Cátedra Gabriela Mistral

24 de diciembre, 1914 Su carta me dejó sin voz, sin acción, hasta sin pensamiento; ¡a qué hondor! ¡Dios mío! Había llegado esto! No será contestada. Mi anterior llevó palabras necias que, destinadas a acaricias, fueron a herir. ¿Por qué la escribí? Porque el destino lo quiso. Y esta última carta debió ser larga, tanto como esta amargura que vela a la cabecera de mi cama hace muchos días. Manuel, yo rezaré por Ud. tanto como por mí, es decir, mucho. Adiós hermano. Lucila. -Por sus cartas, gracias; por lo que la última me ha desgarrado, gracias también.

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