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Información del artículo
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- Autor, Atahualpa Amerise
- Título del autor, BBC News Mundo
- 6 marzo 2026
- Tiempo de lectura: 8 min
Eliminar al líder y pactar con figuras internas del aparato estatal para establecer una relación política y comercial favorable a Estados Unidos.
Esta es, en esencia, la táctica que permitió al presidente Donald Trump inaugurar una nueva etapa de colaboración con el gobierno de Caracas luego de la captura del exmandatario Nicolás Maduro a comienzos de enero.
No obstante, lo que sucedió en Venezuela con notable rapidez se presenta mucho más complejo en el caso de Irán.
Estados Unidos e Israel han eliminado al líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, junto a varias de las figuras más relevantes del poder iraní tras días de bombardeos aéreos que desencadenaron un conflicto de alcance regional en Medio Oriente.
Trump ha insinuado que el desenlace podría ser similar al ocurrido en Venezuela y hasta ha dejado entrever que podría emerger en Teherán un gobierno, particularmente un nuevo líder, dispuesto a colaborar con Washington.
«Debo participar en su nombramiento, como con Delcy en Venezuela», señaló el presidente de Estados Unidos este jueves, días después de calificar la situación actual en Caracas como «el escenario ideal» para Irán.

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Sin embargo, implementar esa estrategia en Irán implica retos significativos: es un país con cerca de 92 millones de habitantes, más de tres veces la población venezolana, y dispone de un ejército robusto, una élite clerical fundamentalista y una sociedad diversa donde coexisten múltiples corrientes e identidades sociales y religiosas, incluyendo minorías separatistas.
¿Podrá Estados Unidos reproducir en Irán la fórmula de transición de poder utilizada en Venezuela?
La defensa
La comparación entre Venezuela e Irán muestra diferencias sustanciales, comenzando por el tipo de operaciones militares que Washington ha llevado a cabo en cada caso.
En Caracas, se trató de una intervención rápida y limitada: el 3 de enero, fuerzas especiales estadounidenses atacaron objetivos militares y capturaron a Nicolás Maduro, quien fue trasladado a Nueva York junto con su esposa para enfrentar cargos por narcotráfico y terrorismo.
Pocos días después, la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia de manera interina y las instituciones venezolanas continuaron funcionando.
En contraste, el ataque en Irán fue considerablemente distinto: Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva masiva contra la infraestructura militar y política iraní, atacando miles de objetivos, desde bases de misiles hasta centros de mando, lo que provocó la muerte del ayatolá Jamenei y otros altos funcionarios.
Esta operación desencadenó un nuevo conflicto en Medio Oriente, con el riesgo de que se extienda y afecte la economía y la seguridad global.
«No creo que la estrategia aplicada en Venezuela sea viable en Irán», afirma a BBC Mundo el analista iraní-estadounidense Sina Toosi, investigador principal del Center for International Policy en Washington DC.

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El especialista señala que en Caracas, los estadounidenses «neutralizaron al líder principal y negociaron con el resto del régimen; en Irán eliminaron a Jamenei, pero el resto del régimen permanece intacto. No hay ningún acuerdo con ellos, y el país, su gobierno y su ejército continúan respondiendo con ataques contundentes».
Aquí entra en juego otro aspecto: Irán posee una capacidad defensiva mucho más avanzada que Venezuela, con un gasto militar entre tres y cuatro veces mayor, el arsenal de misiles balísticos más amplio del Medio Oriente y una industria armamentista propia que, a pesar de décadas de sanciones internacionales, produce en masa proyectiles, drones y otros sistemas bélicos sofisticados.
«Trump alcanzó victorias militares rápidas, sencillas y políticamente convenientes —la captura de Maduro y el ataque a instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025— y creyó que podría lograr algo parecido inmediatamente. Sin embargo, eso no está sucediendo ahora mismo», concluye Toosi.
El desafío político
En cualquier caso, incluso si EE.UU. e Israel lograran neutralizar completamente la defensa iraní, el escenario político en Teherán presenta serias complicaciones.
Después de años de crisis económica y división social, el poder político venezolano estaba altamente centralizado en torno a la figura del presidente y un círculo reducido de líderes.
En contraste, Irán posee una estructura política mucho más compleja: desde la revolución islámica de 1979, el poder se reparte entre organismos religiosos, instituciones electas y fuerzas militares como la Guardia Revolucionaria.
Este entramado está diseñado para asegurar la continuidad del régimen aún si la cúpula es removida, mediante mecanismos sucesorios como la elección del líder supremo por la Asamblea de Expertos.
Esto fortalece la resistencia institucional del sistema y, sobre todo, indica que la desaparición del ayatolá no significa necesariamente una caída o un cambio político.

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«Alterar esa estructura, efectuar un cambio real de régimen, no se limita a eliminar a Jamenei o bombardear instalaciones. Requerirá tropas desplegadas en el terreno y un esfuerzo considerable en materia de cambio de sistema», pronostica Toosi.
También es clave considerar el aspecto religioso de la República Islámica, que se define como un sistema político basado en la autoridad clerical chiita y que confiere a su legitimidad una dimensión ideológica que difiere de la de otros gobiernos autoritarios convencionales.
Esto provoca que sus líderes interpreten las presiones externas como una amenaza vital, lo cual fortalece la cohesión interna en tiempos de crisis y dificulta que se formen agentes dispuestos a alinearse con las demandas de Washington.
¿Un "Delcy" iraní?

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Consultado sobre la posibilidad de hallar una figura similar a Delcy Rodríguez entre los integrantes de la élite de poder en Irán, donde existen facciones moderadas y pragmáticas que han funcionado históricamente como contrapeso a la línea dura, el analista responde que «si Washington quisiera un dirigente confiable en Irán, tendría muchísimo más complicado lograrlo que en Venezuela, un país en el patio trasero de Estados Unidos, mucho más susceptible de ser intervenido y moldeado».
«Si hablamos de personajes como Ali Larijani (secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional), Masoud Pezeshkian (presidente del Parlamento) u otros actores del sistema, ¿acordarían con Trump reconocer a Israel o desmantelar sus programas nuclear y de misiles? Lo veo altamente improbable mientras esa estructura se mantenga», enfatiza.
Añade: «Incluso si emergiera un líder más moderado, y se intentara pactar con él para colocarle en el poder, ¿cómo accedería a ese cargo? ¿Conseguiría respaldo suficiente de los Guardianes de la Revolución, del estamento clerical y de la base tradicional del régimen? Tampoco parece plausible».

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Más allá de la política, la composición social de Irán es otro factor crucial: a diferencia de Venezuela, que presenta una población religiosa y étnicamente bastante homogénea, el país persa es mucho más plural.
La República Islámica alberga diversas minorías étnicas, incluyendo árabes, kurdos, baluches y azeríes, principalmente en regiones fronterizas que históricamente han sido focos potenciales de inestabilidad.
Los expertos consideran que esta diversidad añade riesgos a cualquier intento de transición política, dado que algunos de estos grupos podrían aprovechar una debilidad temporal del sistema para tomar control por la fuerza en ciertas zonas o establecer milicias que provoquen desorden.
La geopolítica y el factor Israel
Otra diferencia clave radica en la importancia geopolítica de los dos países.
Aunque Venezuela posee las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, su capacidad para proyectar poder militar o político más allá de su zona cercana ha sido casi nula.
En cambio, Irán es un actor decisivo en Medio Oriente, manteniendo una red de aliados y milicias en varios países, desde Hezbolá en Líbano hasta los rebeldes hutíes en Yemen, lo que ha ampliado el alcance del conflicto actual.
«Irán puede generar muchos más problemas y tiene mucha mayor influencia regional que Venezuela, complicando sustancialmente un cambio o transición de régimen», señala Toosi.
Además, su posición geográfica es estratégica para el comercio energético mundial: el estrecho de Ormuz, situado frente a la costa occidental iraní, es la vía por donde transita el 20% del petróleo global.
Hasta el sábado pasado, alrededor de 20 millones de barriles de petróleo cruzaban esta vía diariamente, equivalentes a más de US$500.000 millones anuales.

El analista del Center for International Policy estima que Irán «podría derivar hacia un escenario de guerra civil o colapso» si el conflicto continúa, lo que implicaría riesgos para todas las partes.
«Cabe recordar que el país se extiende desde el golfo Pérsico hasta el mar Caspio, situado en la encrucijada entre Asia, África, Europa y Eurasia; una meseta iraní inestable con más de 90 millones de habitantes tendría consecuencias duraderas», advierte.
Este factor brinda al régimen de los ayatolás un incentivo significativo para resistir el mayor tiempo posible: Teherán sabe que prolongar el conflicto generaría altísimos costos para Occidente y el mundo en términos económicos y geopolíticos, por lo que confía en que en algún momento sus adversarios optarán por negociar una tregua que garantice su supervivencia.
Otro aspecto diferenciador con respecto a Venezuela es la participación de un actor fundamental: el Estado de Israel.
Mientras el gobierno de Trump podría aceptar un acuerdo con Teherán que mantenga vigente la República Islámica —como ocurre por ahora con el chavismo en Venezuela—, el de Benjamin Netanyahu busca eliminar por completo el régimen de los ayatolás.
«Aunque Trump quisiera negociar con este régimen, Netanyahu y los israelíes han declarado que desean su desaparición. Probablemente preferirían el caos o incluso la implosión de Irán antes que un acuerdo así», señala Toosi.
Agrega que, dada la gran influencia del lobby israelí en el gobierno estadounidense, el objetivo de erradicar la teocracia iraní «resuena constantemente en el oído de Trump, lo que constituye una diferencia clave respecto a Venezuela».

