Disminuir la cantidad de estudiantes por clase favorece el bienestar docente sin incrementar el desempeño académico

Otras estrategias, como las tutorías intensivas tras el horario escolar, resultan más económicas y aumentan los resultados de los estudiantes hasta 20 veces más.

La ministra Tolón hace experimentos científicos con alumnas de Primaria.

Disminuir el número de alumnos por clase mejora ciertos aspectos de la dinámica en el aula, pero de forma «muy limitada». Esta medida «incrementa el bienestar» de los maestros, aunque «no mejora» el rendimiento académico de los estudiantes. En un contexto de creciente presión fiscal y descenso de la natalidad, reducir masivamente el tamaño de las clases provoca efectos «pequeños o inexistentes» en las calificaciones y en el índice de repetición.

Estas son las conclusiones de un estudio causal, el más extenso hasta la fecha en España, que desmonta la creencia popular de que los niños aprenden mejor en aulas con menos alumnos. «Reducir el tamaño de clase no mejora el aprendizaje de manera efectiva», afirma el análisis publicado hoy por el think tank EsadeEcPol. Además, destaca que «los principales beneficios recaen en los adultos», es decir, los profesores y los padres, lo que «ayuda a explicar la alta demanda social por esta política y su acogida institucional, a pesar de su impacto limitado en el aprendizaje».

La investigación se ha llevado a cabo con microdatos de las pruebas de destrezas y competencias de la Comunidad de Madrid junto con sus cuestionarios contextuales; sin embargo, «los resultados pueden generalizarse a toda España», según el autor, José Montalbán, investigador asociado en Oportunidades y Movilidad Social de EsadeEcPol y profesor asistente de Economía en la Universidad de Estocolmo. En el estudio participaron 1.200 colegios, más de 100.000 alumnos —todos los de 3º y 6º de Primaria de la región—, cientos de miles de profesores y padres. Siguiendo la metodología del economista Nobel Joshua Angrist, Montalbán comparó los resultados de escuelas con 30 alumnos por aula con otras similares, que al contar con 31 estudiantes, dividieron las clases en dos grupos de 15 y 16 niños. ¿Qué observaron?

Montalbán encontró que disminuir cinco alumnos por clase reduce en cuatro puntos porcentuales la probabilidad de que la disrupción en el aula sea un problema moderado o grave. Además, aumenta en un punto porcentual la frecuencia de revisión de deberes y en cuatro puntos porcentuales la enseñanza en grupos reducidos. «Pero estas prácticas ya son bastante comunes (con tasas del 93% y 70%, respectivamente), por lo cual el cambio pedagógico es mínimo», aclara.

Estas mejoras menores, en cualquier caso, no se traducen en avances significativos en el aprendizaje. «No se detectan efectos significativos en el rendimiento en pruebas estandarizadas, el bienestar subjetivo de los estudiantes ni en la repetición de curso. Los tamaños del efecto observado son cercanos a cero, lo que coincide con la evidencia científica internacional», sostiene el estudio.

Menor implicación familiar

El análisis también abordó si las familias modifican su conducta ante clases más reducidas y descubrió que «tanto alumnos como familias relajan ligeramente su esfuerzo cuando las clases son menores, aunque estos cambios son demasiado leves para explicar la ausencia de mejoras educativas». ¿Qué tan leves? Se advierten ocho minutos menos por semana de promedio dedicado a los deberes; los padres se muestran menos comprometidos y disminuye el uso de profesores particulares y academias en un punto porcentual respecto a una base del 14,5%.

Al examinar todos los datos, se observa que «los principales beneficiarios de las clases más pequeñas son los profesores y las familias». «Reducir cinco alumnos por aula incrementa el bienestar docente en alrededor del 5% de una desviación estándar y mejora la satisfacción familiar con el centro escolar en un 2,5% de una desviación estándar. Estos beneficios son reales y constituyen objetivos legítimos de la política educativa, lo que contribuye a explicar la alta demanda social por ratios más bajas», resaltan los autores.

El Gobierno pretende aprobar antes del final del curso una ley que establezca un máximo de 22 alumnos para Primaria (ahora son 25) y 25 para la ESO (actualmente 30) a partir de 2027/28. La mayoría de las comunidades autónomas ya ha reducido las ratios, pero esta ley, que deberá ser aprobada en un Congreso con mayoría inestable, consolidaría esa disminución para el futuro. Se plantea como un modo de evitar la reducción de profesores ante la pérdida de estudiantes provocada por el descenso natalicio, que conduce a un «sistema educativo zombi», con «muchos centros pequeños y ratios muy bajas», según palabras de Lucas Gortázar, director de Investigación de EsadeEcPol.

Mensaje incómodo

Montalbán, consciente de que su postura es «incómoda» y no será bien recibida por profesores, señala que reducir las ratios es «muy costoso» (entre el 70% y 80% del gasto se destina a salarios), cuando existen alternativas como las tutorías intensivas después de clase, más económicas y con una mejora del rendimiento 20 veces superior.

También sugiere medidas para elevar el prestigio del profesorado y atraer a más personas a la carrera de Magisterio, como implementar un MIR docente que aumente las exigencias de ingreso a la profesión a cambio de mejores condiciones laborales, un sistema voluntario de evaluación ligado a incentivos y más estabilidad en los claustros.

«Las disminuciones de ratios solo podrían justificarse, en el mejor escenario, si se aplican de forma focalizada en centros con alta disrupción o necesidades específicas, siempre acompañadas de prácticas que potencien sus efectos», subraya la investigación. «En definitiva, si el objetivo principal es optimizar los resultados académicos, el bienestar del alumnado y reducir la repetición, la evidencia indica que la reducción generalizada de ratios no es una de las políticas más efectivas para lograrlo».

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