Santiago Abascal ha excluido a la mayoría de los líderes destacados que le acompañaron en la consolidación de Vox, como Ortega Smith, Espinosa de los Monteros, Monasterio y Olona.
En el partido se vive una purga interna señalada por la concentración autoritaria en la cúpula, un viraje ideológico hacia posturas neofalangistas y denuncias sobre el predominio de intereses económicos manejados por un círculo reducido.
La influencia de personajes como Julio Ariza y la salida de miembros clave evidencian el dominio de Vox por una camarilla próxima a Abascal, con antiguos trabajadores de Intereconomía en roles estratégicos.
Pese a las disputas internas y la pérdida de fundadores, Vox continúa creciendo en votos, aprovechando la reacción social frente a las políticas de la izquierda y el centroderecha.
Santiago Abascal se convierte en el alpinista que ha ido eliminando paulatinamente a todos los sherpas que le guiaron en la compleja subida al Himalaya.
Bajo el lema de «nadie es imprescindible» (excepto Abascal), han caído Javier Ortega Smith, Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Macarena Olona, Víctor Sánchez del Real, Juan García-Gallardo…
«De la imagen de la boda de Abascal no queda nadie«, declara a EL ESPAÑOL uno de los mencionados, «éramos testigos incómodos que debían desaparecer«.
Con un círculo de confianza cada vez más limitado, Abascal ha dejado atrás a los más prominentes miembros de Vox, en una purga interminable que combina dos factores clave.
Por una parte, el cambio ideológico (hacia posiciones «neofalangistas», según Juan Luis Steegmann). Por otra, una gestión interna con tintes autoritarios.
Algunos de los expulsados mencionan además un tercer motivo: los «intereses económicos» de la «camarilla» que controla el partido. También se abordará este aspecto.
El abandono de las posturas liberales originó la salida del exdiputado Juan Luis Steegmann y de los economistas Rubén Manso y Víctor González Coello de Portugal (responsables del programa económico más ambicioso del partido).
El reposicionamiento internacional de Vox, alineándose con Viktor Orbán (considerado principal aliado de Putin en la UE), originó otras salidas significativas.
El general de Infantería de Marina Agustín Rosety dejó el partido acusando a Abascal de ser el «limpiabotas de Trump«.
El general de división Antonio Budiño (ex candidato al Congreso por Pontevedra) renunció a su afiliación tras denunciar que Vox se ha transformado en «una secta sin espacio para la crítica ni la democracia interna», cuyos líderes son unos «autócratas endiosados y fanáticos arribistas«.
El caso de Javier Ortega Smith resulta paradigmático. Este exboina verde y abogado, que representó la acusación en el juicio del Supremo por el referéndum del 1-O, fue hasta hace poco el aliado más leal de Abascal.
Esta semana fue excluido de la Ejecutiva nacional por decisión personal de Abascal, tras asistir a la presentación de Atenea, el think tank fundado por Iván Espinosa de los Monteros (exsecretario general de Vox y uno de los últimos descartados).
No obstante, allegados a Ortega Smith aseguran que esta no fue la causa directa de esta reciente depuración.
«Se puede estar o no de acuerdo con sus ideas», comenta un antiguo compañero, «pero Ortega Smith es un trabajador incansable con valores sólidos. Quizá representa la corriente más patriótica del partido. Creía profundamente en el proyecto. Y le debía doler ver que ahora algunos sólo están para facturar».
Otro exdirigente relevante describe la situación: «A Ortega Smith le encargaron diseñar un sistema de gestión más centralista. Construyó el búnker, dentro del cual ingresaron Ariza, Abascal, Garriga, Buxadé… y finalmente lo echaron«.
Juan Luis Steegmann, exdiputado, confiesa sentirse «triste, preocupado y decepcionado» por el rumbo del partido, que dejó en 2024.
«Tengo mucho respeto y aún siento aprecio por Abascal», expresa Steegmann a EL ESPAÑOL, «confío en que algún día reconocerá el error de prescindir de quienes le ayudaron».
«El partido puede cambiar y tal vez ya no precise ciertos perfiles», reconoce, «pero conservar a esas personas como asesores es acertado. No hacerlo es ingrato y poco sensato«.
Steegmann se separó de Vox en 2024, aunque sus divergencias venían de tiempo atrás.
«Ingresé en Vox porque considero que la libertad es el valor fundamental en política, tanto la libertad individual como la económica y la propiedad», explica.
Por ello, observa con preocupación el actual «desplazamiento de Vox hacia el azul mahón y el neofalangismo, con tintes anticapitalistas». Pone como ejemplo al nuevo portavoz adjunto, Carlos Hernández Quero, a quien califica como «un podemita disfrazado de falangista«.
Otros antiguos dirigentes consultados por EL ESPAÑOL prefieren reservar sus identidades, principalmente porque la purga suele ir seguida del linchamiento público del discrepante por la bien coordinada maquinaria de redes sociales de Vox.
«Algunos partidos adquieren un medio de comunicación», comenta una figura destacada del pasado reciente de Vox, «nosotros hemos sufrido lo contrario: un medio hizo una OPA hostil y tomó control del partido».
Se refiere a la creciente influencia de Julio Ariza (fundador del grupo Intereconomía) y su familia en la dirección actual de Vox:
«Todo el equipo de comunicación actual, liderado por Juan Pflüger y el portavoz nacional José Antonio Fúster, está compuesto por antiguos empleados de Ariza», detalla.
La misma fuente menciona los pagos realizados por la fundación Disenso (presidida por Santiago Abascal) a empresas vinculadas a la familia Ariza (que adquirió La Gaceta, órgano comunicativo de Vox) y a la consultora del periodista Quico Méndez-Monasterio, consejero cercano del partido.
Estas empresas facturan a Vox (o Disenso) por múltiples conceptos, como asesoría, organización de eventos o impresión de materiales.
Junto a este grupo, el actual liderazgo de Vox está formado por exmiembros del PP: Santiago Abascal, Ignacio Garriga y Jorge Buxadé, con creciente protagonismo de figuras como Lourdes Méndez-Monasterio o Nerea Alzola.
«Son expeperos jugando a falangistas, derrotados en las luchas internas del PP, criados en la traición entre compañeros», comenta gráficamente el exdirigente citado.
Las recientes elecciones autonómicas en Extremadura han puesto de manifiesto dos hechos. Primero, la escasa relevancia de los barones regionales, reducidos a simples transmisores de la dirección nacional.
Muchos ni siquiera conocían al candidato de Vox, Óscar Fernández Calle, hasta que en la noche electoral apareció para celebrar que su partido había más que duplicado representación.
De ahí la paradoja: Vox no deja de crecer en votos pese a su sangría interna.
Un político destacado, integrante del núcleo fundador de Vox, lo explica así: «En los últimos veinte años se ha impuesto en Europa el modelo de lo políticamente correcto o ‘woke’: la ideología de género, el relativismo moral, la revisión histórica, la política de fronteras abiertas a la inmigración irregular…»
Y subraya que esos valores han permeado tanto la izquierda como el centroderecha.
Sin embargo, ahora surge una reacción en las clases medias y trabajadoras, que «ven cómo les ocupan sus hogares sin posibilidad de actuar, aumenta la inseguridad en los barrios, la corrupción está desatada y la unidad nacional amenaza romperse con los pactos de Sánchez».
Como consecuencia, añade el mismo dirigente, «el centro de gravedad de la opinión pública se desplaza claramente. Vox capta bien esa ola, que continuará beneficiándolo en futuras elecciones».

