El veneno vegetal detectado en las armas presentaba un efecto retardado, debilitando progresivamente a la presa

Algunos hallazgos paleontológicos y arqueológicos recientes ―como el descubrimiento en Casablanca (Marruecos) de restos fósiles que podrían corresponder al último ancestro común del Homo sapiens, los neandertales y los denisovanos― evidencian que aún existen numerosos secretos por revelar de la época prehistórica. De este modo, los especialistas continúan dedicándose a esclarecer con detalle cómo fueron y vivieron nuestros ancestros más remotos.
En este contexto, un estudio reciente publicado este miércoles en Science Advances revoluciona por completo el conocimiento previo acerca del uso deliberado de venenos en armas para la caza. Los investigadores ―procedentes de la Universidad de Estocolmo, la Universidad Linnaeus, ambas en Suecia, y la Universidad de Johannesburgo, en Sudáfrica― han descubierto el registro más antiguo de armas envenenadas: unas puntas de flecha de hace 60.000 años.
Este hallazgo adelanta su uso en más de 50.000 años, dado que hasta ahora la prueba más antigua se situaba en el Holoceno medio, hace unos 7.000 años. Así, la investigación ilumina la complejidad de la estrategia de caza empleada por los cazadores-recolectores del sur de África durante el Pleistoceno tardío.
Un veneno vegetal con acción retardada
El equipo ha estudiado los restos químicos de veneno vegetal conservados en cinco de las diez puntas de flecha de cuarzo halladas en el yacimiento de Umhlatuzana Rock Shelter, en la provincia de KwaZulu-Natal (Sudáfrica). En estas piezas arqueológicas se lograron identificar dos alcaloides tóxicos, originarios de la planta gifbol (Boophone disticha): la buphandrina y la epibuphanisina.
Los análisis toxicológicos indicaron que dichas sustancias, incluso en pequeñas dosis, resultan letales para los roedores en un periodo de 20 a 30 minutos. “En humanos, los síntomas incluyen náuseas, coma, flacidez muscular, deterioro visual, respiración dificultosa, parálisis respiratoria, pulso irregular, disnea, así como hiperemia y edema pulmonar”, detallan en el estudio. “Su eficacia como veneno de caza depende de la preparación y la concentración; en dosis más bajas, pueden emplearse con fines medicinales”.
Este hallazgo demuestra que estos cazadores poseían conocimiento sobre venenos vegetales y habilidades cognitivas avanzadas relacionadas con la planificación, la memoria operativa, el razonamiento causal y la anticipación de efectos retardados del veneno en las presas. Cabe destacar que las flechas impregnadas no estaban pensadas para causar una muerte inmediata, sino que su efecto era gradual, ya que la sustancia actuaba lentamente y debilitaba progresivamente al objetivo. Por ello, esta modalidad de caza era de desgaste o persistencia, requiriendo seguir la pista de la presa durante varios kilómetros.
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“Aunque los cazadores del Pleistoceno medio en el Refugio Rocoso de Umhlatuzana carecían de conocimientos químicos formales, nuestro estudio evidencia que contaban con un sistema de conocimiento procedimental que les permitía identificar, extraer y aplicar exudados tóxicos de plantas con eficacia”, señalan los autores. “Además, debieron poseer una comprensión adecuada de la ecología y del comportamiento de las presas (etología) para saber que, al disparar a un animal, el veneno tardaría en hacer efecto, debilitándolo pasado un tiempo, lo que optimizaba la eficacia de la caza por desgaste o persistencia”.
Por ende, el descubrimiento no solo aporta la evidencia más antigua hasta ahora sobre caza con flechas envenenadas, sino que también amplía la “comprensión de la adaptación humana y la complejidad tecnoconductual durante una fase de rápida e acumulativa innovación regional”.

