Este enclave navarro del valle de Malerreka celebra uno de los carnavales rurales más singulares de España, marcado por cencerros, pieles y un vínculo profundo con la tierra
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Un carnaval rural, un molino centenario y un puente medieval envuelven a este pueblo navarro durante un invierno repleto de símbolos y tradiciones. En los últimos días de enero, los visitantes pueden presenciar en este rincón del valle de Malerreka una de las fiestas más hipnóticas y sonoras del norte de la península. Todo inicia con un sonido profundo que rompe el silencio y señala que el espíritu del pueblo ha despertado.
La habitual tranquilidad de sus montes se ve interrumpida por el repique metálico de los cencerros. Este sonido es la antigua llamada que resuena entre el bosque y las casas, anunciando la llegada de los joaldunak. Vestidos con pellizas de oveja, gorros cónicos y pañuelos coloridos, desfilan en perfecta sincronía para despertar a la tierra de su letargo invernal. Esta escena, a la vez mística y festiva, solo puede experimentarse en Zubieta e Ituren, donde este rito ancestral ha perdurado hasta hoy.
Una coreografía que une pueblos
El carnaval de Zubieta no puede entenderse sin su estrecha relación con el pueblo vecino de Ituren. El lunes siguiente al último domingo de enero, los joaldunak parten desde Zubieta para recorrer los tres kilómetros que separan ambas localidades. El martes, Ituren responde con una visita similar en un ritual que celebra no solo el inicio de un nuevo ciclo natural, sino también la unión entre ambas comunidades. Desde 2011, este evento ha sido reconocido como Fiesta de Interés Turístico de Navarra.
Más allá del estruendo de los cencerros, Zubieta invita a descubrir su entorno natural y su patrimonio rural. El viejo molino, construido en 1785 y restaurado a finales del siglo XX, continúa en funcionamiento con su maquinaria hidráulica original. A su lado, una exposición etnográfica rememora los oficios tradicionales de la zona, muchos relacionados con la madera. No es casualidad que el roble, el castaño y el haya cubran gran parte de los bosques que rodean el núcleo urbano.
Puentes, senderos y patrimonio vivo
El nombre de Zubieta —«lugar del puente» en euskera— alude a su acceso más emblemático: un puente medieval de piedra con dos arcos que conecta con el casco urbano, erigido sobre el río Ezkurra. A su lado, un lavadero restaurado rememora formas de vida más pausadas. Las casas, muchas de ellas de piedra y madera, conservan el atractivo de la arquitectura tradicional, reforzando la impresión de haberse trasladado a un espacio detenido en el tiempo.
La identidad de Zubieta también se refleja en su gastronomía. En sus posadas y restaurantes, como el acogedor Herriko Ostatua, se ofrece una cocina basada en productos locales y recetas heredadas. No faltan las carrilleras estofadas, las croquetas caseras de bacalao o jamón y los txipis en su tinta, que resumen la esencia de la cocina navarra de interior. Entre los postres, sobresalen la cuajada artesana y la tarta de queso al horno, elaboradas con cuidado y materias primas locales.
La Vía Verde del Bidasoa y las rutas que siguen el curso del río permiten descubrir los contrastes de esta Navarra húmeda, salpicada de regatas, barrancos y laderas cubiertas de helechos. Ya sea por su carnaval ancestral o por su silenciosa belleza invernal, Zubieta se transforma durante unos días en un destino insolito y magnético para quienes buscan naturaleza, autenticidad y memoria viva.
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