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- Autor, Dalia Ventura
- Título del autor, BBC News Mundo
- 44 minutos
“Cuéntame una mentira”, le solicité a Earle Havens al comenzar nuestra charla.
Se mostró incómodo, aunque no porque se sintiera ofendido. Después de todo, es un destacado especialista en falacias.
No solo imparte clases sobre el tema en la Universidad John Hopkins de Estados Unidos, sino que, además, como conservador de libros y manuscritos raros en el Centro Stern para la Historia del Libro, supervisa la Bibliotheca Fictiva de Falsificaciones Literarias e Históricas.
Esta biblioteca es una amplia, excéntrica y excepcional colección de engaños, falsificaciones y fraudes escritos que han acompañado la cultura humana desde relatos falsos de viajes en la Antigua Grecia hasta la invención de extraterrestres mayas en los años 60.
La incomodidad de Havens no se debía a que le pidiera mentiras, sino a que le solicitara solo una: “¡Es como preguntarme cuál es mi hijo preferido!”.
Pero, por supuesto, no era únicamente una mentira, sino una para iniciar.
¿Qué hay sobre las supuestas declaraciones de testigos oculares de la caída de Troya?
“Ah, sí, esa es muy antigua, corresponde a Dictis Cretense y Dares Frigio”.
Dictis, supuestamente, acompañó a Idomeneo, rey de Creta y uno de los pretendientes de la bella Helena, a la guerra de Troya y habría escrito un relato de esos eventos.
Dares, por otra parte, era un sacerdote troyano de Hefesto mencionado en “La Ilíada” de Homero y supuesto autor de un relato perdido del legendario conflicto.
Convenientemente, la narración de Dictis favorecía a los griegos, mientras que la de Dares lo hacía hacia los troyanos y, aunque “las falsificaciones nunca sobreviven al paso del tiempo”, estas dos fueron fuentes sumamente influyentes para las interpretaciones de la historia de Troya hasta el Renacimiento.

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“El problema residía en que durante mucho tiempo, todo lo conocido sobre la batalla de Troya provenía únicamente de Homero, y la gente deseaba conocer más sobre los eventos y qué ocurrió con aquellos personajes que desaparecían repentinamente del poema.
Hubo detalles que Homero omitió. Por eso, surge este deseo, esta inclinación humana por completar esas lagunas”.
Havens añade que ese impulso también se reflejó para llenar vacíos en la Biblia, “especialmente en el Nuevo Testamento”.
Aspectos que la Biblia no revelaba
Una de las ausencias del Nuevo Testamento es la descripción física de Jesucristo.
“En la Edad Media, decidieron remediar esto mediante la creación de una carta falsa, atribuida a un cónsul romano, gobernador de Judea, Publio Léntulo, dirigida al Senado de Roma y describiendo la apariencia de Jesús”.
«Es de estatura alta, aunque sin exagerar; apuesto; (…) su cabello es del color avellana madura y liso, casi hasta las orejas, pero desde allí ligeramente rizado, (…) y suelto, con la raya en medio, según la costumbre de los nazarenos.
«La frente es lisa y muy tranquila, sin arrugas en el rostro, con un agradable rubor. En su nariz y boca no hay defecto alguno.
«Posee barba abundante, pero no larga, (…) ojos grises…».
“De esa descripción, originada en una falsificación medieval, derivan innumerables representaciones de Jesús, y existen más de 250 manuscritos medievales y renacentistas con copias escritas a mano de esa carta”, destaca Havens.
Otra de las omisiones está relacionada con el día de descanso, según el experto.
“¿Cómo se explica que cuando los apóstoles, que eran judíos, se convirtieran al cristianismo, el día de descanso cambiara del sábado al domingo?
Lo justifican con una carta que Jesús habría enviado desde el cielo… ¡brillante!”.

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“La colocaron bajo una roca con una pequeña inscripción que básicamente decía: Levántame.
Todos los que se acercaban a esa piedra en Tierra Santa intentaban levantarla sin éxito, hasta que un niño sin pecado lo consiguió”.
La carta celestial indicaba claramente: «Debes concluir tus labores todos los sábados al atardecer, a las 6 en punto, hora en que comienzan los preparativos para el día de descanso».
“Además, es la primera carta en cadena que conozco en la historia, pues asegura que quien la reproduzca será bendecido y protegido contra tormentas y enfermedades, pero quien la destruya será condenado y atormentado por demonios”.
Con entusiasmo, Havens ya había compartido tres de los miles de ejemplos que conserva en su memoria.
“Disfruto hablar sobre este tema, porque puedo referirme a algo ocurrido hace 3.000 años o hace 400, e incluso a sucesos recientes”.
Con la Bibliotheca Fictiva, “se confirma que hemos estado rodeados de falsedades desde los albores de la cultura. Esto no es solo una consecuencia distópica de la tecnología”.
La Universidad John Hopkins adquirió esta colección en 2011, y en ese entonces, “el término ‘noticias falsas’ ni siquiera existía, y tuve que explicarle al decano de bibliotecas por qué necesitábamos invertir una gran suma en una compilación de documentos falsos”.
Las razones detrás
Convencer a la universidad de destinar recursos a cientos de manuscritos, cartas, poemas, iluminaciones y documentos que declaraban ser lo que en realidad no eran, representó un reto.
“Lo principal que argumenté, y mantengo hoy, es que somos una institución dedicada a la investigación de la verdad, y la mejor forma de entender qué es verdad no es solo por medio de materiales absolutamente auténticos, sino también comprendiendo aquellos que no lo son: cómo las personas inventan esas ideas, cómo esas concepciones se integran a la cultura, cómo moldean nuestras ideas, expectativas, generan prejuicios y orientan nuestras vidas.
También señalé que todos poseemos prejuicios; nadie es completamente objetivo. Entonces, ¿por qué no contar con una colección académica que nos enseñe sobre todo esto y sirva como herramienta educativa?”.

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Los propietarios de esta particular biblioteca fueron Arthur y Janet Freeman, quienes comenzaron a coleccionar fascinantes falsedades desde 1961, cuando Arthur estudiaba teatro isabelino y se topó con John Payne Collier, un investigador y escritor del siglo XIX.
Collier fue una mezcla peligrosa de dos perfiles: un respetado erudito y editor de William Shakespeare, y un prolífico y descarado falsificador literario.
Desde entonces, durante 50 años, los Freeman se dedicaron a acumular engaños en su colección, hasta que decidieron que debía pertenecer a una biblioteca de investigación.
Para ese entonces, ya contaban con piezas como poesía supuestamente escrita por Martín Lutero, quien no era conocido por sus dotes poéticas, e informes sobre la Papisa Juana, una mujer muy educada del siglo IX que, disfrazada de hombre, fue elegida Papa, solo para ser descubierta cuando dio a luz repentinamente durante una procesión en Roma.
Este mito fue desacreditado sólidamente en el siglo XVII.
Entre las falsificaciones, destaca Havens, “el documento más célebre probablemente sea la Donación de Constantino, en la cual el emperador Constantino (285-337 d.C.) supuestamente regalaba vastos territorios del Imperio Romano al papa Silvestre I”.
“En el Palacio Vaticano existe un fresco que representa este hecho como verdadero”.
El documento “fue empleado para justificar las guerras en las que César Borgia y otros intentaron apropiarse de regiones de la Romaña en Italia, además de para aumentar el poder y la riqueza del Papa”.
Sin embargo, no fue elaborado en el siglo III, sino en el VIII.
Esto no fue demostrado sino hasta el siglo XV, cuando “un brillante erudito llamado Lorenzo Valla desacreditó por completo el texto por diversos motivos, principalmente porque utilizaba términos inexistentes en la época que afirmaba haber sido escrito”.
Cabe destacar que la biblioteca no solo conserva falsedades, sino también los documentos de quienes las refutaron.
Ese fue otro de los argumentos que Havens usó para persuadir a la universidad: “Le expliqué al decano que podíamos aprender mucho de cómo las personas desmontaron las falsedades”.
¿Qué ha aprendido?
La técnica de la mentira
Para Havens, la Bibliotheca Fictiva es “un testimonio de una erudición impresionante”: tanto quienes detectaron las mentiras como muchos de los falsificadores eran personas “inteligentes, creativas e incluso ingeniosas”.

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“Al analizar esta colección se observan ciertos patrones recurrentes, como si los mentirosos aprendieran unos de otros.
Uno de esos aspectos es la economía.
Si vas a inventar una mentira, lo primero es generar interés e inducir una suspensión voluntaria de incredulidad en el lector. No hace falta que crean que es verdad, solo que crean que es posible, no necesariamente probable, solo posible.
No debes proporcionar demasiada información, ya que si entregas demasiados detalles, podrías terminar atrapado por tu propio engaño.
Otro recurso es incluir otra voz o figura que respalde tu afirmación, incorporándola en la obra falsa.
De esta forma, se pueden identificar patrones y también diferentes categorías de falacias y noticias falsas”, explica el experto.
Una de estas categorías es lo que Havens denomina “mitología patriótica”.
“Hemos visto ejemplos de esto en todo el mundo y a lo largo de la historia”.
Un caso ejemplar se dio en el Renacimiento, cuando los italianos dominaban, pero frente al resurgimiento de la cultura grecorromana, les molestaba haber aparecido mucho después que los griegos.
Existía la creencia de que la cultura más antigua era la más sofisticada, influyente y autorizada.
Giovanni Nanni, un fraile dominico conocido como Annius de Viterbo (1437-1502), “decidió ‘descubrir’ una serie de textos antiguos” que corregían la historia.
Estos fraudes fueron numerosos, variados y en ciertos casos muy elaborados, según la Universidad de Oxford.
En una ocasión, organizó una excavación arqueológica en la que desenterró, para asombro de los presentes, una notable colección de estatuas mitológicas, cada pieza colocada cuidadosamente para causar impacto dramático.
Todo para “demostrar que los italianos tenían el linaje más antiguo, y no los griegos mentirosos que se creían los inventores de todo”, relata Havens.

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Su obra más destacada, el Antiquitatum variarum, publicada por primera vez en 1498 y con gran éxito editorial durante los siglos XVI y XVII, contiene lo que afirmó eran textos de escritores griegos y latinos, ninguno auténtico.
Sin embargo, esta obra “tuvo una influencia considerable en el pensamiento europeo entre 1498 y aproximadamente 1750” (Walter Stephens, 1979), y “deformó las historias iniciales de todos los países europeos” (Anthony Grafton, 1990).
De lo claro a lo oscuro
Desde que John Hopkins incorporó la Bibliotheca Fictiva, “que contiene casi 2.000 objetos, se han agregado cientos de piezas más, transformándola en una ‘biblioteca viva’”, relata Havens.
Entre sus mentiras más inocuas, está la de una novela quizá conocida, cuyo título completo es:
“La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, quien vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada en las costas de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco; habiendo sido arrastrado a la orilla tras un naufragio, en el cual todos los hombres murieron menos él. Con una explicación de cómo al final fue insólitamente liberado por piratas. Escrito por él mismo”.
Esas últimas cuatro palabras provocaron debate sobre si esa obra debía formar parte de la biblioteca, ya que fue escrita por Daniel Defoe.
Para Havens, “fue simplemente un recurso literario”.
En contraste, con las historias del barón Munchausen no hubo discusión, pues están basadas en un personaje real y sus absurdas aventuras se presentaron como autobiográficas, no como ficción creada por Rudolph Erich Raspe.
Seguimos en matices claros, pero en el ámbito de las mentiras hay toda una escala de grises, hasta algunas sumamente peligrosas.
“Existen engaños extremadamente dañinos.
Probablemente, el más complejo de tratar es el de los Protocolos de los Sabios de Sión, un documento de teoría conspirativa profundamente antisemita que afirmaba que los judíos conspiraban para dominar el mundo.
Fue utilizado por los nazis para justificar el genocidio, y sigue siendo relevante en la actualidad.
Ese es un ejemplo de un fraude terrible, maligno en todos los sentidos”.
Desde la adquisición por parte de Johns Hopkins, Havens y otros profesores han empleado los miles de ejemplos de esta colección para instruir a los estudiantes sobre alfabetización mediática y desinformación.
Sirven para ayudar a identificar indicios, fomentar el escepticismo y desarrollar un pensamiento crítico hacia cualquier información, incluso si proviene de una fuente aparentemente confiable.
Demuestran que, más allá de cuestionar si un mensaje es verdadero, también es útil reflexionar sobre por qué llegó a tus redes sociales, qué intenta impulsar, explotar o reforzar en ti y a quién beneficia que consumas cierta información.
“Recientemente publicamos un catálogo a través de Quaritch en Londres y, además, todos los títulos están accesibles en línea, por lo que esta es probablemente la colección más documentada y accesible del mundo”.
“Es totalmente pertinente”.

