
El ingeniero austriaco Peter Steinberger no figuraba en Wikipedia hasta hace pocos días. Tampoco forma parte de Davos ni ofrece conferencias. No recibe dietas por asistir a consejos directivos ni comparte mesa con gurús tecnológicos. Su enfoque se encuentra en otra dimensión. Sus logros son impresionantes en la cercanía.
Su edad es desconocida, aunque se sabe que cursó bachillerato en el HTL Braunau, al norte de Salzburgo, cerca de la frontera con Alemania. Más tarde, obtuvo su título en la centenaria Technische Universität de Viena. En 2011 fundó PSPDFKit, plataforma que hoy lleva el nombre de Nutrient, centrada en tecnología de procesamiento documental y en la automatización de flujos laborales. No hay mucho más que añadir sobre su trayectoria académica.
Se destaca su pasión por el levantamiento de pesas y su seña distintiva consiste en colocar la mano en forma de garra. Es un hombre que actúa. Piensa y materializa. Sin vacilaciones. A máxima velocidad. Con el valor característico de quien no tiene nada que perder y todo que ganar. Es un visionario con los pies en la tierra. Prefiere transformar el mundo antes que solo ver crecer su compañía. En tan solo seis meses, OpenClaw ha emergido como la gran revelación del momento.
«Mi siguiente objetivo es desarrollar un agente que incluso mi madre pueda manejar. Eso implicará un cambio mucho más vasto, contemplar cómo hacerlo de manera segura y tener acceso a los modelos y estudios más recientes», indicó el pasado fin de semana.
En noviembre del año anterior, este ex desarrollador de aplicaciones para Apple lanzó la primera versión de Clawdbot. El nombre de la empresa varía cada pocos meses: empezó como Moltbot, luego Clawdbot y ahora OpenClaw. Y lo próximo será OpenAI, compañía que adquirió la startup de moda el pasado sábado.
Steinberger lo comunicó en su sitio web, Steipete.me, alias con el que se le conoce en círculos cercanos. «Me uno a OpenAI para trabajar en poner agentes al alcance de todos. OpenClaw se convertirá en una fundación y mantendrá su apertura e independencia». Según sus palabras, la compañía ahora integrada por OpenAI «sostendrá un espacio para pensadores, hackers y personas interesadas en controlar sus datos, con la finalidad de respaldar aún más modelos y negocios«.
En ese mismo portal, Steinberger relata el torbellino de las últimas semanas en San Francisco. «Jamás imaginé que mi proyecto escolar generaría tal revuelo. Internet volvió a parecer extraño, y fue increíblemente gratificante observar cómo mi trabajo inspiró a muchas personas. Hay infinitas posibilidades. Numerosas personas intentan influenciarme, ofrecen consejos, preguntan cómo invertir o qué planeo hacer. Expresar que es abrumador queda corto», comenta.
Tres días tras su anuncio, Sam Altman, CEO de OpenAI, replicó el gesto y publicó en X, curiosamente la red social de su rival Elon Musk. El comunicado resonó mundialmente: «Peter Steinberger se suma a OpenAI para impulsar la próxima generación de agentes personales». En términos futbolísticos, el impacto sectorial fue comparable a la incorporación de Mbappé al Barça. Esa noticia probablemente causó escalofríos a Dario Amodei, CEO de Anthropic, cuando se enteró. “¿Cómo dejamos escapar a semejante talento?”, debió expresar con su equipo.
En un contexto donde la IA está revolucionando el mundo, Steinberger se mueve como un bailarín experimentado en una pequeña discoteca. Se dice que necesitó poco más de una hora para desarrollar su última innovación: conectar su modelo de IA predilecto, Claude de Anthropic, con una aplicación de mensajería instantánea. Así, su inventiva puede ejecutar tareas cotidianas mediante agentes de IA, usando una interfaz tan familiar como WhatsApp o Telegram. No es necesario complicar más la distribución de órdenes entre los agentes domésticos.
Una vez que cualquiera puede comunicarse fácilmente con su agente personal de IA, basta con que este asistente digital acceda a los datos del ordenador de su dueño. Los posibles riesgos de privacidad son evidentes, pero también lo es la relación entre coste y beneficio de esa confianza.
Es decir, el «empleado digital» creado por OpenClaw reside en el ordenador personal y puede realizar labores como monitorear correos electrónicos para alertar por chat si llega un mensaje vital. También revisa distintas tiendas online para localizar el mejor precio de un producto y hacer el pedido, tras consultar al interesado.
El desarrollador austríaco no invirtió un solo dólar en publicidad para su empresa. La labor ya la hizo gratuitamente MoltBook, la primera red social compuesta por agentes de IA. Se trata de un espacio online en el que los robots intercambian impresiones sobre sus temas, incluyendo la creación de su propia religión, con apóstoles y doctrinas correspondientes. Allí los bots incluso ‘alquilan’ humanos (Human Rent, lo llaman) para contratar servicios que están fuera del alcance de la maquinaria. Para ese altavoz social de máquinas para máquinas, OpenClaw se proyecta como un paraíso para seres sintéticos.
Por diversas razones, la industria tecnológica ya lo consagra como el talento más visionario en inteligencia artificial. El precio de su contratación equivale al valor de OpenClaw, cifra que aún no ha sido revelada. Pero no importa. Lo valioso es el cerebro que viene en el paquete. En un entorno donde lo extraordinario se vuelve común rápidamente, Steinberger promete impulsar las futuras evoluciones de ChatGPT.

