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- Autor, Lorena Motos
- Título del autor, BBC News Mundo
- 8 marzo 2026
- Tiempo de lectura: 6 min
Pocas palabras provocan tanto debate a día de hoy como "feminismo". No obstante, antes de analizar su significado, merece la pena plantear una cuestión: ¿de dónde proviene este término?
La respuesta resulta, cuando menos, inesperada.
Este vocablo, derivado del latín femĭna ("mujer") y el sufijo -ismo (denotando doctrina o movimiento), no surgió en mítines políticos ni en manifiestos por la igualdad.
Su primera mención documentada se encuentra en una tesis médica sobre la tuberculosis, en París, en el año 1871.
Una afección denominada "feminismo"
Generalmente se atribuye la creación del término al filósofo y socialista utópico francés Charles Fourier, que en 1837 promovió la igualdad entre hombres y mujeres y criticó la subordinación jurídica y económica femenina.
Sin embargo, conforme a la historiadora estadounidense Karen Offen, Fourier no empleó realmente la palabra "feminismo" en sus escritos.
La primera utilización corresponde a otro autor poco esperado.
Féminisme (feminismo) fue escrita por primera vez en 1871, en una tesis doctoral presentada en la Facultad de Medicina de París titulada: Du féminisme et de l'infantilisme chez les tuberculeux ("Del feminismo y del infantilismo en tuberculosos"), firmada por el doctor Ferdinand Valère Faneau de la Cour.

Fuente de la imagen, Keystone-France/Gamma-Keystone via Getty Images
Faneau de la Cour notó que algunos pacientes masculinos con tuberculosis presentaban lo que él identificó como rasgos típicos del sexo femenino: caderas anchas, voz fina, escasa barba, largas pestañas, piel clara y fina, e incluso desarrollo mamario.
Denominó a este conjunto de características "feminismo", entendiendo como una especie de estancamiento en el desarrollo masculino, una feminización patológica del organismo.
Pero su análisis no se limitó a eso.
El autor también vinculó ese "feminismo" con tendencias emocionales o debilidad del carácter, atributos psicológicos y afectivos que en aquella época se conectaban con las mujeres.
"Resulta significativo que lo femenino se describiera como una enfermedad", destaca la venezolana Eli Bonilla, traductora y licenciada en idiomas modernos, que divulga temas lingüísticos en redes sociales bajo el seudónimo @panahispana.
"Esto revela mucho acerca de cómo se visualizaba a la mujer entonces: como algo negativo, una cualidad que un hombre jamás debería poseer", añade.
Desde lo médico hasta el insulto
En 1872, apenas un año posterior a la tesis médica, el término experimentó una nueva evolución.
Fue empleado por el escritor Alexandre Dumas hijo, autor de "La dama de las camelias", en un panfleto titulado L'homme-femme ("El hombre-mujer").
En dicho texto, Dumas hijo cuestionaba las ideas liberales sobre igualdad de género y defendía una visión tradicional de los roles sexuales.
Para referirse a los hombres que respaldaban los derechos políticos de las mujeres, los llamaba féministes, o feministas.
Así, el vínculo entre un diagnóstico médico y un uso peyorativo se estableció lógicamente: si "feminismo" era una enfermedad del cuerpo masculino, llamar "feminista" a alguien equivalía a acusarle de padecer ese mal en el plano moral e intelectual.
"Ser llamado feminista era un insulto para un hombre", puntualiza Bonilla.
Pero, ¿cómo logró la palabra evolucionar de esa connotación negativa al significado que tiene actualmente?
Ahí, según Bonilla, "comienza un proceso lingüísticamente fascinante: la resemantización del término".
Cuando el significado de las palabras cambia
Antes de continuar con la historia del feminismo, conviene detenerse en este concepto lingüístico fundamental: la resemantización.
Consiste en el proceso mediante el cual una palabra modifica su significado con el paso del tiempo. No se origina de nuevo, sino que se transforma.
Un ejemplo claro es la palabra "ratón". Durante siglos solo designó al pequeño roedor, pero hoy también nombra el dispositivo usado para controlar la computadora.
Misma palabra, nuevo sentido. Eso es resemantización.
En el caso del feminismo sucede algo distinto: no solo cambia su significado, sino que esta transformación es impulsada por una reapropiación lingüística.
Es decir, cuando un grupo recupera un término usado en su contra, lo convierte en un símbolo propio, eliminando su carga negativa y dotándolo de identidad.

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En 1882, la sufragista francesa Hubertine Auclert utilizó el término féministe en una carta dirigida al prefecto del Sena, donde defendía el derecho de las mujeres a cuestionar las leyes locales sobre el matrimonio civil obligatorio.
A pesar de ello, el término tardó en popularizarse.
No fue hasta 1891 que la prensa francesa comenzó a utilizarlo, después de haber denominado hasta entonces al movimiento por los derechos femeninos como mouvement féminin ("movimiento femenino").
A finales de ese año, féministe empezó a ganar presencia en publicaciones vinculadas al movimiento y en la prensa diaria.
En 1892, los términos "feminista", "feminismo" y "movimiento feminista" se difundieron por varios países europeos, incluidos Inglaterra, Suiza y Austria, usados por las propias activistas para nombrar su causa.
Una palabra contestataria
Este término llegó al español tras pasar por el francés y fue incorporado al Diccionario de la Lengua Española en 1914.
Hoy, la Real Academia Española (RAE) define feminismo como el "principio de igualdad de derechos entre mujeres y hombres", una definición escueta que no refleja todo el recorrido histórico del término.
Quizás esto explique la persistente confusión popular: la idea errónea de que feminismo es lo opuesto a machismo, o que ambos términos son opuestos directos.
"Riman, efectivamente", comenta Bonilla, "pero no tienen el mismo significado. La raíz de feminismo es femĭna, ‘mujer’. En cambio, machismo deriva de macho, con todas las connotaciones que eso implica. El diccionario recoge 17 acepciones".

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Pasado más de un siglo, la palabra sigue siendo motivo de polémica.
La escritora y teórica feminista británica Sara Ahmed ha señalado que feminismo no solo representa un conjunto de ideas políticas, sino también un espacio de identidad social, que puede generar resistencia o alejamiento incluso entre quienes apoyan la igualdad.
Esto se observa en personas que defienden la igualdad pero dudan en autodenominarse feministas, bien porque consideran que el término ha adquirido una carga excesivamente política o porque no empatizan con ciertas corrientes del movimiento.
Desde una perspectiva lingüística, esto no es novedoso. Los términos que nombran movimientos sociales suelen estar en constante disputa, evolucionan en significado, se cargan de nuevos matices y se reinterpretan con el tiempo.
La palabra feminismo comenzó describiendo síntomas de una enfermedad, luego fue insulto y finalmente se convirtió en el nombre de una de las luchas sociales más relevantes de la historia contemporánea.
Las palabras cambian. Se transforman. Y en ocasiones… se rebelan. Feminismo es un claro ejemplo.
*Diseño de imagen de portada por Caroline Souza, del Equipo de Periodismo Visual de BBC Mundo.

