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- Autor, BBC News Mundo
- Título del autor, Redacción *
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Fragmentos de un mineral llamado pirita de hierro encontrados en zonas poco comunes y una delgada capa de arcilla roja, junto con un gran esfuerzo, investigaciones y conocimientos acumulados, recientemente transformaron la línea temporal de la evolución humana.
Estos descubrimientos indicaron que uno de los hitos esenciales de la historia humana, el aprendizaje para dominar el fuego, sucedió 350.000 años antes de lo estimado anteriormente.
Este hallazgo evidencia que, con el paso del tiempo, incluso lo vital puede perderse, y muestra cómo las evidencias residuales pueden ser la única opción para reconstruir en el futuro lo que fue.
¿Qué restos de nuestra civilización permanecerán cuando ya no existamos?
Si, como hacen los científicos actuales, algún ser del futuro lejano explorase la Tierra, ¿cómo podría constatar nuestro paso por aquí?
Esta fue la pregunta que se planteó Steve, oyente del programa CrowdScience de la BBC, inspirado por el célebre poema de Percy Bysshe Shelley «Ozymandias», que invita a reflexionar sobre cómo incluso lo más grandioso y monumental es efímero ante el incansable avance del tiempo.
Por ejemplo, de los dinosaurios se han hallado fósiles, aunque desaparecieron hace alrededor de 65 millones de años tras habitar la Tierra durante unos 165 millones de años… ¿será posible que también nos encuentren a nosotros?
«El problema con los fósiles es que la mayoría de los organismos no se fosilizan; solo una pequeña porción de la vida terrestre lo logra», resalta el astrofísico Adam Frank, de la Universidad de Rochester, Estados Unidos.
Se calcula que menos del 0,1% de todas las especies que han vivido han quedado fosilizadas.
Las probabilidades de que, aunque algunos humanos se fosilicen, sean descubiertos, son aún menores.
No obstante, esto no es imposible, indica Paul Davis, curador de geología en el Museo de Lyme Regis, ubicado en la Costa Jurásica inglesa.
«Los fósiles se forman mediante un proceso que transforma un organismo vivo en, esencialmente, piedra.
Los huesos o conchas se modifican gradualmente, tras millones de años de exposición a agua, productos químicos y minerales que fluyen por los sedimentos y rocas que los contienen».
Los humanos, agrega, contamos con una ventaja gracias a nuestras partes resistentes, como huesos y dientes.

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Para aumentar las chances de convertirse en fósil, «es preferible ser enterrado en el mar, en una cuenca con sedimentos finos y lo suficientemente profunda para que el agua tenga bajo contenido de oxígeno».
Sin embargo, insiste, «las posibilidades de que los humanos se fosilicen son escasas, tal como sucede con la mayor parte de la vida a lo largo de la historia geológica».
Entonces, ¿dejarán alguna huella?
Los paleontólogos Jan Zalasiewicz y Sarah Gabbott, de la Universidad de Leicester, Reino Unido, sostienen que sí, que ya hemos dejado esa huella y que además será permanente.
Ambos investigadores escribieron un libro titulado «Discarded» (Desechados, 2025) donde sostienen que los tecnofósiles constituirán nuestro legado duradero.
La era del pollo
Los humanos modernos (Homo sapiens) hemos existido solo durante una pequeña fracción de la historia de la Tierra — aproximadamente 300.000 años de los cerca de 4.540 millones de años que tiene el planeta—, y, aparentemente, somos los artesanos de nuestra propia extinción.
Aun si nuestra existencia resulta ser apenas un breve instante perdido en un inmenso periodo geológico, Zalasiewicz considera que actuaremos como un instante que provocó un cambio significativo: «El gran meteorito que extinguió a los dinosaurios. En este caso, nosotros somos ese meteorito».
Quizás no seamos la enorme roca que impactó la Tierra y eliminó especies, pero sí estamos afectándolas de maneras igualmente notorias.
«Al provocar extinciones o trasladar animales y plantas, hemos modificado el recorrido de la evolución biológica; por ello, alteramos el patrón del registro fósil, y eso quedará reflejado», señala el paleontólogo.
«En base a eso, nuestros futuros exploradores se preguntarán qué sucedió y por qué. Se enfocarán en la capa que señala el inicio de todo: nuestra época».

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Zalasiewicz se refiere a los estratos terrestres, capas de roca, sedimentos o suelo que se depositan con el tiempo como páginas de un libro que relatan la historia geológica del planeta, donde las capas más profundas son las más antiguas.
La composición química de esos estratos indica qué procesos físicos acontecían durante cada periodo.
Uno de los elementos que descubrirían esos futuros paleontólogos sería el impacto notable que los humanos hemos tenido sobre otros animales.
Cuando no los trasladamos de un lugar del planeta a otro, escogemos especies vencedoras y perdedoras, señala Gabbott.
«Actualmente, sólo el 4% de los mamíferos son salvajes. El resto, el 96%, somos humanos o animales domesticados para alimentación. Por eso, hemos modificado completamente la diversidad biológica.
Presta atención a los pollos: sacrificamos 75.000 millones de ellos anualmente. Los pollos constituyen dos tercios de la biomasa aviar mundial… ¡dos tercios son pollos!».
Así, aquellos científicos del futuro al analizar los estratos que cubren toda la historia del planeta en busca de indicios de una civilización, probablemente se cuestionarán: ¿Por qué existen tantas aves similares? ¿Y por qué mueren en tal cantidad?
Cenizas y aparcamientos
Así como el dominio del fuego, otras formas de generar calor y energía han dejado y seguirán dejando huellas perceptibles para los futuros paleontólogos.
Entre estas, destacan residuos peligrosos que requieren enterramiento profundo, como los nucleares, «que son de los pocos sobre los que hemos reflexionado extensamente en cuanto a su durabilidad, aunque continuamos posponiendo su solución», resalta Gabbott.
Además están las grandes minas de carbón, presas colosales y otros rastros menos evidentes.
«Un vestigio que hemos dejado tras quemar enormes cantidades de carbón, petróleo y gas es la ceniza que ascendió a la atmósfera en forma de humo y contaminantes», indica Zalasiewicz.
«Se denominan partículas carbonáceas esféricas. Son minúsculos fragmentos de carbono sin quemar, extremadamente resistentes. Son indigeribles y permanecen como una capa dentro de los estratos.»
«En un futuro lejano, los paleontólogos podrán hallar esos diminutos restos ricos en carbono fósil de forma similar a cómo hoy identificamos esporas fosilizadas de polen en rocas: se toma una muestra, se disuelve, se examinan los restos bajo microscopio y, voilà, aparecerán partículas únicas de ceniza volante. No hay nada parecido en el registro geológico».
Así que las huellas químicas en las rocas nos delatarán en el futuro. ¿Pero acaso sobrevivirán señales más tangibles? ¿Quizás algún vestigio cultural?

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«En ciudades como Venecia, Nueva Orleans o Shanghái, que están sufriendo hundimientos, eventualmente serán cubiertas por capas de arena y lodo. Los edificios en ruinas se deteriorarán mucho; quedarán como una capa de escombros.
Pero bajo eso, los aparcamientos subterráneos, sistemas de alcantarillado y demás infraestructuras estarán mejor conservados, simplemente porque contarán con una capa de suelo, sedimentos y arena encima que los hará parte de los estratos», anticipa el paleontólogo.
Quizás no sea muy romántico, aunque podría perdurar algo del arte almacenado en bodegas de museos subterráneos.
Tal vez existirán otras evidencias que permitirán al menos sospechar que fuimos creativos.
«Probablemente interpretarán que éramos tecnológicamente avanzados porque combinamos materiales y elementos de manera muy inventiva», supone Gabbott.
«Además, hemos generado una enorme cantidad de materiales nuevos: existen aproximadamente 5.200 minerales naturales en el planeta, mientras que los humanos hemos creado artificialmente 300.000 minerales adicionales».
Esa transformación del entorno, sea mediante la fabricación de nuevos materiales, la quema de combustibles fósiles o la intervención en otras especies, hará que permanezcamos detectables durante un plazo extendido.
¿Se tiene alguna idea de cuánto tiempo será eso?
Dinosaurios… de juguete
Resulta muy complejo determinar la duración futura de nuestros objetos, explica Gabbott.
«Lo que hacemos son experimentos en laboratorio, muchos de ellos en mi caso, en los que someto un material a temperaturas y presiones elevadas o a luz ultravioleta intensa para acelerar artificialmente su descomposición.
Estos trabajos son útiles, pero en realidad no precisan cuánto durarán realmente los materiales, por eso recurrimos a análogos del registro fósil.
Por ejemplo, existen hojas fosilizadas con cientos de millones de años. El papel está fabricado con celulosa, igual que las hojas. Así que usamos ese ejemplo para afirmar que el papel, si las condiciones son adecuadas, podría persistir durante cientos de millones de años», ejemplifica la experta.

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Si tuviera que estimar cuántos millones o incluso miles de millones de años nuestras huellas podrían persistir en el futuro, ¿cuál sería su mejor proyección?
¿Por cuánto tiempo cree que los paleontólogos podrían mirar atrás y confirmar que existimos?
«Mi predicción es que hasta el fin del planeta, honestamente», responde.
«Considera que la Tierra tiene 4.500 millones de años y existen rocas de 4.000 millones de años que contienen grafito. Así que el grafito en lápices podría durar esos 4.000 millones de años.
Y el plástico tiene una duración muy prolongada».
Así que esos exploradores futuros probablemente hallarán, enterrados en algunos estratos del suelo, lápices y bolígrafos…
…y quizás incluso objetos que les desconcierten, como las pequeñas figuras de plástico con forma de dinosaurios, que podrían sobrevivir más tiempo que los fósiles de los animales que sirvieron como modelos.
«Potencialmente, eso podría ocurrir, ya que los fósiles de dinosaurios están hechos de material biológico. Por ello, los huesos minerales de dinosaurio podrían durar cientos de millones de años, pero no estoy segura de si miles de millones, porque realmente no tenemos un caso para probarlo.
Las figuras de plástico con forma de dinosaurio con las que juegan los niños, por otra parte, si terminan enterradas en sedimentos en el fondo oceánico, podrían persistir más que un hueso real de dinosaurio».
No se sabe cómo interpretarían los paleontólogos distantes en el tiempo la presencia de objetos con la forma de esos enormes animales extintos.
Al fin y al cabo, ayer, hoy y mañana —aunque ese mañana esté muy distante—, lo que hacen los científicos que estudian el pasado es imaginarlo a partir de las pocas piezas que logran encontrar del gran rompecabezas.
* Este artículo está basado en el episodio «How long will traces of our civilisation last?», producido por Caroline Steel y Sam Baker, de la serie del Servicio Mundial de la BBC CrowdScience.

