutina define un día «bueno» para ellos, en un contexto donde solo es posible vivir al día.

El caso de Juan y Elisa representa uno de los ejemplos de extrema vulnerabilidad examinados en Cuba por la socióloga Mayra Paula Espina, de la Universidad de La Habana.

Esta especialista identifica crecientes diferencias en un país donde la información oficial sobre pobreza y desigualdad es limitada.

A poca distancia de ellos, un supermercado privado ofrece queso de cabra, yogur, embutidos, pescados y jamón español.

Solo una minoría puede permitirse sus elevados precios, pero aun así el establecimiento mantiene su actividad.

Desde que el gobierno socialista cubano autorizó la creación de micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes) a finales de 2021, el antiguo monopolio estatal en la venta de alimentos perdió terreno frente a la iniciativa privada.

Este cambio en el modelo ha significado para muchos cubanos una gama más amplia de productos alimenticios y bienes básicos que antes escaseaban.

Sin embargo, según Espina y el experto cubano-estadounidense de la Universidad de Miami, Michael Bustamante, esta apertura también ha revelado las desigualdades existentes en una isla que en los 80 destacaba por su equidad.

«Aunque ya en los primeros años de la revolución existía desigualdad, fue al final de los 90 cuando ésta se hizo más evidente. Hoy los precios en el sector privado son inaccesibles para la mayoría y la desigualdad es mucho más evidente», indicó Bustamante a BBC Mundo.

Muchas familias cubanas tienen dificultades para cubrir sus necesidades básicas.

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Las fisuras en la igualdad

Cuba enfrenta la crisis energética y económica más severa desde la caída de la Unión Soviética en 1991, quien fuera su principal aliado político y comercial, lo que causó la quiebra financiera en la isla.

Actualmente, la isla sufre las consecuencias de su baja producción, la caída del turismo, el embargo estadounidense y las tensiones con la administración de Donald Trump, que amenazó con imponer aranceles a países que enviaran petróleo a Cuba.

Durante décadas, Venezuela fue principal proveedor de combustible para Cuba, pero este suministro fue interrumpido tras la captura de Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense en Caracas a principios de enero.

Tras la crisis de los 90, Cuba no logró recuperarse del todo.

Muchos recuerdan aquel «Periodo Especial» porque, de manera similar, enfrentan restricciones extremas, apagones prolongados, limitaciones en el transporte y problemas para acceder a alimentos.

No obstante, la crisis actual no impacta a toda la población de igual manera que en aquel entonces.

En los años 80, Cuba logró niveles destacados de igualdad, dos décadas tras el triunfo de la revolución socialista liderada por Fidel Castro.

«Los grupos desfavorecidos ascendieron en un proceso de igualación que logró un índice Gini extremadamente bajo, de 0,24», explica Espina.

El coeficiente Gini es el método usado por el Banco Mundial para medir la desigualdad, donde 0 significa igualdad absoluta y 1, desigualdad máxima.

Para comparación, EE.UU. registró un 0,40 en 1989, y Uruguay, considerado uno de los países menos desiguales en América Latina, ha fluctuado entre 0,39 y 0,40 en los últimos cuatro años.

«Pero la crisis de los 90 detuvo ese progreso en Cuba. Los grupos que habían mejorado, como la población no blanca, las mujeres y los habitantes rurales, fueron los primeros en sufrir retrocesos», señala Espina.

Hombre sentado en una calle en Cuba vende paquetes de cigarrillos.

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La economía cubana se redujo en un 33% de su PIB luego del colapso soviético.

Una de las medidas del gobierno fue permitir el uso legal del dólar.

«Se comenzaron a usar dólares estadounidenses junto con pesos cubanos y el país se abrió más al turismo», relata Bustamante.

La igualdad comenzó a resquebrajarse. «Las personas vinculadas al turismo o que recibían remesas disponían de dólares o del extinto peso cubano convertible (CUC), mejorando notablemente su calidad de vida», añade el experto.

Durante la dolarización coexistían dos tipos de tiendas: unas abastecidas y dolarizadas; otras empleando moneda nacional, muchas subvencionadas y con oferta limitada.

Al inicio de los 2000, el salario promedio estatal en Cuba rondaba los 200 pesos cubanos, equivalentes a cerca de US$10 según la tasa de cambio.

Quienes no tenían familiares en el extranjero o empleo en turismo o comercio internacional debían buscar ingresos extras mediante la venta de bienes, servicios o trabajos informales múltiples.

Durante años, incluso hasta hoy, es habitual que graduados universitarios trabajen en áreas distintas a sus especialidades para lograr ingresos suficientes.

Una abuela con su nieta en un bohío en la provincia de Cienfuegos en 1994.

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Apertura del sector privado

Espina evita clasificar claramente a los afectados por la crisis de los 90 como ganadores o perdedores, pero advierte que algunos lograron beneficiarse mientras otros sufrieron un declive profundo.

A pesar de ello, existía un elemento que suavizaba las desigualdades emergentes entre los cubanos.

«El Estado continuaba siendo el principal regulador de la desigualdad. Las tiendas dolarizadas bien abastecidas, conocidas como TRD, estaban administradas por militares. No obstante, ahora es el sector privado el predominante en ese ámbito. No son la causa primaria, pero sí un chivo expiatorio en el conflicto», explica Bustamante.

La apertura a las empresas privadas fue una iniciativa tomada por el gobierno cubano tras los impactos de la pandemia y la ruptura, impulsada por Trump, de la mejora económica entre Cuba y EE.UU. registrada en la segunda presidencia de Barack Obama (2013-2017).

Una mujer elige productos en un pequeño bodegón de aparente exclusividad en La Habana.

Fuente de la imagen, Yamil Lage / AFP via Getty Images

Al finalizar 2024, había cerca de 10.000 Mipymes privadas registradas en Cuba, según datos oficiales, con un 60% concentradas en La Habana, la capital.

La mayoría de estas empresas operan en los sectores agrícola, manufacturero –excepto azúcar–, hotelería y restauración; además de construcción, comercio y reparación de bienes personales.

«El sector privado ha mostrado capacidad para importar productos que el Estado no podía, siendo un gran apoyo para muchas personas en estos tiempos difíciles», reflexiona Bustamante.

Meses antes de la apertura a las Mipymes, Cuba unificó su sistema monetario y declaró el peso cubano como moneda oficial.

Bustamante considera que fue un error. «El peso se devaluó y el sector privado, necesitando dólares para importar productos, frecuentó el mercado informal nacional. Esto elevó el costo de las operaciones y los precios resultaron inaccesibles para la mayoría».

Economía segmentada

El académico sostiene que la economía cubana presenta una marcada segmentación.

Espina comenta que la reducción en el acceso a alimentos y medicamentos subsidiados no contribuye a disminuir la precariedad y la desigualdad.

Con base en su trabajo de campo, estima que aproximadamente el 45% de los cubanos vive en condiciones de pobreza económica, mientras que un 11%-13% se encuentra en una situación por arriba de la media.

«Estas cifras son aproximadas, pues no provienen de estadísticas oficiales, sino de variables como el costo de la canasta básica, ingresos privados, salarios, pensiones y experiencias individuales», aclara la investigadora.

Para comparar, Brasil, señalado por el Banco Mundial como uno de los países más desiguales en América Latina, registra una pobreza del 23%.

Espina explica que esta segmentación social se refleja en la variedad de supermercados que existen en Cuba.

Mercado agropecuario en Cuba con una pintura de Fidel Castro sobre una bandera cubana en la pared.

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«Existen unos ‘bodegones’ bien abastecidos con productos nacionales orgánicos e importados de alta calidad y precios elevados, frecuentados por personas de clase media-alta: empleados de embajadas, extranjeros y cubanos con ingresos altos».

Por otro lado, en varios barrios hay tiendas con oferta más restringida, menor calidad y precios más bajos, aunque igualmente elevados para la mayoría.

«Estos establecimientos aparecen en zonas más humildes, en portales o bajos de edificios, con apenas un mostrador. Acá accede un público más heterogéneo con ingresos modestos», expone la profesora.

Finalmente, quienes tienen ingresos muy bajos buscan opciones todavía más económicas o reciben apoyo social a través del Estado o de iglesias.

Otra forma de adquirir bienes son los supermercados estatales dolarizados y mercados agrícolas, cuyos precios siguen siendo elevados.

También existen tiendas en línea donde familiares en el exterior compran productos que luego se distribuyen a los hogares, en una especie de «Amazon cubano», detalla Bustamante.

«El acceso a alimentos representa un indicador claro de pobreza. En otros períodos, la distribución estatal garantizaba un mínimo básico para comer. Ahora, eso ya no existe», señala Espina.

«Quienes están por debajo de ese 11% estimado con mejores condiciones deben recurrir al multiempleo formal e informal y aceptan la baja calidad y variedad de su alimentación. Los que están en pobreza extrema llegan a mendigar o alimentarse con desperdicios», añade.

«La Revolución no debe avergonzarse de sus problemas»

En julio de 2025, la exministra cubana del Trabajo, Marta Elena Feitó Cabrera, renunció tras unas controversiales declaraciones donde cuestionó la mendicidad.

«Hay personas que se hacen pasar por mendigos para ganar dinero fácil», afirmó ante la Asamblea Nacional.

Estas declaraciones generaron críticas en redes sociales y el presidente Miguel Díaz-Canel censuró públicamente las palabras de Feitó por estar «desconectadas de las realidades que enfrentamos».

«No se defiende la Revolución ocultando las dificultades que enfrentamos», expresó el mandatario, reconociendo la presencia de mendigos en el país.

Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, fotografiado en una cumbre del grupo de los BRICS en 2025 en Brasil.

Fuente de la imagen, MAURO PIMENTEL/AFP via Getty Images

El PIB de Cuba ha descendido un 11% en años recientes.

«Desde la pandemia, Cuba está estancada, debilitada y sin lograr recuperarse», explica Espina.

Esto se refleja en la emigración, con más de un millón de cubanos dejando la isla entre 2021 y 2023, el mayor éxodo en su historia.

Medidas como la apertura del sector privado no han cambiado completamente la situación, aunque representan un alivio para muchos.

Actualmente, con la escasez crítica de combustible, Espina teme que ese 11%-13% que cuenta con mejores condiciones disminuya, ya que muchos dependen del transporte para sostenerse.

En un discurso a principios de febrero, Díaz-Canel afirmó estar dispuesto a «dialogar con EE.UU. sobre cualquier asunto», pero «sin presiones».

Trump ha señalado que existen conversaciones entre ambos gobiernos, algo que el presidente cubano ha negado.

La hipotética recuperación de Cuba parece estar condicionada a la relación, que en más de seis décadas ha mostrado escasos avances hacia la normalización, entre Washington y La Habana.

*Los nombres Juan y Elisa son ficticios para proteger la confidencialidad en las investigaciones de la socióloga Mayra Paula Espina.

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